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Angelito con trompeta

 Alégrate, el Señor está contigo

Lunes, 20 de mayo de 2019

Quinta Semana de Pascua

Santoral:

Beata María Crescencia Pérez,

San Bernardino de Siena, San Protasio

Chong Kurbo y Beata Columba de Rieti

 

 Por Ti, Señor

Daremos razón de tu nombre,

aunque, el hablar de Ti,

nos cause desasosiego o incomprensión.

Ofreceremos, nuestras manos abiertas,

aún a riesgo de ser tratados como ilusos

de que, lo que damos o hacemos,

no sirve de nada ante un mundo

en el que sólo se valora lo que se paga.

Por  Ti, Señor.

Miraremos al cielo buscando un rasgo de tu presencia.

Miraremos hacia el duro asfalto

para llevar tu Buena Noticia,

la alegría de tu ser resucitado,

tu Palabra, como aliento y vida,

tu rostro que tonifique nuestra triste existencia.

Por  Ti, Señor.

Amaremos, aun no siendo amados.

Y, en medida rebosante y sin cuenta,

colmaremos y calmaremos

los corazones que necesitan paz,

las almas que se han tornado en tibias,

los pies que se resisten a caminar,

los ojos que se han quedado en el vacío.

Por  Ti, Señor.

Mantendremos, eternamente nuevo,

el mandamiento que Tú nos dejaste:

amar, sin mirar a quién,

amar, sin contar las horas,

amar, con corazón y desde el corazón,

amar, buscando el bien del contrario,

amar, buscándote en el hermano.

Por  Ti, Señor.

P. Javier Leoz

 

 

  

Lecturas del día siguiente

Martes, 21 de mayo de 2019

QUINTA SEMANA DE PASCUA

Contaron a la Iglesia todo lo que Dios había hecho con ellos

Lectura de los Hechos de los Apóstoles

14, 19-28

Algunos judíos de Antioquía y de Iconio vinieron a Listra y lograron convencer a la multitud. Entonces apedrearon a Pablo y, creyéndolo muerto, lo arrastraron fuera de la ciudad. Pero él se levantó y, rodeado de sus discípulos, regresó a la ciudad.

Al día siguiente, partió con Bernabé rumbo a Derbe. Después de haber evangelizado esta ciudad y haber hecho numerosos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia. Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.

En cada comunidad establecieron presbíteros y, con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído.

Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Luego anunciaron la Palabra en Perge y descendieron a Atalía. Allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para realizar la misión que acababan de cumplir.

A su llegada, convocaron a los miembros de la Iglesia y les contaron todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos. Después permanecieron largo tiempo con los discípulos.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                      144, 10-13ab. 21

  1.    ¡Que tus fieles manifiesten tu gloria, Señor!

Que todas tus obras te den gracias, Señor,

y tus fieles te bendigan;

que anuncien la gloria de tu reino

y proclamen tu poder. R.

Así manifestarán a los hombres tu fuerza

y el glorioso esplendor de tu reino:

tu reino es un reino eterno,

y tu dominio permanece para siempre. R.

Mi boca proclamará la alabanza del Señor:

que todos los vivientes bendigan su santo Nombre.

Que tus amigos manifiesten la gloria de tu reino,

desde ahora y para siempre. R.

EVANGELIO

Mi paz les doy

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan

14, 27-31a

A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos:

Les dejo la paz,

les doy mi paz,

pero no como la da el mundo.

¡No se inquieten ni teman!

Me han oído decir:

«Me voy y volveré a ustedes».

Si me amaran,

se alegrarían de que vuelva junto al Padre,

porque el Padre es más grande que Yo.

Les he dicho esto antes que suceda,

para que cuando se cumpla, ustedes crean.

Ya no hablaré mucho más con ustedes,

porque está por llegar el Príncipe de este mundo:

él nada puede hacer contra mí,

pero es necesario que el mundo sepa

que Yo amo al Padre

y obro como Él me ha ordenado.

Palabra del Señor.

Reflexión

Hech. 14, 19-28. El enviado como ministro al servicio del Evangelio no puede detenerse, aun cuando encuentre grandes dificultades y persecuciones en el cumplimiento de la misión que se le ha confiado.

Jesús diría a sus discípulos: Era necesario que el Hijo del Hombre padeciera todo esto para entrar, así, en su gloria. Y Pablo nos dice en este día: Hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.

Solo la presencia del Espíritu Santo en nosotros podrá hacernos valientes en el Testimonio que hemos de dar continuamente acerca de Jesús. Quienes le seguimos no podemos hacerlo pensando encontrar nuestra comodidad y un escaño en la sociedad, sino sólo deseando amarlo, sirviendo a nuestro prójimo, y dando incluso nuestra vida por él y por nuestra fidelidad al Evangelio de Cristo.

Hemos de abrir los ojos para no querer hacerlo todo nosotros. Necesitamos de los demás; cada uno debe ponerse al servicio del Reino conforme a la medida de la gracia recibida; los apóstoles designaban presbíteros y los encomendaban a Dios con oraciones y ayunos para después ponerlos al servicio de la Comunidad.

