22 Oración de Sanación

SANACIÓN

por la Oración, el Ayuno y la Limosna.

Higinio A Lopera E. cjm

Centro San Juan Eudes

1) ALGUNOS ASPECTOS GENERALES

1- Esta reflexión no es más que una sugerencia, una propuesta humilde y muy amorosa que quiere invitar a descubrir desde el Amor Oblativo: el poder de la oración, del ayuno y de la limosna.

Usted y yo sabemos que el Amor, el Ágape, es el “camino más excelente” (1 Cor 12,31) y que desde el Amor todo se transforma y adquiere un nuevo sentido. Me refiero a la sanidad interior, a ese estado sano de la persona, a esa “incorruptibilidad de un alma dulce y serena” (1 Pe 3.4). Estado que para Pedro es “precioso ante Dios”, pero también para sí mismo, para los demás.

Visualícese usted como una persona que ora, ayuna y da limosna. ¿Qué tal?

Visualice un hogar, una familia, una comunidad, una sociedad, un mundo, donde todos oran, ayunan y ofrendan generosamente. ¿Qué tal? Lo menos que podríamos decir con Pedro. “¡Esto es precioso ante Dios!” e igualmente ante el mundo, así pensemos que va en contravía de estos valores.    

2- Este es buen tema para nuestra Cuaresma y para nuestros tiempos fuertes de conversión, de entrega al Señor y de servicio a las personas.

La espiritualidad de San Juan Eudes insiste en estos tres actos no solo para el tiempo de cuaresma sino también para todo el ejercicio de la vida cristiana.

El lugar donde vivimos nuestra misión, se presta para este ministerio, lo más modesto y discreto posible, de la oración por los enfermos, del ayuno y de la limosna.

3- Una reflexión completa desde la Biblia, la praxis de la Iglesia y la Espiritualidad Eudista sobre estos tres temas demandaría mucho espacio. Por eso me concreto en lo que se refiere a la sanación y liberación de nuestros pecados y sus consecuencias, sin dejar de lado algunos aspectos fundamentales.

No voy a hablar aquí de milagros, de carismas de sanación y de casos extraordinarios que constituyen el imaginario religioso de mucha gente y que reducen la fe a lo asombroso inexplicable o supuestamente explicable.

Tal vez, lo más portentoso y milagroso está en lo simple, lo rutinario, lo sencillo del día a día de nuestra vida cristiana abandonada al Amor divino.

En esta perspectiva quiero reflexionar conmigo mismo y con usted sobre el poder de sanación tan eficaz que el Espíritu Santo pone en su personalidad de creyente adherido a Jesucristo, que expresa esa misma adhesión por medio de la oración, el ayuno y la limosna.

Es algo tan sencillo como la humilde invocación del Santo Nombre de Jesús, es tan descomplicado como dejar de comer para dar al pobre que no tiene, y es tan modesto como dar una limosna desde la misma pobreza e indigencia a otro que es más pobre que uno.

4- Conocemos bien las reacciones que este tema puede suscitar en nuestra cultura.

Así vivamos en una cultura, en una nueva era, donde estos tres actos expresarían una limitación para el hombre que se cree ilimitado, estamos necesitados más que nunca de la oración, del ayuno y de la limosna; no simplemente para resolver problemas que no resuelve la técnica, ni para una vida ascética y filantrópica sin religión, sino para vivir en profundidad la relación con Dios, con el hombre y con la misma creación.

Las tres actitudes son signo claro y expresión religiosa de nuestra necesidad de liberación, de sanación desde nuestra misma situación personal, comunitaria, social de limitación, de pecado, de egoísmo, de enfermedad, de dependencia, de esclavitud.

Las tres nacen de una profunda experiencia de Dios salvador, liberador, redentor: al practicarlas nos remitimos al Padre, en Jesucristo con el poder del Espíritu Santo.

Así no se confunden con una simple devoción o plegaria, con una práctica de ascetismo o dieta alimentaría o con una filantropía.

Las tres van respondiendo cada día a las más variadas circunstancias de una historia personal, comunitaria y social que tiene que se liberada de tantas ataduras y cadenas, que no alcanza a desatar la técnica y la ciencia, cada día más envejecidas en estar al día en las necesidades límite del ser humano, que sigue sufriendo, agonizando, muriendo sin esperanza.

Para nuestra cultura son improductivas, no tienen ninguna utilidad, no tienen gran sentido de inversión.

5- Sin embargo, el amor, el ágape, les da la eficiencia más trascendente que pueda imaginarse porque ayudan eficazmente al rompimiento de tantas ataduras íntimas y a la sanación de tantas heridas, consecuencias de nuestros pecados. Solo el amor oblativo, desde la Cruz de Jesús, es portador de liberación, de salvación, de redención, de sanación. Y solo el amor, el ágape les dará el sentido positivo y las hará fuente de sanación física y espiritual.

Nada de esto es mágico o actúa mágicamente. La magia es impersonal, ciega, absurda, caótica, infecunda, muda e irresponsable. El amor oblativo, a través de las tres, es fecundo, pleno, personalizante, fuente de la verdadera vida.

Lo invito a tomar su Biblia, a leer atentamente los textos citados y a dejarse interpelar por el Amor del Señor.

6- Oración-Ayuno-Limosna: es el gran trinomio de la praxis cultual del Antiguo y del Nuevo Testamento (Tb 12.8; Mt 6.1-18). Son inseparables (Mt 6.2-4.5-8.16-18; 17.21; Mc 9.29; Lc 2.37; Hch 13.3) y lo son también en la praxis de la Iglesia que inicia la Cuaresma con Mt 6.1-18. Las tres, inseparables, constituyen parte esencial de la praxis cristiana, es decir, que sin ellas no nos podemos llamar cristianos que viven la intimidad con Dios y la relación fraterna con los demás. Son, en el contexto de Mateo, como tres actos insustituibles de la fe religiosa. Y por lo mismo, tienen sus condiciones y requisitos (Mt 6.1-18), pues son la “práctica de nuestra justicia” (Mt 6.1).

San Juan Eudes pide a los predicadores hablar sobre esta trilogía “la oración, el ayuno y la limosna, tanto corporal como espiritual” (OC.IV.35).

Estas acciones forman parte de nuestra espiritualidad bautismal de Renuncia y Adhesión. Renuncia para Adherirse a Jesucristo.

Las tres actitudes están dentro de un contexto más general que nos abre a la adoración, la alabanza, la conversión, la acción de gracias, la petición de perdón, la intercesión, la restauración, la liberación y la sanación.

7- Para no caer en lo puramente exterior, el Señor ha puesto requisitos y condiciones a la oración, al ayuno y a la limosna (Mt 6,1-18).

Veámoslos en general y luego concretamente en cada caso, siguiendo la Palabra de Dios.

Las tres actitudes nacen de una convicción profunda de la existencia de un Dios Personal,Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos llena de su presencia, ve nuestros actos y escucha amorosamente cuanto va implicado y oculto en nuestras actitudes. (Mt 6, 4.6.8.18).

8- Estos actos se realizan con un total abandono a la divina Voluntad, que san Juan Eudes expresa continuamente con un “s´il vous plaît”, porque no buscamos a través de ellos, como de algo mágico, que Dios haga nuestra voluntad, no nos atrevemos nunca a poner a prueba su poder (Ex 16.7; Sal 78,17ss; 106.32), ni pretendemos escrutar a Dios ni provocarlo. El ejemplo humilde, confiado y filial de Judit, es conmovedor (Jdt 8.11-17), porque que todo es gracia, todo es gratuito en Jesucristo (Jn 1,16).

9- Por la centralidad que tiene Jesucristo, hay que hacerlo todo en el Nombre de Jesús. El Mismo nos lo manda: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo…Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado” (Jn 14,13; 16,24). Hacer en nombre de Jesús, equivale a tener en todo momento los sentimientos y actitudes, el Espíritu y el Corazón de Jesucristo, como repite más de 150 veces, san Juan Eudes en sus escritos.

