
María es entonces la primera creyente y discípula de Cristo, la primera evangelizadora o misionera del Reino de Dios. Ella tiene una “misión materna para todos los hombres” (LG 60) y en cuanto mujer y madre representa un “punto de referencia… para los pueblos y para la humanidad entera”. Es la mujer de la unidad en la diversidad, porque, además del servicio solidario a favor de los más pobres y necesitados, nos enseña a encontrar la unidad como pueblos y culturas, superando toda clase de divergencias.
Ella nos enseña a realizar como misioneros lo mismo que hizo ella como Madre. Es decir hacer vida la Palabra y el Amor de Jesús para proclamar a todos un Mensaje de esperanza.
El misionero evangelizador es aquel que se dispone a sembrar la semilla de la Palabra y lo hace arriesgando todo tipo de resultados: que la semilla prenda o que se seque y muera. El Señor establece los distintos terrenos a los que ira la semilla. A veces, el pensar que va a caer en tierra poco profunda o llena de espinas o al borde del camino engendra tentación de no sembrar. Esto es natural, pero de ninguna manera aceptable para aquel que tiene la misión de predicar la Palabra, porque el Señor nos envía a sembrar no a cosechar.
¿Somos discípulos y misioneros como María…?