Cuando nosotros nos hacemos ayudar por una diversidad de agentes laicos de pastoral, ¿lo hacemos en y desde Dios? ¿oramos por ellos? ¿Les tenemos confianza? Una Iglesia que no ha llegado a su madurez vive siempre recibiendo de sus pastores, pero es incapaz de ponerse ella misma al servicio del Evangelio aportando, por ejemplo, Diáconos Permanentes, Catequistas, Celebradores de la Palabra, Ministerio de la caridad, etc.

¿Qué grado de madurez tiene nuestra comunidad y hasta dónde hemos madurado nosotros mismos para ponernos al servicio del Evangelio en favor de los demás, conforme a la gracia recibida?

Sal. 145 (144). El Nombre del Señor ha sido proclamado en toda la tierra; muchos han escuchado el testimonio de los profetas. Ese testimonio ha llegado hasta el Salmista que entiende que su responsabilidad consiste en convertirse, a su vez, en el transmisor de ese mensaje para las futuras generaciones. Por eso todos han de ser invitados a alabar al Señor, a proclamar la gloria de su reino y a dar a conocer sus maravillas.

Jesucristo, Luz de los pueblos, Salvador de toda la humanidad, Cercanía de Dios, no puede únicamente ser conocido, y después ser olvidado; ni dejarlo guardado o escondido en una relación personalista y sin trascendencia. El Señor nos pide ser portadores de su Evangelio a todas las personas de todos los tiempos y lugares para que todos los seres bendigan al Padre Dios ahora y para siempre.

Jn. 14, 27-31. La paz no sólo se conquista, se disfruta. La paz nace de sentirse amado; una paz conquistada por alguien a favor nuestro nos compromete a no perderla, a no sentirnos cobardes pues ha llegado a nosotros por pura gracia.

La paz que Cristo nos ofrece no es la serenidad interior que muchos tratan de lograr a través de ejercicios de tranquilidad. La paz de Cristo para nosotros es su propia vida que se nos participa; es sentir a Dios como Padre cercano a nosotros, Padre lleno de bondad, ternura y misericordia; Padre comprensible para con sus hijos; pero también Padre que nos compromete a trabajar por la justicia, por el amor fraterno y por la paz en nuestros corazones.

Nosotros no damos a los demás la paz como lo hacen los políticos que, para liberar a un pueblo de sus esclavitudes los oprimen, los esclavizan o les hacen la guerra. La conquista interior de la paz nace de Cristo que nos amó y se entregó por nosotros. En Él encontramos el perdón de nuestros pecados, la reconciliación con Dios, la paz que nos salva.

Cristo, que se entregó a la muerte por nosotros, parecía haber sido derrotado por el mal; sin embargo, su muerte, su resurrección y su glorificación a la diestra del Padre, ha sido la victoria definitiva sobre el demonio, sobre el pecado y sobre la muerte.

Aquel que participa de la misma vida de Dios vive en una paz continua, a pesar de que la vida a veces se le torne difícil, pues sabemos que no vamos a la deriva, sino que nuestro camino es el mismo de Cristo, perseverando fieles en medio de las pruebas por esta vida, hasta lograr la misma Gloria que tiene el Señor resucitado.

No es otro nuestro camino; por eso, teniendo la mirada fija en Jesús, lancémonos con perseverancia a la conquista de los bienes definitivos, sin perder la paz que de Dios, por medio de su Hijo, hemos recibido.

Nadie nos ha amado como Jesús; pues nadie tiene amor más grande por sus amigos que aquel que da la vida por ellos.

Nos reunimos en esta Eucaristía para celebrar el amor que Dios nos tiene hasta el extremo. Él nos comprende como un buen Padre, como un buen amigo; Él sabe de nuestras angustias y esperanzas; y nuestros pecados no están ocultos a sus ojos. Él vuelve a repetirnos que nos ama entregando su vida sobre el altar en el Memorial de su Pascua que estamos celebrando.

Si no entendemos este Signo Sacramental del amor de Dios hacia nosotros podemos seguir caminando en la tristeza y la angustia, sin aceptar que Dios sigue haciéndose Dios-con-nosotros, compañero de viaje, alimento de vida eterna, buen pastor, luz y esperanza de quienes creemos en Él.

Si queremos tener la paz que el Señor nos ofrece, lo único que necesitamos y que Él espera de nosotros es que nos dejemos amar por Él; Él se encargará de hacer su obra de amor y de salvación en nosotros.

El signo de la paz que nos daremos dentro de esta acción litúrgica debe iniciar en nosotros el testimonio de la paz recibida y compartida, no sólo con aquellos con quienes, tal vez por casualidad, nos hayamos encontrado en esta Reunión Sagrada, sino con quienes nos encontraremos en la vida ordinaria, especialmente en el hogar, en el trabajo, en el estudio.