10- Actuar en todo como hijos movidos por el Espíritu Santo que pueden clamar: “¡Abbá, Padre!” (Gal 4.6; Rm 8,15), tal como lo hace Jesús (Mc 14.36) y con el mismo Espíritu pueden decir: “¡Jesús es el Señor!” (1Cor 12.3). Desde nuestras mismas esclavitudes, al orar con el Espíritu Santo, estamos ya sanando para vivir como hijos.

Por eso en la práctica de la oración, del ayuno y de la limosna es insustituible el papel del Espíritu Santo que hace que nuestra relación con Dios a través de las obras, tenga un sello de intimidad filial, y ya no nos movemos como esclavos por el temor, sino como hijos por el amor, como Jesucristo (Rm 8.14-17).

11- La presencia de la Santísima Trinidad en nuestro actuar, da una dimensión muy personalista a estas actitudes. No estamos buscando a través de ellas, simplemente cosas que nos gustan y ponen bien, lo que ya huele a idolatría. Lo más importante, y lo repetirá sin cansancio, san Juan Eudes, es recibir al Señor de los dones, al Señor de la gracia y de la sanación y poseerlo de tal manera que viva y reine en nosotros.

12- Más allá de toda magia, la seguridad de ser escuchados, alienta en todo momento nuestros actos, ya sea porque lo hacemos dentro de la comunidad eclesial (Mt 18.19); ya sea porque tenemos fe en que se hará lo que pedimos (Mt 21,22; Mc 11.23); ya sea porque creemos en los imposibles (Gn 18,14; Mc 9.23; Lc 1,37); ya sea porque no tenemos temores ni dudas (Lc 8.50); ya sea porque tenemos una fe probada (St 1.5-9).

13- El Señor nos insiste en la interioridad que sería el alma de estas actitudes tan exteriores, porque el Padre ve lo secreto (Mt 6.4.6.18), nuestra más profunda intencionalidad. Esa interioridad puede tener muchos nombres: silencio, soledad, intimidad, humildad, reserva, discreción, modestia, hasta desierto. Y aquí tocamos un punto, que parece muy místico, pero es una experiencia bastante común en quienes saben practicar la oración, el ayuno y la limosna. Ellos saben crearse y vivir en el Espíritu un espacio de desierto en la ajetreada vida cuotidiana. Las tres actitudes nos hablan de dependencia, de limitación y nos remiten al mismo tiempo a nuestro desierto interior, o mejor, al desierto de Dios.

El desierto en la Biblia es el lugar donde Dios mismo nos atrae, nos seduce y nos guía, para hablar a nuestro corazón, sanarlo y hacerlo volver al amor primero (Os 2.16.17). La oración, el ayuno y la limosna, nos mueven a caminar en un éxodo personal hacia el desierto, totalmente dependientes de Dios y desposeídos, para ser colmados excesivamente por el Amor Divino. 14- Estas tres actitudes por más individuales que sean, veremos más adelante, tienen una dinámica proyección social, por ejemplo el perdón. Ellas mismas exigen el perdón, invitan al perdón: “Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras ofensas” (Mc 11,25). ¿Cómo puedo pedir la sanación y tantas otras gracias a través de la oración, del ayuno y de la limosna, si estoy lleno de rencor, de resentimientos? Le estoy pidiendo a mi Dios, exactamente lo que estoy negando a los demás. Hay que perdonar. “Si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas” (Mt 6.15).

Ese perdón implica no juzgar, no condenar, no discriminar, no sospechar. Por eso el fariseo con sus ayunos y diezmos no fue justificado (Lc 18.9-14).

15- Los mismos actos han de expresar el dinamismo de la conversión. Los tres significan que la salvación exige de parte nuestra, un dinamismo fecundo, es como la parte que ponemos de nosotros mismos para que Dios actúe misericordiosamente. La conversión no es una pasividad impersonal. Los tres están al principio, en el camino, en el continuar de la conversión.

16- Los tres expresan también la donación de si mismo, a través de ellos nos convertimos en ofrenda de amor para Dios y para los demás a imitación de Jesucristo que “permanece para siempre y está siempre vivo para interceder por nosotros” (Hb 7,24-25), tal como lo celebramos en la Eucaristía.

No olvidar el sentido que la Eucaristía, como lo máximo de nuestra celebración cristiana, da a los tres, que nacen de la Eucaristía y llevan a ella. La Eucaristía es la celebración perfecta de lo que hemos orado, ayunado y entregado por amor.

Y lo mismo que hacemos, desde fecha inmemorial, con la Eucaristía, debemos hacer con estos actos: apoyar con ellos humildemente nuestra intercesión por los difuntos. Es la práctica de la Iglesia desde el principio. La aplicación es un hermoso acto de comunión.

17- Finalmente, como en toda vida cristiana equilibrada, tanto la oración como el ayuno y la limosna, tienen su justa medida desde la praxis cristiana del amor oblativo. Es decir, siendo muy amorosos con el Señor y con el prójimo, tratemos de ser “normalitos” en todo, evitando todo desajuste y exageración.

Dice san Juan Eudes: “¿Quién es el que más sobresale en el amor a Dios? ¿El que ayuna y mucho se mortifica, o el que hace las más voluminosas limosnas, o el que se ejercita por más tiempo en la oración y en la contemplación? No, sino aquel que atrae a muchas personas a su amor” (OC.IV.191).

El sentido de las palabras del Señor sobre la trilogía, no es otro que “tengamos en nuestro corazón, no la intención de agradar a los hombres y buscar su vano aplauso, sino la de agradar a Dios y buscar su gloria” (OC.I.225).

En esta trilogía de actitudes de oración, ayuno y limosna, nunca dejar de lado la Confesión sacramental

San Juan Eudes, es muy preciso, a propósito de un pecado grave voluntariamente callado en la Confesión.

“¿Se podría expiar (o perdonar) este pecado por ayunos, oraciones, limosnas y mortificaciones? – No; así se hagan todas las buenas obras imaginables, aún quemarse el cuerpo por Jesucristo, si se calla un pecado mortal en la confesión, no se puede esperar otro paraíso que el infierno” (OC.II. 445).

Son medios, eso sí, para alcanzar más fácilmente la gracia de la contrición de nuestros pecados (OC. II. 438).

18- Piense, por favor, de qué manera va a tomar en serio, en su vida de relación personal con Dios y de relación fraterna con los demás, estas actitudes y prepárese para experimentar conscientemente la profunda sanación de heridas íntimas, de consecuencias de los pecados; la liberación de tantas esclavitudes interiores, de tantas cadenas y adicciones. Los tres actos son como la ofrenda con que usted se presenta humildemente ante el Señor para ser sanado. Le ofrezco unos datos más desde la lectura de la Palabra de Dios.

2) LA SANACIÓN POR LA ORACIÓN

19- Me refiero, en general, a todas las formas de oración: adoración, alabanza, contemplación, acción de gracias, oblación: todas son portadoras de sanación interior, y es inseparable de ellas la oración de petición y de perdón, como condescendencia del Espíritu Santo (Rm 8,26), con la condición elemental de rechazar toda caricatura o falsa concepción de Dios, como sería tenerlo como algo mágico que responde a todo. La oración, por otra parte, desde la fe en el Dios verdadero exige, el abandono al divino querer, el amor y el compromiso por hacer todo lo que nos corresponde.

En particular me refiero aquí, sobre todo, a la oración de conversión, de petición, frecuente, sincera y humilde, por la que clamamos: “Señor, ten misericordia de mí, que soy un pecador” como la oración justificadora, sanadora, del publicano (Lc 18.13).

Un recorridito por la Biblia nos pone ante el poder liberador, sanador de la oración.