Efectivamente, en medio de las realidades de cada día hemos de ser un signo del amor de Dios para los demás, esforzándonos por no hacer más pesada la vida de quienes nos rodean, sino preocupándonos por el bien de todos. Sólo cuando traduzcamos nuestra fe en obras concretas de amor podremos ser portadores de paz para ellos.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Virgen María, nuestra Madre, la gracia de aceptar el amor que Él nos tiene, y de proclamarlo amando a nuestro prójimo como el Señor nos ha amado a nosotros. Amén.

Homiliacatolica.com


Liturgia - Lecturas del día

Lunes, 20 de mayo de 2019

QUINTA SEMANA DE PASCUA

Hemos venido a anunciarles que deben abandonar esos ídolos

para convertirse al Dios viviente

Lectura de los Hechos de los Apóstoles

14, 5-18

Los paganos y los judíos de Iconio, dirigidos por sus jefes, intentaron maltratar y apedrear a Pablo y Bernabé. Éstos, al enterarse, huyeron a Listra y a Derbe, ciudades de Licaonia, y a sus alrededores; y allí anunciaron la Buena Noticia.

Había en Listra un hombre que tenía las piernas paralizadas. Como era tullido de nacimiento, nunca había podido caminar, y sentado, escuchaba hablar a Pablo. Éste, mirándolo fijamente, vio que tenía la fe necesaria para ser sanado, y le dijo en voz alta: «Levántate, y permanece erguido sobre tus pies». Él se levantó de un salto y comenzó a caminar.

Al ver lo que Pablo acababa de hacer, la multitud comenzó a gritar en dialecto licaonio: «Los dioses han descendido hasta nosotros en forma humana», y daban a Bernabé el nombre de Júpiter, y a Pablo el de Mercurio porque era el que llevaba la palabra. El sacerdote del templo de Júpiter, que estaba a la entrada de la ciudad, trajo al atrio unos toros adornados de guirnaldas y, junto con la multitud, se disponía a sacrificarlos.

Cuando los apóstoles Pablo y Bernabé se enteraron de esto, rasgaron sus vestiduras y se precipitaron en medio de la muchedumbre, gritando: «Amigos, ¿qué están haciendo? Nosotros somos seres humanos como ustedes, y hemos venido a anunciarles que deben abandonar esos ídolos para convertirse al Dios viviente que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos. En los tiempos pasados, Él permitió que las naciones siguieran sus propios caminos. Sin embargo, nunca dejó de dar testimonio de sí mismo, prodigando sus beneficios, enviando desde el cielo lluvias y estaciones fecundas, dando el alimento y llenando de alegría los corazones». Pero a pesar de todo lo que dijeron, les costó mucho impedir que la multitud les ofreciera un sacrificio.

Palabra de Dios.

SALMORESPONSORIAL                               113 B, 1-4. 15-16

R.    ¡Glorifica tu Nombre, Señor!

No nos glorifiques a nosotros, Señor:

glorifica solamente a tu Nombre,

por tu amor y tu fidelidad.

¿Por qué han de decir las naciones:

«¿Dónde está su Dios?» R.

Nuestro Dios está en el cielo y en la tierra,

El hace todo lo que quiere.

Los ídolos, en cambio, son plata y oro,

obra de las manos de los hombres. R.

Sean bendecidos por el Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

El cielo pertenece al Señor,

y la tierra la entregó a los hombres. R.

EVANGELIO

El Paráclito que el Padre enviará les enseñará todo

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan

14, 21-26

A la Hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús dijo a sus discípulos:

«El que recibe ,mis mandamientos y los cumple,

ése es el que me ama;

y el que me ama será amado por mi Padre,

y Yo lo amaré y me manifestaré a él».

Judas -no el Iscariote-le dijo: «Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?»

Jesús le respondió:

«El que me ama

será fiel a mi palabra,

y mi Padre lo amará;

iremos a él

y habitaremos en él.

El que no me ama no es fiel a mis palabras.

La palabra que ustedes oyeron no es mía,

sino del Padre que me envió.

Yo les digo estas cosas

mientras permanezco con ustedes.

Pero el Paráclito, el Espíritu Santo,

que el Padre enviará en mi Nombre,

les enseñará todo

y les recordará lo que les he dicho».

Palabra del Señor.

Reflexión

Hech. 14, 5-18. Cuando anunciamos a Cristo, ¿Nos anunciamos a nosotros mismos? ¿Somos conscientes de que sólo somos intermediarios entre Dios y los demás; y esto no por iniciativa propia, sino por nuestra unión a Cristo, el único mediador entre Dios y los hombres?

Después de que haber hecho lo que se nos había mandado, y lo hayamos hecho tal vez de un modo brillante, de tal forma que hayan se levantado muchos comentarios y alabanzas a favor nuestro, ¿fuimos capaces de decir: Somos siervos inútiles; sólo hicimos lo que teníamos que hacer?

¿Cuando hacemos el Bien y llevamos a término la Obra salvadora de Dios, los demás glorifican al Padre Dios, que está en los cielos y vuelven a Él sus pasos, o se quedan extasiados ante nosotros, quemándonos incienso, y quedándose vacíos del Señor y de su salvación?

El anuncio del Evangelio debe llevar a todos los pueblos a apartarse de los ídolos (de nosotros, los primeros que podemos ser convertidos en ídolos), y a adorar al Dios verdadero.

Dios jamás ha abandonado a alguna persona, ni a nación alguna; siempre ha salido al encuentro de todos, como nos dice el profeta: Me he hecho encontradizo de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: "Aquí estoy, aquí estoy" a gente que no invocaba mi Nombre.

Que nuestra labor evangelizadora esté única y exclusivamente al servicio del Evangelio para propiciar el encuentro de Dios con toda la humanidad.

Sal. 115 (113 b). Dios no es un dios muerto; el Señor actúa siempre a favor de sus fieles y los salva. Así manifiesta que no es como los dioses de los paganos, hechos por artesanos y que, a pesar de tener ojos, no ven; oídos, no oyen; manos y no tocan, pies y no caminan; boca y no hablan. Quienes confían en ellos, no encontrarán la salvación, y serán igual que esos falsos dioses.

En cambio Dios, nuestro Dios, a través de toda la Historia de salvación y, últimamente por medio de su Hijo Jesús, nos ha dado numerosas pruebas de que está vivo.

Dios, a pesar de estar en el cielo, ha bajado a la tierra y se ha hecho cercanía del todos para colmarnos de bendiciones.

En Cristo hemos conocido a Dios y el amor que nos tiene.

Ojalá y no sólo lo conozcamos, sino que sepamos escucharlo y poner en práctica su Palabra, para que no denigremos, con nuestras malas acciones, el Santo Nombre de Dios.

Jn. 14, 21-26. La fidelidad a los mandatos de Cristo asegura, en el creyente, la inhabitación divina. Dios quiere hacer su morada en cada uno de nosotros y ser adorado en Espíritu y en Verdad.

En el Evangelio de este día se nos habla de que la Obra y la Misión de Jesús están tocando a su fin en la etapa temporal y visible; una vez concluida esta, no habrá llegado aún a su final la etapa de la Revelación. Se iniciará la novedad del Espíritu, actuando en la Comunidad de creyentes: El Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.

El Espíritu Santo acompaña a la Iglesia hasta la plena manifestación del Hijo de Dios al final de la historia, donde nosotros nos manifestaremos, juntamente con Él, como hijos de Dios.

Mientras nos encaminamos a la plena posesión de Dios, hemos de vivir en fidelidad amorosa a la voluntad del Señor, y al impulso e inspiración del Espíritu Santo, manifestando así que en verdad lo hemos aceptado en nuestra vida, y le somos fieles.

Aquel que dice amar a Dios pero vive con los oídos y el corazón cerrados a su Palabra, a sus mandatos y al impulso del Espíritu Santo, es un mentiroso, la Verdad no está en Él.

En esta Eucaristía el Señor nos ha dirigido su Palabra. Ojalá y no la hayamos recibido de un modo frío y faltos de fe. Sólo el Espíritu Santo, que es el Autor de esa Palabra, puede hacer que nuestros corazones ardan mientras el Señor nos habla. Por eso escuchemos siempre con atención lo que el Espíritu dice a la Iglesia.

Escuchar con fe a Jesús significa que adquirimos el compromiso de hacer nuestras sus enseñanzas y, por tanto, que estamos dispuestos a cumplirlas.

Mediante la Comunión con el Cuerpo y la Sangre del Señor, Dios viene a hacer su morada en nosotros. Él permanecerá en y con nosotros en la medida en que seamos fieles a aquello que nos ha mandado; de lo contrario, tal vez entre el Señor a nosotros, pero nuestras obras de maldad y de pecado le estarán indicando que salga lo más pronto posible, pues estamos dispuestos a rezarle, pero no a vivir comprometidos con Él.

Jesús da su vida por nosotros porque nos ama; nos comunica su Espíritu Santo para que nos guíe a través de la vida como sus Testigos fieles; No tomemos a la Eucaristía como un juego de niños caprichosos, sino como el compromiso de quien ha tomado la decisión de abandonar los falsos dioses, que nos atan a lo pasajero y, con lealtad a Cristo, tomar nuestra cruz de cada día y seguirlo.

¿Cómo hablar de Dios a los hombres y mujeres de nuestros días? En tiempo de Pablo eran válidos los argumento nacidos de la naturaleza, por medio de los cuales Dios manifestaba su cercanía a todos los pueblos.

Jesús mismo nos dice que Dios ama a todos sin distinción, y que podemos conocer ese amor perfecto en cuanto a que hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos y pecadores.

Las personas de hoy están más apegadas al lenguaje de las imágenes que al lenguaje de las palabras. Se llega a decir que una imagen habla mucho más que millones de palabras. En un momento conocemos y experimentamos la realidad que sucede en el mundo, por medio de las imágenes transmitidas vía Internet o por la televisión satelital. En un momento nos ponemos a favor o en contra de alguien; y sentimos alegría o rabia contra algunos personajes de nuestra historia actual, sin haberlos visto, y mucho menos tratado jamás de modo personal.