20- La oración del intercesor Moisés tiene un gran poder de sanación, de liberación. Maneja un esquema muy simple (Ex 32,11-14.30-34; 33,12-17; Nm 11.10-23; 14, 10-19): una invocación al amor, a la divina misericordia del Señor; una contemplación de la fidelidad y de la justicia salvífica, restauradora de Dios; la súplica del perdón de los pecados para su pueblo y la invocación del poder divino. Ese rol de intercesor de Moisés es paradigmático para nosotros: lo hace postrado en tierra clamando al Señor el perdón, llevando ante Dios el clamor de un pueblo mordido por las serpientes (Nm 16.22; 21,6-9).

Es dramática la oración con sus brazos alzados para alcanzar la liberación de su pueblo en guerra con los amalecitas (Ex 17.8-13). Su oración por María es simple, confiada, sin aspavientos con las manos: “Oh Dios, cúrala, por favor” (Nm 12.13). Moisés mismo es transformado por la oración que hace, para bien de los demás, convirtiéndose en luminosa bendición. (34,29-35). Cuando los israelitas experimentan la opresión de los ammonitas, hacen una breve, pero sentida oración de liberación: “Hemos pecado, haz con nosotros todo lo que te plazca: pero, por favor, sálvanos hoy” (Jue 10.15).

21- Dios quiere que oremos como a Él le gusta y para eso nos ha dado un librito precioso de oración que son los Salmos por los que van pasando todas las situaciones del hombre necesitado de sanación, de liberación, de salvación. El creyente sabe que el Señor, por amor, puede recobrar, sanar, salvar su alma y oye efectivamente la voz de sus sollozos (6,5.9), así tenga que decir: “Estoy exhausto de gritar, arden mis fauces, mis ojos se consumen de esperar a mi Dios” (69,4), “ante la voz de mis sollozos, mi piel a mis huesos se ha pegado” (102,6).

Es toda la realidad del hombre, cuerpo y espíritu, la que entra en el movimiento de la oración de los Salmos, que sale como un rugido desde la hondura del alma abandonada (22,2), y como un clamor de la carne llagada y túmida de fiebre con el corazón convulso (38, 6.8.9).

Los salmos de súplica son la oración con eficacia liberadora de aquello que genéricamente se llama en la Biblia, los “enemigos”: esa multitud de seres, a veces sin nombre, que hacen nuestra vida tan difícil, tan conflictiva, tan caótica, tan sin sentido.   Necesitamos sanar del caos interior, del sin sentido de las cosas y del mismo existir. Y a ello nos motiva poderosamente el Salmo 18.2-4: “Yo te amo, Señor, tu eres mi fuerza, mi roca, mi fortaleza, mi libertador, mi Dios; mi roca donde me refugio, mi escudo protector, mi salvación, mi asilo. ¡Alabado sea Dios! Yo lo invoco y salgo victorioso de mis enemigos”.

Tradicionalmente tenemos siete salmos para pedir el perdón y la sanación interior llamados “penitenciales” (6, 32, 38, 51, 102, 130, 143). Orados y contemplados, como lo haría san Juan Eudes, desde el abismo de sus miserias, se van derramando sobre nuestras heridas como un mórbido bálsamo cicatrizante, misericordioso.

22- Un hermoso modelo bíblico de oración de sanción es la del rey Exequias, hombre fiel y de corazón perfecto. Al caer enfermo de muerte oró al Señor con abundantes lágrimas y Dios le responde por medio de Isaías: “He oído tu plegaria y he visto tus lágrimas y voy a curarte” (2 Re 20.1ss).

Gran oración de liberación en un inmenso escenario de alabanza cósmica es la oración de los tres Jóvenes paseándose por entre las llamas (Dn 3,24-45.51-90).

Me conmueve muchísimo la oración de intercesión de Jeremías. Es una oración liberadora por los demás (10,23-24; 14,7-9.19-22) que toca la fibra más lábil del Corazón misericordioso, del Santísimo Nombre. Todos deberíamos ser intercesores al estilo de Jeremías, “el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo” (2 Mc 15. 14)

También es oración liberadora la de los Macabeos sosteniendo el combate “con trompetas y gritando invocaciones”, “echando polvo sobre su cabeza y orando”, “haciendo rogativas al Señor misericordioso”, “extendiendo las manos al cielo e invocando al Señor que hace prodigios” (1 Mc 5,33; 11,71; 2 Mc 8,29; 15,21).

23- Desde luego, no hay oración como la de Jesucristo, Nuestro Señor, el único Mediador, Intercesor, Sumo y eterno Sacerdote (Hb cc.3-9), convertido en ofrenda de amor y “siempre vivo para interceder por nosotros” (Hb 7,25.27).

Hermosos los paradigmas bíblicos de la oración, pero todos se opacan ante Jesucristo. Esto daría para una contemplación interminable de los gestos, sentimientos y actitudes de Jesús en la oración. Hágala, usted, por favor.

En la dimensión de la oración de liberación, es conmovedor, ver a Jesús, “probado en todo igual que nosotros, menos en el pecado”, “ofreciendo ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas, al que podía salvarle de la muerte” (Hb 4,15; 6,7). Su oración de liberación ha sido escuchada y por eso lo vemos resucitado, “coronado de gloria y honor” (Hb 2,9).

¿Quién no se paraliza al contemplarlo en el huerto, en la cruz? Cristo ora a gritos en la cruz el salmo 22, el salmo del abandono confiado en manos de su Padre (Mt 27,46). Ya desde el huerto, caído por tierra, había ratificado la entrega a su Abbá con una total confianza, obediencia y abandono (Mc 14,36). Aquí está el modelo de nuestra oración de sanación, el que debemos aprender (Ef 4,20), en una vida nueva en Cristo, en intimidad con el Padre.

La verdadera oración nace de la intimidad con Dios como en Jesús. Tal vez no sea tan exacto decir que Jesús busca la oración para encontrarse con su Padre, ya que vive en su intimidad. Él mismo dice: “Yo y el Padre somos uno”. “Como Tú, Padre, en mí y yo en Ti” (Jn 10.30; 17.21). Es más bien una actitud puntual, manifestación de su misma intimidad en la noche (Lc 6.12), al amanecer (Mc 1.35), en momentos de gran trascendencia (Mt 4.1-10; 26.39.42.44; 27.46; Lc 3,21; 6.12; 9.18-20.28-29; 11.1; 22.39-46; 23.34.46; Jn 6.11; 11.41; 12.27; 17.1ss) y sigue orando en el cielo (Hb 7.25).

Bueno sería para nosotros, por momentos, no buscar la oración para el encuentro, sino estar “ya encontrados en el Amor” como Jesús y ser hombres y mujeres de oración porque “vivimos en santidad y justicia delante de Él todos nuestros días” (Lc 1.75).

Jesús nos ha dado una oración muy sencilla y simple de oración de liberación en el Padre Nuestro (Mt 6,9-13; Lc 11,2ss), por eso no hay nada que inventar: “No nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal” (Mt 6,13).

24- La comunidad cristiana hará su oración de sanación, de liberación, contemplando a Jesús. Los Apóstoles y la comunidad orarán durante la persecución (Hch 4.24-30) para vencer los obstáculos y cumplir la misión evangelizadora.

Para el sacerdote y el pastor, llamados a una misión de sanación, de liberación, la oración es indispensable, tal como lo hizo Jesús antes de su misión en el desierto y la hicieron los Apóstoles.

En Pablo la oración es liberadora, sanadora, por el estado de lucha, de combate en que se vive, es un arma poderosa (Rm 15.30; Col 2,1; 4.12; Ef. 6.10ss) y suplica a sus comunidades que oren, para que el Señor siga liberando de “peligros mortales” (2 Cor 1,10-11). Porque Jesús mismo nos ha dicho que la oración forma parte del combate cristiano: “Vigilad y orad para no entrar en tentación” (Mc 14.38).