¿Qué imagen presentamos de Cristo los cristianos? No vamos a ponernos a transmitir películas o imágenes bien pensadas y armadas sobre Cristo; esto, finalmente, sería sólo una imaginación y no una realidad como lo son los acontecimientos que mueven a favor o en contra los corazones de los hombres y mujeres de nuestro mundo.

Somos nosotros, lugar donde habita Dios con todo su amor, quienes lo hemos de manifestar con nuestra propia vida. Si la Iglesia de Cristo no se convierte en una Buena Noticia, fresca, acuciante, cuestionante, salvadora, llena de esperanza para la gente de hoy, tendremos que preguntarnos si en verdad hemos acogido al Señor en nosotros, no de un modo romántico, sino con la fuerza de la fidelidad hasta sus últimas consecuencias, y con la conciencia de que no somos nosotros, sino el Espíritu de Dios quien, desde nosotros, sigue dando testimonio del Señor, y continúa llevando a término la obra de Salvación y la construcción del Reino de Dios entre nosotros.

Así como Cristo es la imagen perfecta del Padre, así la Iglesia debe ser la imagen perfecta de Cristo para las gentes de nuestro tiempo.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que, así como ella llevó en su corazón y en su seno al Hijo de Dios hecho hombre, y lo entregó como salvación para todos nosotros, así nosotros, siendo engendrados como hijos de Dios en Cristo, cada vez más perfectos por la acción del Espíritu Santo, podamos presentarnos ante nuestros hermanos como Luz y no como tinieblas; como Verdad y no como error ni mentira; como Amor y no como egoísmo, mucho menos como egolatría donde, al utilizar la Palabra de Dios, en lugar de estar a su servicio, buscásemos nuestra gloria y no la gloria de Dios. Que Dios nos conceda amarlo y serle fieles para que seamos una digna morada de su presencia en nosotros, de tal forma que algún día nosotros seamos recibidos en las moradas eternas. Amén.

Homiliacatolica.com

 

  Lecturas del día anterior

 

LECTURAS DEL DOMINGO 19 DE MAYO DE 2019

DOMINGO QUINTO DE PASCUA

Contaron a la Iglesia todo lo que Dios había hecho con el/os.

Lectura de los Hechos de los Apóstoles

14, 21b-27

Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia. Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios.

En cada comunidad establecieron presbíteros, y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído.

Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Luego anunciaron la Palabra en Perge y descendieron a Atalía. Allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para realizar la misión que acababan de cumplir.

A su llegada, convocaron a los miembros de la Iglesia y les contaron todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                144, 8-13a

R.    Bendeciré tu Nombre eternamente,

       Dios mío, el único Rey.

El Señor es bondadoso y compasivo,

lento para enojarse y de gran misericordia;

el Señor es bueno con todos

y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

Que todas tus obras te den gracias, Señor,

y tus fieles te bendigan;

que anuncien la gloria de tu reino

y proclamen tu poder. R.

Así manifestarán a los hombres tu fuerza

y el glorioso esplendor de tu reino:

tu reino es un reino eterno,

y tu dominio permanece para siempre. R.

Dios secará todas sus lágrimas

Lectura del libro del Apocalipsis

21, 1-5a

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más.

Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo.

Y oí una voz potente que decía desde el trono: «Esta es la carpa de Dios entre los hombres: Él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos su propio Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó».

Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Yo hago nuevas todas las cosas».

Palabra de Dios.

EVANGELIO

Les doy un mandamiento nuevo:

ámense unos a otros

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Juan

13, 31-33a. 34-35

Durante la Última Cena, después que Judas salió, Jesús dijo:

Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado

y Dios ha sido glorificado en Él.

Si Dios ha sido glorificado en Él,

también lo glorificará en sí mismo,

y lo hará muy pronto.

Hijos míos

ya no estaré mucho tiempo con ustedes.

Les doy un mandamiento nuevo:

ámense los unos a los otros.

Así como Yo los he amado,

ámense también ustedes los unos a los otros.

En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos:

en el amor que se tengan los unos a los otros.

Palabra del Señor.

Reflexión

LA IGLESIA DE LA TIERRA

En este quinto domingo de Pasca, la Iglesia nos invita a dar gracias a Dios por su misericordia. En el salmo hemos rezado juntos “Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey”. Recordamos las hazañas de Dios en nosotros, su misericordia. Y lo hacemos unidos a toda la Iglesia, fundada por el mismo Cristo, que tiene como misión fundamental llevar a todos los pueblos la alegría del Evangelio. Las lecturas de hoy nos hablan de la Iglesia de la tierra, formada por todos nosotros, los bautizados, cuyo signo de identidad es el amor mutuo que Cristo nos enseña en el Evangelio de hoy, pero que está a la espera de llegar al Cielo, donde está la Iglesia triunfante, participando de la gloria de Dios y de Cristo resucitado.

1. La Iglesia de la tierra. En la primera lectura de este domingo escuchamos cómo se va constituyendo la Iglesia ya en los primeros años. Pablo y Bernabé, como hemos escuchado en la lectura del libro de los Hechos de los apóstoles, van recorriendo las ciudades anunciando la buena noticia del Evangelio. Escuchamos cómo la primera Iglesia era una verdadera comunidad de discípulos, en la que todos se sentían hermanos, que compartían todo, incluso la alegría por la evangelización de nuevos pueblos. Al llegar a una nueva ciudad, Pablo y Bernabé, como los demás discípulos, fundaban una comunidad de cristianos y la estructuraban ya desde el comienzo con presbíteros. La oración era una parte fundamental en las primeras comunidades cristianas, y la fe era el fundamento de éstas. Tenían muy presentes la conciencia de ser enviados, de ser misioneros que se dejaban llevar por Dios que los iba guiando de una ciudad a otra. Cuando se reunían, contaban las maravillas que Dios había hecho por medio de ellos. Así lo hemos escuchado también en el salmo: “que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas”. El testimonio de los cristianos es el mejor modo de evangelizar. Hoy también la Iglesia ha de ser misionera, salir de sí misma, ir a todos los rincones del mundo, para anunciar con alegría la buena noticia del Evangelio. El mejor modo de contagiar a los demás la alegría de la fe es la unión de los cristianos, la oración, el contar con alegría lo que Dios ha hecho con cada uno de nosotros y el ejemplo de una vida de comunión.

2. El mandamiento nuevo del amor. La unidad y la comunión, que es propia de los cristianos, viene del mandamiento que el mismo Cristo nos dejó en el Cenáculo el Jueves Santoy que hemos escuchado hoy en el Evangelio: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Esta es la señal que identifica a los cristianos. No podemos decir que somos cristianos si no vivimos con verdad el mandamiento del amor, por mucho que hagamos prácticas religiosas. De nada sirve participar en los sacramentos y en la piedad popular si no va acompañado de una voluntad de vivir aquello que Cristo nos enseñó y que ÉL mismo vivió con nosotros: el amor hasta dar la vida. El mandamiento que nos da el Señor es nuevo, porque ya no se trata de amar al próximo como nos amamos a nosotros mismos, tal como aparecía en la Antigua Alianza. Cristo nos pide algo más: que amemos a los demás como Cristo nos amó a nosotros. Y Cristo nos amó entregando su vida en la cruz. Por eso hoy, la palabra de Dios nos llama a vivir ese mismo amor de Dios hacia los demás. Esto es lo propio de los cristianos. Si todos los cristianos viviéramos así, la Iglesia sería de verdad misionera, llevaría la buena noticia del Evangelio allá donde hubiese cristianos, no tanto por nuestras palabras, sino sobre todo por el ejemplo de nuestra vida, de un amor auténtico.

3. La Iglesia del Cielo. Pero la Iglesia no vive sólo aquí en la tierra. Como leemos hoy en la segunda lectura del libro del apocalipsis, el primer cielo y la primera tierra pasan, porque Cristo, con su muerte y resurrección, ha abierto un nuevo cielo y una nueva tierra. Así nos cuenta el autor del libro del Apocalipsis cómo será esta nueva Iglesia, como la nueva Jerusalén: arreglada como una novia, donde ya no habrá ni llanto, ni luto ni dolor. Un mundo nuevo que Dios nos ha prometido, y que nosotros anhelamos mientras vivimos todavía en esta tierra. Sabemos bien que, para llegar a la Jerusalén del cielo, a la Iglesia triunfante, al Reino de los cielos, hemos de vivir aquí en la tierra como verdaderos hijos de Dios, miembros de esta Iglesia de la tierra, amándonos unos a otros como Cristo mismo nos amó.

Vivamos con alegría la fiesta de la resurrección que celebramos aquí en la tierra en el sacramento de la Eucaristía. En cada Misa, la Iglesia de la tierra mira a la Iglesia del cielo con esperanza. Esa es nuestra patria definitiva. Hasta que lleguemos allí vivamos aquí en la tierra como Cristo nos enseñó, amándonos de verdad unos a otros. Así seremos la señal de Dios en la tierra y alcanzaremos la ciudad futura. Este amor lo celebramos cada día en la Eucaristía: Cristo se entrega como nosotros. Que al salir hoy de Misa tengamos este firme propósito de amar como él nos amó.