Una bella oración de Pablo la encontramos en 2 Cor 12.9-10: pide ser sanado, liberado de “una espina de la carne” que seguramente le impedía el cumplimiento de su misión. Dios le responderá: “Te basta mi gracia, pues mi poder triunfa en la flaqueza”.

Pablo sabe muy bien que la oración es un mandato del Señor, que nos pide orar en todo momento para tener fuerza y estar en pie (Lc 21,36) y por eso Pablo la tendrá como algo habitual, como actividad intercesora en el Espíritu Santo (Ef 6.18; 1 Tes 5.17).

Santiago nos dirá en su carta que la oración es eficaz, portadora de sanación y de salvación, como lo constatamos en la Iglesia por el sacramento de la Unción de los enfermos: “La oración hecha con fe sanará al enfermo, y el Señor lo restablecerá y le serán perdonados los pecados que ha cometido”(5.13-15).

25- Es inmenso el valor de la oración de perdón y por el perdón. Es grande la sanación interior que nos trae el perdón de nuestros pecados cuando los suplicamos al Señor ya sea en la oración de súplica, ya sea en el sacramento del perdón. San Juan Eudes, en toda oración, invoca siempre el perdón de los pecados, forma parte de su esquema propio de oración.

El publicano regresa sano de sus pecados a su casa después de haber orado: “Dios mío, ten compasión de mi, que soy un pecador” (Lc 18.9-14).

La misma oración implica que nuestro corazón está sano de rencores y es portador del perdón (Mc 11.25).

No olvidemos al hacer la oración de sanación interior, suplicar al Padre, la fuente de todo don, que es el mismo Espíritu Santo, y así la oración tendrá como gran fruto la sanación con los otros dones del Espíritu Santo, regalo de la misma oración(Lucas 11.11s).

La oración simple, invocando el Nombre del Señor, es lo más eficaz, más allá de mucha palabrería (Mt 6.7). San Barsanufio de Gaza (hacia el año 540) escribía en su correspondencia: “Debemos saber que la invocación constante del nombre de Dios es un remedio que cura, no solo todas las pasiones, sino incluso sus efectos. Cuando un médico aplica un remedio o un ungüento sobre la llaga de su paciente, dicho ungüento actúa sin que el paciente sepa cómo: igualmente, el nombre de Dios, cuando lo invocamos, destruye todas las pasiones, aunque no sepamos cómo”.

26- Veamos brevemente las condiciones de la oración:

+ La Confianza filial, la fe total en el Padre, sin vacilar (Mt 7.7-11; 21.22; Mc 11.24; Lc 17.5s; St 1.5s; 1 Jn 5,14-15).

+ La perseverancia, constante y en toda ocasión, en el Espíritu Santo (Ef 6.18; 1 Tes 5.17).

+ La humildad, reconociendo nuestra indignidad, sin despreciar a los demás, abiertos al Espíritu Intercesor (Lc 7.6; 18.1.9-14; Rm 8.26).

+ La atención vigilante que nos centra en lo secreto de Dios y no en el egoísmo (Mt 6.6; Ef 6.18; St 4.3), tener fijos los ojos en Jesús (Hb 12.2s).

+ La insistencia respetuosa, amorosa, sin desfallecer (Mt 15.21-28; Lc 11.5-8; 18.1).

+ La sinceridad interior, sin intereses mezquinos (Mt 6.5-8).

+ La unión profunda con Jesús: es como orar desde el templo-corazón del Señor, en su Nombre (Jn 14,13-14;15.1ss; 16,23-26).

+ El cumplimiento de la voluntad de Dios, hacer lo que le agrada, pedir según su voluntad (1 Jn 3.22; 5.14s), y jamás ponerlo a prueba (Lc 4.12).

+ La convicción, como hijos, por el Espíritu Santo, de que vamos a ser escuchados por el Padre como Él quiere (Mc 14,36; Rm 8,15; Ga 4,6), no mágicamente, sino por amor, porque es Dios-Padre generoso (Mt 6,8; 7,11; Lc 11,13; Jn 11,41-42; 14,13; 15.7.16; 16,23-26; St 1.5; 5,15-16;1Jn 3,22; 5,14).

+ En síntesis, es condición de la oración, según el Evangelio, la fe viva en Jesús, creer en Jesús, creer a Jesús; la confianza y la entrega a Él, que son tan personales y personalizantes en Juan (2,11.22; 4,21-24.39; 7,31.38-39.48; 9,35-38; 11,25-27.45.48; 12,11; 13,19; 14.1.12;17.20).

27- Y a todo esto, ¿qué nos dice san Juan Eudes?

Tiene más de 500 fórmulas de oración, desde las más breves, hasta las más elaboradas con elementos bíblicos y teológicos de la tradición eclesial. En ellas aparecen todas las formas de oración y en especial la oración de petición para ser perdonado, sanado, restaurado.

En el Buen Confesor parte de la gran sanación interior que nos trae el perdón de Dios, suplicado en la oración y recibido sacramentalmente en la Confesión.

Como maestro experimentado, dedica a la oración un buen espacio en sus escritos dedicados a sacerdotes, religiosas y laicos y es interesante encontrar cómo da respuesta, aún, a cuestionamientos actuales. Pocas espiritualidades tienen una concepción tan personalista, tan cristocéntrica, tan rica y dinámica sobre la oración, como la eudista.

La oración es una de las actitudes esenciales, fundamentales de la vida cristiana; es en realidad, una manera de ser, de pensar y de actuar.

Hay muchas maneras de orar: entre ellas la oración mental, la oración vocal, el hacerlo todo en comunión con Jesús, la lectura atenta y rumiada de la Biblia y de los autores espirituales, hablar de Dios y escuchar hablar de Dios con amor y dignidad. (OC. I,191-200).

La oración es lo más excelente porque es “la felicidad perfecta, la dicha soberana y el verdadero paraíso de la tierra” ( OC. I,192).

La oración es necesaria para todos: laicos (OC. 1.26.191; X.482), sacerdotes (OC. III,46), predicadores (OC. IV,77,110), confesores (OC. IV,129,224), jóvenes y seminaristas (OC. IX,314,348).

28- Insiste en las condiciones y en lo que implica, como hemos visto desde en el Evangelio:

+ Hacerla en el nombre de Jesús, es decir, con su Espíritu, sus disposiciones e intenciones, de manera que sea un continuar su misma oración en la tierra (OC. I.200).

+ La adoración, la alabanza y acción de gracias (OC.III.286-297).

+ La petición de perdón de nuestros pecados por obra y omisión (OC.III.286-297).

+ La humildad profunda delante de Dios que nos lleva a entregarnos a Jesucristo para que Él ore por nosotros a su Padre (OC.I.201).

+ Una respetuosa y amorosa confianza apoyada totalmente en Jesucristo que garantiza el poder de la oración hecha en su nombre (Jn 16,23: Mc 11,24) (OC.I. 202).

+ La pureza de intención para hacer la oración por amor y para gloria y contento de Jesús (OC.I.203).

+ La perseverancia humilde y fiel para que Dios sea glorificado en todo (OC.I.203).

+ Entregarse intensamente en espíritu y corazón a Jesús y al Espíritu Santo para que nos colmen de sus pensamientos, sentimientos y afectos (OC.I.204).

+ Entregarse humildemente a la divina Voluntad. Esta actitud es obsesiva en san Juan Eudes (OC.I. 150ss; 248ss; IX.74,146,175,258). Es hermoso aprender a orar diciéndole al Señor como Juan Eudes: “Mi buen Jesús,... por favor, si te agrada,...s´il vous plaît”. Este S.V.P aparece más de 320 veces en sus oraciones.