Francisco Javier Colomina Campos

www.betania.es

LA NOVEDAD DEL MANDAMIENTO NUEVO

1.- Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros. Que el principal mandamiento de le Ley era amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a uno mismo era algo conocido y aceptado por todos los judíos. Jesús mismo, como buen judío practicante que era, lo repite así literalmente en los evangelios según san Marcos, san Mateo y san Lucas. Cuando un fariseo le preguntó con ánimo de ponerle a prueba cuál era el principal mandamiento de la Ley, Jesús respondió sin titubear: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y principal mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22, 35). Esto era conocido, como digo, por todos los judíos. ¿Cuál es, pues, la novedad del mandamiento nuevo que el mismo Jesús dice ahora, según san Juan? Es claro: cambiar el “como a ti mismo” por el “como yo os he amado”. Jesús nos dijo en más de una ocasión que él no había venido a cambiar la Ley, sino a perfeccionarla. Esto es exactamente lo que ha hecho ahora Jesús, porque amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos puede ser en muchos casos peligroso y hasta malo, ya que nosotros no nos amamos siempre bien a nosotros mismos. El egoísmo, la pasión, la ignorancia o la ceguera interesada pueden hacer que más de una vez nos amemos a nosotros mismos de mala manera. En cambio, amarnos unos a otros como Jesús nos amó siempre es agradable a Dios. Y, ¿Cómo nos amó Jesús? Pues, en el contexto en el que Jesús dice esta frase, está muy claro: Jesús dice esto a sus discípulos después de lavarles los pies y cuando les está diciendo que su Padre lo va a glorificar, cuando él, Jesús, muera en la cruz y el Padre lo resucite. Por tanto, amarnos unos a otros como Jesús nos amó es amarnos con un amor de absoluta generosidad, estando dispuestos hasta, si fuera necesario, morir por amor al prójimo. Jesús murió en acto de servicio, por amor a todos nosotros, glorificando así a su padre Dios y siendo glorificado por Él.

2.- En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándoles a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios… Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Por lo que leemos en el libro de los Hechos, Pablo y Bernabé siguieron literalmente el ejemplo de Jesús. Trabajaron y sufrieron mucho por amor al prójimo, y Dios, por medio de ellos, abrió a los gentiles la puerta de la fe. Esto es lo que debe hacer siempre la Iglesia de Jesús, esto es lo que debemos hacer cada uno de nosotros, los cristianos: evangelizar, predicar la buena nueva, el evangelio de Jesús, con la palabra y con el ejemplo, haciendo todo en nombre del Maestro, sin buscar nuestra propia gloria, sino la mayor gloria de Dios, haciendo todo con mucho amor y sin regatear esfuerzos. Sentirnos orgullosos no de lo que nosotros hacemos, sino de lo que Dios hace por medio de nosotros.

3.- Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe… Esta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. La esperanza en un cielo nuevo y en una tierra nueva es nuestra gran esperanza. Un lugar donde triunfe el bien y el mal ya no exista. Es, sin duda, ahora una esperanza utópica, porque no se da en ningún lugar conocido, pero debe ser para nosotros una esperanza real, vivificante y transformadora. No nos gusta este mundo en el que vivimos, pero creemos que existe un mundo bueno y mejor, al que Dios nos llevará no por nuestros propios méritos, sino por pura gracia. Pero la esperanza no consiste en una simple creencia utópica, sino que debe ser para nosotros una esperanza que nos dé fuerza y ánimo para vivir caminando constantemente, por amor, hacia un mundo mejor. Precisamente, porque no nos gusta lo que ahora tenemos es por lo que luchamos por algo que aún no tenemos pero deseamos tener. Esto es lo que hizo nuestro Maestro, Cristo, luchar hasta el final, hasta entregar su propia vida, por la conquista de un mundo mejor y más justo. Y lo hizo todo con amor y por amor a los hombres, tal como se lo había mandado su Padre, Dios. Por eso, Dios lo exaltó y lo glorificó sobre el ara de la cruz y desde entonces vive glorioso y resucitado para siempre a la derecha del Padre.

Gabriel González del Estal

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NOS RECONOCERÁN SI NOS AMAMOS UNOS A OTROS

1.- La Buena Noticia es para todos. Lucas sintetiza el mensaje importante que Pablo y Bernabé tienen que decir a las iglesias donde habían evangelizado: "Por muchas tribulaciones..." En el contexto de Hechos significa que cada paso de expansión cristiana ha de hacerse necesariamente a través de persecuciones, misterio divino que se esclarece únicamente a la luz de la muerte de Cristo como origen y meta de la misión cristiana. Otro mensaje es: "Él ha abierto a los gentiles el camino de la fe". En este contexto pone de relieve que el único acceso posible a la salvación de Dios no es la circuncisión, sino la fe. La Iglesia de este tiempo no tiene parroquias, ni clero, ni instituciones, ni libros, sólo la Biblia. El Apóstol debe organizarla de manera que pueda continuar. Harán las reuniones en torno a la cena del Señor. Además de la eucaristía, cada uno participa a los demás sus propios dones espirituales. Lo mismo que las comunidades judías tenían responsables "ancianos" o "presbíteros", así también entre los cristianos se hace la imposición de manos a responsables, "presbíteros", que dirigirán y presidirán la eucaristía. Así entendemos mejor que una misión no alcance su meta si no logra formar comunidades de cristianos adultos, con responsables propios y con la participación activa de sus miembros.

2.- Un mundo nuevo. El Apocalipsis nos dice que cuando ya no exista el viejo mundo, en el que reina el dolor y la muerte, se cumplirá la visión de la nueva tierra y del nuevo cielo. Desaparecerá el mar, esto es, el caos y surgirá una nueva creación. Si confiamos en Dios, que es poderoso para cumplir lo que promete y hace con su promesa nuevas todas las cosas, podemos dar por hecha la tierra nueva y el nuevo cielo. Dios es el Otro, lo verdaderamente Nuevo. Él es el que saca todas las cosas del pasado y las llama hacia sí mismo. Cuantos esperan con esa esperanza son hijos de Dios, pertenecen ya a la ciudad celeste y a la nueva creación. En ellos se manifiesta la nueva vida.