+ El amor oblativo, ser ofrenda de amor para que Dios actúe en nosotros y con su gracia, nos entreguemos a su amor y al servicio de los hermanos (OC.III.286-297).

+ Apoyar nuestra oración con la intercesión de la Madre, de los Ángeles y de los Santos (OC.III.286-297).

Dígame, por favor, ¿No le parece perfecta esta manera de orar?

Realmente en la escuela de san Juan Eudes se ora diferente y por esa manera de orar es portadora de tanto poder, de tanta sanación interior.

3) SANACIÓN POR EL AYUNO.

29- El ayuno, entendido como la máxima privación de alimentos de que usted sea capaz, tiene diferentes motivaciones desde la religiosa, penitencial, ascética y espiritual, hasta la política y social como arma de protesta.

El ayuno, a que me refiero, no tiene que ver nada con desajustes de la personalidad, con la neurosis, la bulimia, la anorexia, las dietas compulsivas para bajar de peso. Aquí la perspectiva es diferente: es cultual, religiosa.

La abstinencia de carnes suele estar unida al ayuno.

30- Una ojeada a la Biblia nos pone ante el poder liberador, sanador de esta clase de ayuno.

El pueblo de Israel ayuna en el día de la expiación y se ofrece un sacrificio al Señor (Lv 23.27). Los profetas, sobre todo Isaías (58) nos indicarán cuál será el verdadero ayuno agradable al Señor.

Se ayuna con ocasión de grandes desgracias, como lo hace David, por Saúl, por su hijo Jonatán y por todo el pueblo (2 Sm 1,11-12).

Judit ayunaba todos los días menos los sábados y otras festividades de Israel (Jdt 8,7).

Ester pide a todos los judíos de Susa ayunar tres días por sus intenciones (Est 14,16).

Cuando Nicanor y Gorgias invadieron el país de Judá, por mandato de Antíoco, los judíos de Masfá hicieron ayuno (1 M 3,47).

Los judíos en Babilonia, con Baruc a la cabeza, lloraron, ayunaron, oraron e hicieron una colecta de dinero según las posibilidades (Ba 1,5).

31- En el Evangelio nos vamos a encontrar, sobre todo, con el ayuno inaugural de Jesús durante cuarenta días y cuarenta noches, y al fin sintió mucha hambre (Mt 4,2). Ya veremos lo que nos dice Jesús sobre el ayuno.

Mientras la comunidad de Antioquia, celebraba el culto del Señor y ayunaban, se manifestó el Espíritu Santo; pidió que le separaran a Bernabé y a Saulo. Ayunaron, oraron, les impusieron las manos y los enviaron (Hch 13.2s).

Los judíos ayunaban dos días por semana, lunes y jueves (Lc 18.12) y la primitiva Didakhé cristiana puntualizó el ayuno los días miércoles y viernes (8.1).

Da pena que entre los católicos solo tenemos ayuno obligatorio el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, en cambio los cristianos orientales, tienen hasta más de 60 días de ayuno al año.

Sin embargo, hoy en día hay muchos cristianos, sobre todo de movimientos marianos, que ayunan dos y más días por semana.

32- ¿Cuál sería la motivación bíblica del ayuno?

Se ayuna para purificarse, para humillar el alma (Lv 16,30-31; Is 58,3; Esd 8,21).

El ayuno es expresión de la conversión, de volverse a Dios (Esd 8,21.23; Dn 9.3; Jl 2.12). Dios pide volver a Él, con corazón sincero, con ayuno, con llantos y lamentos, rasgando el corazón y no los vestidos (Jl 2,12-13).

Se ayuna para pedir el perdón, la sanación de los pecados, 1 Re 21.27; para suplicar al Señor la curación física (2 Sa 12.16.22), para ser liberado de una calamidad (1 Sa 7.6; 2 Sa 1.12; Bar 1.5; Jl 2.12-17; Zac 8.19; Jdt 4.9-13).

El ayuno da eficacia a la oración (1 Sm 7.6; Jl 1.14; 2,15-16) y notamos en la mayoría de los textos bíblicos, que ayuno y oración van unidos.

33- Siendo muy válido el ayuno desde la visión del AT, en el NT tiene con Jesús una dimensión más amplia, y va, ciertamente, en la dirección de liberarnos del apego a las riquezas (Mt 19.21), de liberarnos del apego a nuestro mismo cuerpo y sensualidad (Mt 19.12) y liberarnos de nosotros mismos para renunciar y adherirnos a la cruz del Señor (Mt 10.38-39).

El verdadero ayuno debe hacerse por amor al Señor (Zac 7,5), en secreto (Mt 6,18) y comprometer en la liberación física y espiritual de los demás (Is 58,6ss): el verdadero ayuno es liberador del egoísmo, rompe las cadenas; son muy sugestivas las imágenes de Isaías.

El ayuno acompaña también el combate liberador de la evangelización, por eso ayuna san Pablo (2 Cor 6.5; 11.27). El ayuno se compagina perfectamente con una vida de servicio dentro de la Iglesia.

El ayuno es un arma en nuestra lucha contra las tentaciones y la influencia del demonio (Mt 17.21 adición; Mc 9,29 variante). Con la oración es el arma favorita del exorcista.

34- El ayuno es sanador por que nos libra de nuestras dependencias, para depender solo de Dios (Lv 16.29-31). El ayuno castiga el cuerpo, lo reduce a esclavitud para ser liberado, sanado (1 Cor 9.27).

El poder de sanación del ayuno está, entre otras cosas, en las actitudes liberadoras que nos permite alcanzar de la gracia divina: el amor, la humildad, la templanza, el equilibrio emocional y la generosidad.

En la Cuaresma tiene un precioso sentido escatológico que le da el mismo Señor (Mc 2.19-20). Desde la primera cuaresma de Jesús, pasando por su gloriosa Pasión y Muerte, vivimos el ayuno de la ausencia del Señor mientras esperamos su venida. El ayuno manifiesta que estamos tristes por la ausencia del Señor y es signo de nuestra esperanza y de nuestro caminar escatológico hacia la santa y divina Parusía de nuestro Señor Jesucristo (St 5,7-8; Judas 24 (Vulgata).

35- El ayuno verdadero tiene también sus condiciones específicas: ha de practicarse sin clamoreo y con la actitud de convertirse y de cambiar (Is 58.3-7; Jer 14.12); debe hacerse en secreto (Mt 6.16-18); sin orgullo ni ostentaciones humillantes (Lc 18,11-12); y siempre, en comunión con el Señor.

Pero, hay algo más en que me quiero detener: la dimensión social del ayuno.

No tiene sentido el ayuno sin el amor concreto a los pobres (Is 58.3-7; Jl 2.15). El ayuno se hace por la comunidad, por sus pecados, como hemos visto y para que el pobre tenga que comer (Is 58.2-11). El ayuno manifiesta el amor al dar al pobre lo que necesitamos para comer.

36- El ayuno tiene una dimensión social, ya desde el siglo II.

Hermas recomienda: “El día que ayunes no tomarás sino pan y agua y de la comida que habías de tomar calcularás la cantidad de gasto que correspondería a aquel día y lo entregarás a una viuda, a un huérfano o a un necesitado” (Pastor, Sem. 5.c.3).

El apologeta griego Arístides de Atenas escribía en su Apología: “Los cristianos no desprecian a la viuda, no contristan al huérfano; el que tiene, le suministra abundantemente al que no tiene; si uno es esclavo o pobre, ayunan dos o tres días y le mandan los alimentos que habían preparado para ellos mismos, deseando ellos tengan la misma alegría que tienen” (15.8ss).

Jesús nos juzgará si hemos ayunado, no en el sentido de comer o no comer, sino de compartir con el sediento y el hambriento, lo que en un mundo como el nuestro, con 900 millones de hambrientos, es uno de los signos de que el Reino de Dios ha llegado y de que vemos a Jesús en el hambriento y el sediento (Mt 25.35).

Hay que evitar los extremos en el ayuno. Decía Evagrio Póntico (s.IV): “No se nos ha mandado trabajar, velar y ayunar continuamente, mientras que la oración constante es ley para nosotros” (Capita practica ad Anatolium, 49).

37- Dentro de nuestra espiritualidad bautismal (eudista) es un medio eficaz para expresar nuestra renuncia al pecado, a nosotros mismos, al señorío de la carne, y adherirnos a Jesucristo y aceptar su señorío, para que viva y reine en nosotros.

San Juan Eudes entiende el ayuno como una forma de privación, de penitencia y de mortificación y nos ofrece una oración preciosa para esta práctica cristiana: “Oh Buen Jesús, te ofrezco esta acción en honor de tu divina Justicia y de tu santa Pasión. Quiero soportar esta privación, esta penitencia y mortificación por tu puro amor, y en unión del mismo amor con el que soportaste tantas y tan sorprendentes privaciones y mortificaciones en la tierra, como también en satisfacción de mis pecados y para se cumplan los designios que te dignes tener sobre mi alma” (Le Royaume de Jesús, OC.1,450).

38- San Juan Eudes tiene estas recomendaciones para el ayuno:

+ Ofrecer al Señor la abstinencia y el ayuno que hacemos, con todos los ayunos y mortificaciones de la santa Iglesia, de todos los Santos y de su sagrada Madre (OC. 3.387).

+ Honrar los ayunos y penitencias del Señor y unirnos a ellos, para satisfacción de nuestros pecados y para que se cumplan sus divinas voluntades sobre la Iglesia, sobre nuestra comunidad o familia y sobre nosotros en particular” (OC. 3.388).

+ Si por enfermedad u otro motivo no podemos ayunar, humillémonos delante de Dios, reconociéndonos indignos de hacer esta buena obra” (OC. 3.388).

+ Si no se puede ayunar, esforzarse por entrar en la disposición y en la voluntad de ayunar, si Dios nos lo pidiera, a pesar de las dificultades que tenemos” (OC. 3.388).

+ Al no poder ayunar, tomemos el propósito de reemplazar el ayuno, mortificándonos más cuidadosamente y haciendo con mayor perfección todas las otras acciones. Con este fin entreguémonos a Nuestro Señor, supliquémosle que nos otorgue su gracia y Él mismo supla en nuestro defecto e incapacidad” (OC. 3.388).

+ En los ayunos y grandes mortificaciones, se tendrá una gran moderación, para no quitar las fuerzas necesarias, en el servicio de la Comunidad” (OC.9.497).

+ Finalmente, vale pena, siguiendo la más antigua tradición de la Iglesia y el Manuel eudista, no dejar de lado el ayuno como preparación a las grandes fiestas y el mismo ayuno eucarístico más prolongado.

Lo invito a dejarse guiar del Espíritu Santo para que Él con su sabiduría, su fortaleza y su amor, nos haga experimentar el poder del ayuno y sanar de tantas esclavitudes y dependencias físicas y espirituales.

4) SANACIÓN DE POR LA LIMOSNA.

39- Aquí me refiero expresamente a la limosna o misericodia como la llamaban los Padres Griegos y san Juan Eudes. No trato sobre el diezmo, que es capítulo aparte, como ofrenda que se hace a Dios, que no es ningún limosnero.

Un vistazo a la Biblia nos pone ante el poder liberador, sanador de la limosna.

40- Limosna puede significar la palabra griega (- eleemosyne, que tiene que ver con compasión, y hasta podría interpretarse perifrásticamente por “justicia”- ), aplicada a la misma misericordia de Dios (Sal 24.5; Is 59.16; Dan 9.16; Tb 3.2; Sir 16.14; 17.29) y a la misericordia, gracia, del hombre con sus semejantes (Gn 47.29).

El destinatario de la limosna es siempre el pobre, el necesitado (forastero, huérfano y viuda). Para él hay que dejar las espigas de la ciega y los frutos caídos (Lv 19.9-10; 23,22; Dt 24.19-21). Rut la moabita se beneficiará de este precepto (Rut 2.2ss).

El Deuteronomio, ante la realidad de que “no faltarán pobres en esta tierra”, (Jesús dirá: “pobres tendréis siempre con vosotros” (Mt 26.11), da el precepto de la limosna (Dt 15.7-11).

En la misma dimensión está el diezmo trienal para los que no poseen tierras: levitas, extranjeros, prosélitos, huérfanos, viudas (Dt 14.28-29; Tob 1.8).

41- La limosna, en su más pura esencia, no es un acto de bondad o de filantropía o de altruismo: es un acto religioso. En las fiestas muy importantes se hace la limosna, como un compartir la alegría (2 Sa 6.19; Neh 8.10-12; 2 Cro 30.21-26) y también en las comunes (Dt 16.11.14; Tob 2.2). Por su carácter religioso es como si la limosna se diera a Dios en préstamo (Pr 19.17) y por eso hay una recompensa, una bendición para el justo que no es orgulloso, voraz e indolente (Ez 18.7; 16.49; Pr 21.13; 28.27). Por lo mismo, la damos en nombre de Dios.

La limosna generosa es verdadero culto a Dios y servicio al pobre, es como una adoración practicada delante del Señor, que “sube a Él como memorial” (Hch 10.4). Cuando es generosa o de la misma pobreza, es un verdadero sacrificio agradable a Dios (Si 35.2) y es de gran provecho espiritual (Pr 28.27).

Precioso el texto de Tobías: “Haz limosna con tus bienes; y al hacerlo que tu ojo no tenga rencilla. No vuelvas la cara ante ningún pobre y Dios no apartará de ti su cara. Regula tu limosna según la abundancia de tus bienes. Si tienes poco, da conforme a ese poco, pero nunca temas dar limosna, porque así te atesoras una buena reserva para el día de la necesidad. Porque la limosna libra de la muerte e impide caer en las tinieblas. Don valioso es la limosna para cuantos la practican en presencia del Altísimo” (Tb 4.7-11).

La limosna, como gesto, (como término no aparece en el hebreo), en su más pura esencia, es la misma misericordia (justicia) de Dios con nosotros (Sal 24.5; Is 59.16). Es decir, que al dar limosna estamos imitando la divina misericordia, estamos repitiendo con los demás el gesto misericordioso y amoroso de Dios con nosotros: la salvación, la liberación.

42- En el Nuevo Testamento adquiere un sentido muy profundo. Lucas, con su amor a los pobres, con su óptica de la misericordia, es el evangelista de la limosna (3.11; 6.30; 7.5; 11.41; 12.33s; 14.14; 16.9; 18.22; 19.8; Hch 9.36; 10.2.4.32).

Cristo mismo hace el elogio de la limosna de la viuda (Mc 12.41-44). Cristo mismo practica la limosna (Jn 13.29). La limosna es un mandamiento del Señor que manda vender lo que se tiene y darlo en limosna (Lc 12.33; 16.9).

La limosna es obligatoria para los discípulos de Jesús, aún si supera, como en el caso de viuda, las posibilidades económicas : (Lc 11.41; 12.33; 21.2ss).

El discípulo por la limosna se libera para seguir a Jesús, para ser libre como Jesús que se hizo pobre (Mt 19.21; Lc 11.41; 12.33; 18.22; 2 Cor 8.9).

43- El Señor nos pone algunas condiciones en la práctica de la limosna:

* Nada de ostentación ni de publicidad (Mt 6.1-4),

* Desinterés, nada de contracambio, ni cálculos de lo que nos pueda reportar (Lc 6.35; 14.14). No se hace por interés, sin embargo, la limosna en sí misma trae una recompensa que no es despreciable, así no sea el motivo de la ofrenda. En el Discurso a los jóvenes sobre La avaricia, dice san Basilio, Obispo de Cesarea: “¿Diste al hambriento? El don es tuyo y vuelve a ti con intereses. Como el trigo que ha caído en la tierra da ganancias a quien lo sembró, así el pan dado al hambriento te va a devolver, en el futuro, abundante cosecha”.