Es la "hora" de Jesús, la de su exaltación en la cruz, la de su gloria y la de la gloria del Padre. Porque es la hora del amor en el momento preciso, en el momento en que va a ser traicionado. Se revelará que Jesús es el Señor y que Dios es amor. Pero esta hora de la glorificación es también la hora de las despedidas. Jesús comprende la pena de sus discípulos y se despide emocionadamente de ellos. Les habla como un padre que va a morir, y hace testamento. El testamento de Jesús, su verdadera herencia, es el mandamiento nuevo: "Que os améis unos a otros como yo os he amado". Jesús confirmó el mandamiento del amor al prójimo, ya conocido en el Antiguo Testamento, lo amplió para que cupiera en él incluso el amor al enemigo y lo destacó entre todos los mandamientos como la plenitud y perfección de la Ley. En este contexto, Jesús entiende el mandamiento del amor como un amor entre hermanos. Quiere que sus discípulos se amen porque él los ha amado y como él los ha amado, hasta la locura. El amor, pues, que Jesús nos deja en herencia ha de ser nuestro distintivo, la señal en la que debemos ser reconocidos como discípulos suyos. Lo que importa es la praxis de la fraternidad. El amor nos hace superar todas las dificultades y nos hace vivir alegres y confiados, como subraya San Agustín:

Por tanto, hermanos, perseguid el amor, el dulce y saludable vinculo de las mentes sin el que el rico es pobre y con el que el pobre es rico. El amor da resistencia en las adversidades y moderación en la prosperidad; es fuerte en las pruebas duras, alegre en las buenas obras; confiado en la tentación, generoso en la hospitalidad; alegre entre los verdaderos hermanos, pacientísimo entre los falsos. (San Agustín, Sermón 350)

José María Martín OS

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EL AMOR NO SE LUCE… CUESTA

Es cierto es que, amar, cuesta. Y sobre todo cuando el amor exige renuncias, constancia, sacrificios e incluso poner en “solfa” el bienestar de algunos en beneficio de muchos. El amor –entonces– no sólo cuesta sino que nos asusta.

1. Perseverar en la fe nos anima a revisar siempre los caminos de nuestro vivir, pensar y actuar.

-Vivir como Cristo no solamente comporta imitar sus gestos: es llevar a cabo en el mundo su misma vida con nuestra propia vida.

-Pensar como Cristo no implica el defender a toda costa su pensamiento sino, entre otras cosas, condicionar todo lo que tocamos y regimos con la máxima del Evangelio.

-Actuar como Cristo no solamente es un “postureo” sino, entre otras cosas, nos lleva a ser impopulares y tenaces por defender otro modelo de vida que el que llevamos.

2.- La Iglesia, una y otra vez, está siendo sometida a un constante examen ¿Es fiel al Señor? ¿Es reflejo del Evangelio? Si San Pablo apareciese entre nosotros nos recordaría de nuevo aquello que, en la primera lectura, acabamos de escuchar: “hay que pasar mucho”. “El que algo quiere algo le cuesta” (dice un viejo refrán). La vida cristiana, tesoro escondido y perla preciosa para millones de personas, ha de tener una consecuencia: el testimonio vivo y convencido de lo que somos. El amor, como distintivo o la confianza en Dios, como seguridad, ha de ser uno de los pilares fundamentales sobre los que se sostiene nuestro edificio cristiano.

3. ¿Hay que pasar mucho? Tampoco es cuestión de exagerar. Nos cuesta ser signo de contradicción. Si comparásemos un poco la situación un tanto light en la que vivimos muchos católicos con aquella otra, radical y nítida, de los primeros cristianos, comprenderíamos que no es tanto lo que estamos sufriendo por nuestra fe (por lo menos en la mayoría de los países). La Iglesia, desde el mismo momento de su nacimiento, ha estado y lo sigue estando, sujeta a una constante purificación (y eso es bueno). Siglos después, con tantos acontecimientos y contradicciones, con luchas y pesares, con persecuciones o aplausos, seguimos apostando por Aquel en el que están puestas nuestras esperanzas y por el que, muchos de nosotros, ponemos la cara: Cristo.

¿Hay que pasar mucho? ¡Lo suficiente y justo! Defendiendo, sin temor ni temblor, nuestros ideales cristianos. Ofreciendo buenas obras y desparramando lo mejor de nosotros mismos, aún a riesgo de ser tildados de débiles o necios.

5.- En este Año de la Misericordia, a punto de canonizarse Madre Teresa de Calcuta, pero teniendo como telón de fondo las 14 obras de misericordia (corporales y espirituales) podríamos preguntarnos si de verdad el amor que ofrecemos, damos, regalamos y brindamos lo lucimos o, al contrario, nos cuesta y a veces hasta nos duele.

¡Feliz Pascua de Resurrección! ¡Seguimos celebrando la Vida que Cristo nos da por su muerte en la cruz y en su resurrección gloriosa!

 

Javier Leoz