* Sin medida, de acuerdo con la necesidad real del pobre (Lc 6.30; Mt 5.42) y sin dar largas (Sir 29.8-9)

* Con amor, sin él, así sea munificente, no sirve de nada (1 Cor 13.3).

* Con alegría: Dios que es el amor, ofrenda con alegría, y ama al que da con alegría (2 Cor 9.7).

* Cristo manda dar el contenido de la copa y de la fuente (Lc 11.41)

Así cumplimos el mandato de Cristo: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6.16).

La limosna o misericordia es una obligación para san Juan Crisóstomo: “El no dar a los pobres de los propios bienes es cometer una rapiña y atentar a su propia vida… No retenemos los nuestro, sino lo de ellos” (Hom. 3.4).

La limosna, a pesar de las actuales objeciones de tipo social, responde a la esencia de la Iglesia, donde todos buscamos no una nivelación sociológica, sino un vivir por todas partes la generosidad del don que se comparte.

Me refiero a la limosna dada personalmente o por medio de la Iglesia, servidora de los pobres.

Por la limosna a la comunidad entramos en comunión con todos (Ga 2.10; Rm 15.26ss). Por la limosna, (caso encomiástico del centurión, de Tabitá y de Cornelio) se expresa la estima por la fe de los creyentes (Lc 7.5; Hch 9.36; 10.2.4.31).

La Iglesia es por esencia una comunidad donde se comparte lo material, se vive con lo material compartido (koinonia) (Hch 2.44s; 4.32).

44- El poder de sanación interior de la limosna está en que:

+ Trae el perdón, preserva de todo mal, sana de los pecados, los rompe (Dan 4.24; Sir 29. 12).

+ Libera interiormente para seguir a Jesús, para ser libre (Mt 19.21; Lc 11.41; 12.33; 18.22; 2 Cor 8.9).

+ Tiene poder de purificación, hace puro todo (Lc 11.41).

+ El que da limosna irradia y todo su cuerpo está iluminado (Mt 6.22-23; Is 58,8.10)

+ En la mentalidad de Pablo, la limosna es una verdadera bendición: una euloghía (2 Cor 9.5.7).

+ Es un acto de culto y de servicio a Dios: una leitourghía (2 Cor 9.12).

+ Es un auténtico servicio sagrado: la diakonia (Rm 15.21; 2 Cor 8.4; 9.12-13).

+ Es una gracia de Dios para agradecerle sus bondades: una járis (2 Cor 8.7).

+ Restablece la comunión en la Iglesia, a partir del compartir, la koinonia (2 Cor 8.4.13.; 9.1.12-13).

+ Es muy conocida aquella frase de san Ambrosio, en De Helia et jejunio: “¿Posees dinero?- Rescata con él tu pecado”. Expresa así ese poder de sanación interior que tiene la limosna como ejercicio de la caridad cristiana.

Exhorta san Policarpo de Esmirna: “Si tenéis posibilidad de hacer el bien, no lo difieras, pues la limosna libra de la muerte” (Carta a los Filipenses, 10).

San Cipriano y san Clemente Alejandrino, insisten en la relación íntima que hay entre la limosna y el perdón de los pecados.

45- Con lo que más adelante completaré con San Juan Eudes, quiero hacer dos alusiones:

1) Ese pobre a quien damos, sin preguntarnos si es digno o no, se identifica con Jesús; lo que hacemos a los pequeños, a los pobres, lo hacemos a Jesús (Mt 25.31-46). Podríamos decir: vamos a ser juzgados sobre la limosna, sobre las obras de misericordia.

2) Le dejo a su meditación profundizar la teología de la “colecta” para los pobres de la Iglesia madre de Jerusalén, en la que se comprometió san Pablo con Tito (2 Cor 8,1ss). Parte de la obra de Cristo, que optó por ser don, amor ofrendado: “Vosotros conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (8.9).

Luego nos motiva haciéndonos contemplar desde el Salmo 111.9, la generosidad infinita y estable de Dios, para que nosotros también seamos generosos, “compitamos” con Dios (9.9). Y es aquí donde presenta la eficacia de la limosna como una euloghía (2 Cor 9.5.7); una leitourghía (2 Cor 9.12); una diakonia (Rm 15.21; 2 Cor 8.4; 9.12-13); una járis (2 Cor 8.7); una comunión, la koinonia (2 Cor 8.4.13.; 9.1.12-13).

46- ¿Qué nos dice san Juan Eudes sobre la limosna?

San Juan Eudes, siguiendo el Evangelio, tomó muy en serio, aquellas recomendaciones de san Ambrosio, en De officiis ministrorum, al indicar el santo Obispo de Milán, que la limosna es un estilo de vida de los sacerdotes. No es un acto aislado para vanagloriarse, sino una exigencia contínua de la justicia y del amor cristianos.

San Juan Eudes nos invita a dar la limosna con una breve oración: “Oh Jesús, quiero hacer esta acción, por tu puro amor y en honor y en unión de la caridad que tienes para con los pobres” (OC.1,450)

La limosna depende de la visión que tengamos del pobre. San Juan Eudes “veía en los pobres la representación sensible del Señor, como los sacramentos del Salvador, bajo los que se oculta, algo así como se oculta debajo de las especies de adorable Eucaristía…

Hizo voto cuando niño de socorrerlos según su alcance y de no negarles nunca la limosna, a no ser que careciera de medios. Estableció que en cada una de sus Comunidades se diera de comer a doce de ellos varias veces al año, y que los domingos y jueves de cada semana, se convidara a uno a comer en el refectorio con los de la casa. Además dos veces por semana, les daba públicamente limosna a la puerta del Seminario de Caen, donde residía habitualmente. (Cuidaba, por supuesto, de sus almas y de su alimento espiritual).

Durante las misiones, quería que se enseñase el catecismo a los pordioseros, que a veces se hallaban en número de hasta dos mil, y luego mandaba repartirles limosnas.

“Bastaba ser desgraciado para tener cabida en su corazón y granjearse su cariño; por eso acudían todos a él como a un asilo común, con la esperanza de encontrar remedio y alivio a su mal. Esa gloria le queda después de muerto y le durará hasta la consumación de los siglos” (P. Pedro Hérambourg (1661-1720), Las Virtudes de san Juan Eudes, pp.155-164. su caridad para con los pobres). (Ver OC. III. 370-371).

En el Catecismo de la Misión, san Juan Eudes le da a la limosna su auténtico sentido bíblico, mucho más amplio: la misericordia.

“¿Cuántas son las clases de buenas obras? – Son tres: la Oración, el Ayuno, la Limosna o Misericordia a la que se refieren las obras de misericordia corporales y espirituales” (OC.II,470).

La limosna por los difuntos. “Es una excelente limosna pagar el rescate de un alma detenida en las prisiones de la divina Justicia, en el purgatorio, ofreciendo a Dios por ella santas oraciones, o el divino sacrificio de la Misa, u otra buena obra” (OC. IV.190).

“Hacer una limosna a un pobre es una cosa tan recomendable y maravillosamente recomendada por Dios en su santa Palabra” (OC. XI.36).

Comenta así Si 17.18 (Vulgata): “Así como alguien que tuviera una bolsa llena de diamantes, la guardaría cuidadosamente como a la niña de sus ojos, así Dios conserva afectuosísimamente la limosna o la gracia que se hace a un pobre, aunque sea un vaso de agua” (OC. VII.237).

“Hay que motivar a los que tienen el medio, a amar a los pobres, a hacerles todo el bien que puedan, por amor a Nuestro Señor, para liberarse de los pecados por la limosna” (OC.IV.281).

Entre los medios para prepararse a morir cristianamente anota:

“Purificar su conciencia de todo pecado por medio de la penitencia, esforzarse en reparar las faltas pasadas, por medio de limosnas, si se tiene el medio, por oraciones, y por todas las buenas obras que cada uno puede hacer en su estado” (OC. IV.63).

“Exhórtese al (moribundo y agonizante) que tiene algunas comodidades temporales a que no olvide a los pobres y a las obras piedad, para que redima sus pecados por la limosna y para que los pobres lo reciban en los tabernáculos eternos” (OC.III.93; ver Lc 16.9).

CONCLUSIÓN

En síntesis, con las condiciones y requisitos indicados, la oración, el ayuno y la limosna nos ayudarán poderosamente a ser sanados, a liberarnos de nuestras esclavitudes interiores.

Con un esquema muy sencillo:

1) Al suplicar constantemente: “Señor ten misericordia de mí que soy un pecador” ponemos de nuestra parte para renunciar al pecado y adherirnos a Jesucristo.

2) Al ayunar con cierta frecuencia, ofrézcale su ayuno al Señor, para que así como renuncia al alimento para servir al pobre, el Señor rompa tantas ataduras que tenemos.

3) Al dar limosna frecuentemente, ofrézcasela al Señor, para que así como renuncia al dinero par ayudar a los pobres, el Señor le permita renunciar a todo para adherirse plenamente a Él.

Para san Juan Eudes la limosna es la misericordia, es decir, las obras de misericordia corporales y espirituales.

¿Se le olvidaron las obras de misericordia?


CORPORALES

1. Visitar a los enfermos

2. Dar de comer al hambriento

3. Dar de beber al sediento.

4. Vestir al desnudo.

5. Dar posada al peregrino

6. Redimir al cautivo.

7. Enterrar a los muertos.

ESPIRITUALES

1. Enseñar al que no sabe.

2. Dar buen consejo al que lo necesita.

3. Corregir al que yerra.

4. Perdonar las injurias.

5. Consolar al triste.

6. Sufrir con paciencia las   adver-           sidades y flaquezas de nuestro prójimo.

7. Orar por los vivos y los difuntos.


Realicemos estas obras de misericordia viendo en los hermanos necesitados a Jesús… “A mi me lo hiciste” (Mt 25,40).

Así con estos tres actos, hechos por el Amor y para el Amor, el Señor cumplirá su palabra, tal como la podemos comprender en esta paraphrăsis, de Isaías 58,1-12:

1. Clama a voz en grito,

No tengas consideración;

Levanta tu voz como una trompeta

Y denuncia a mi pueblo sus delitos

Y a la casa de Jacob sus pecados.

2. A Mí me buscan día a día

desean conocer mis caminos,

como si fuera gente que practica la justicia

y el derecho de su Dios no hubiesen abandonado.

Me piden juicios justos,

La vecindad de su Dios desean:

3. ¿Por qué ayunamos, si Tú no lo ves?

¿Para qué nos mortificamos, si Tú no lo sabes?

- Es que el día de vuestro ayuno,

atendéis vuestros negocios

y oprimís a todos vuestros trabajadores.

4- Es que ayunáis entre disputas y altercados

y golpeando con inicuos puñetazos.

No ayunéis más como lo hacéis hoy

Para lograr que se escuche en las alturas vuestra voz.

5. ¿Acaso es éste el ayuno que Yo prefiero

el día en que se humilla el hombre?

¿Había que doblegar como junco la cabeza,

en sayal y ceniza estarse echado?

¿Acaso a eso llamas ayuno y día grato al Señor?

6. ¿No será más bien éste otro el ayuno que Yo prefiero:

romper las cadenas inicuas

deshacer las coyundas del yugo,

mandar libres a los oprimidos,

y romper todo yugo?

7. ¿No será esto más bien: partir al hambriento tu pan,

y a los pobres sin hogar recibir en casa?

¿Que cuando veas a un desnudo le cubras,

sin descuidar a los de tu misma carne?

8. Entonces,

Brotará tu luz como la aurora

y tu herida se curará rápidamente.

Irán delante de ti tus obras de justicia

Y la gloria del Señor te seguirá.

9. Entonces,

Si clamas, el Señor te responderá,

Si pides socorro, dirá: ¡Aquí estoy!...

Si apartas de en medio de ti el yugo,

No apuntas con el dedo maldiciente,

Y no levantas calumnias.

10. Si repartes al hambriento tu pan

Y al alma afligida dejas saciada,

Entonces,

Resplandecerá en las tinieblas tu luz

Y tu oscuridad será como mediodía.

11. El Señor te hará siempre de guía,

te saciará en terrenos áridos,

Dará vigor a tus huesos

Serás como jardín regado,

O como manantial cuyas aguas nunca se acaban.

12. Tus ruinas antiguas serán reedificadas,

Reconstruirás los cimientos de épocas pasadas,

Te llamarán Reparador de murallas derruidas,

Y Restaurador de viviendas en ruinas.

Higinio A. Lopera E. cjm

Centro san Juan Eudes

Miércoles de Ceniza 2007.

PUBLICACIONES

Las publicaciones del CENTRO SAN JUAN EUDES recogen los principales temas de la Espiritualidad de San Juan Eudes y las experiencias espirituales que vienen dando la identidad del CENTRO desde 1997:

“Formar, santificar, hacer vivir y reinar a Jesús en las personas”

Encuentro personal con Dios.

El Poder el Espíritu Santo en el Sacerdote

El Poder del Espíritu Santo en el Laico.

Catecismo de la Iglesia Católica (Síntesis).

Criterios de discernimiento de mensajes.

¿Qué sabes de María?

El Rosario.

La Divina Pasión del Amor.

Génesis. Hacia el hontanar de la vida.

Diez Exámenes para sacerdotes.

Apocalipsis. El libro de la consolación y de la esperanza.

El Éxodo. Nuestro libro de camino

Sanación – Estaciones del Vía Crucis.

Sanación – Las secuelas del aborto.

Sanación - Suicidios y muertes violentas.

Sanación – Aceptación y sanación de la muerte de los seres queridos.      

Sanación - La Muerte anticipada como ofrenda de amor.

Sanación - Ayudar a bien morir, el más grande acto de amor.

Sanación – Las heridas familiares.

Sanación - Las ataduras y sus raíces ancestrales.

Sanación – Concepción y Embarazo

Sanación – Depresión y Transtornos nerviosos

Sanación – Traumas y Heridas del pasado.

Sanación - Adicciones, esclavitudes y dependencias.

Sanación - Miedos y temores.

Sanación – Brujerías y Malas influencias.

Sanación – El Exorcismo

Sanación – La Mente.

Sanación – El Corazón.

Sanación – Oración de Efusión del Espíritu Santo.

Sanación – El reciclaje y restauración de la personalidad.

Sanación – El Pesimismo

Sanación – Matrimonios y parejas

Sanación – Por la oración, el ayuno y la limosna.

El Voto de Víctima.

Éxodo. Nuestro libro de camino.

El Amor Transformante (- Colección - 1.2.3.4.) (Para Contemplativos, Eremitas).

San Juan Eudes “Formador de Jesús”.

La Pasión de Cristo.

La Contemplación desde el Evangelio (- Colección – 1.2.3.).

La Nueva Era y el discernimiento cristiano.

Fidelidad en San Juan Eudes (textos).

Fieles porque Dios es fiel.

Sabiduría de todos y para todos (Colección – 1.2.).

La eucaristía en San Juan Eudes (textos).

Fitoterapia ( - Colección 1.2.3).

Itinerario cuaresmal con San Juan Eudes.

Concordancia de las Obras Completas de San Juan Eudes (Colección: 1.2.3.).