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 Alégrate, el Señor está contigo

 

Sábado, 23 de marzo de 2019

Segunda Semana de Cuaresma

Santoral:

San Policarpo

¿Qué frutos, Señor?

Me pides confianza y, por lo que sea,

prefiero mirar hacia atrás

que saborear y soñar con lo que en Ti me espera.

Deseas el fruto de mi constancia y, a la menor,

me dejo enredar por los hilos de la pereza,

la tibieza o las dudas, la fragilidad o la torpeza.

Sueñas con un futuro bueno para mí,

y me encuentras soñando con otras cosas

con otras instancias que no son las tuyas,

con una tierra muy distinta a la que Tú me ofreces.

Estoy en la higuera, pero la higuera de mi vida,

no siempre fructifica en lo santo, noble y bueno.

Miras a las ramas de mis días

y, lejos de comprobar cómo despuntan sus yemas,

me limito a vivir bajo mínimos,

a dar aquello que me conviene y no me molesta,

a fructificar, poco o nada, si no es beneficio propio.

¿Qué  frutos, darte, Señor?

Mira mi miseria,

y dejándome arrastrar por tu riqueza

ojala recojas de mí aquello que a tu Reino convenga.

Acoge mi buena voluntad,

y lejos de echarme en brazos de la vanidad

descubra que, sólo Tú y siempre Tú,

eres la causa de lo bueno que brota en mí.

Perdona mi débil cosecha,

y, sigue sembrando Señor, para que tal vez mañana

puedas despertar, descubriendo en mí,

aquello que, hoy, brilla por su ausencia:

frutos de verdad y de amor,

de generosidad y de alegría,

de fe y de esperanza,

de confianza y de futuro,

de vida y de verdad.

Y no te canses, Señor, de visitar tu viña,

tal vez hoy, puede que no,

pero mañana, con tu ayuda y  mi esfuerzo,

brotará con todo su esplendor,

la higuera de mi vida.

Amén.

P. Javier Leoz

 

 

  

Lecturas del día siguiente

 

LECTURAS DEL DOMINGO 24 DE MARZO DE 2019

DOMINGO IIIº DE CUARESMA

«Yo soy» me envió a ustedes

Lectura del libro del Éxodo

3, 1-8a. 10. 13-15

Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. Allí se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza.

Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: «Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?»

Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: «¡Moisés, Moisés!». «Aquí estoy», respondió él. Entonces Dios le dijo: «No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa». Luego siguió diciendo: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob».

Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios.

El Señor dijo: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. Ahora ve, Yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas».

Moisés dijo a Dios: «Si me presento ante los israelitas y les digo que el Dios de sus padres me envió a ellos, me preguntarán cuál es su nombre. Y entonces, ¿qué les responderé?»

Dios dijo a Moisés: «Yo soy el que soy». Luego añadió: «Tú hablarás así a los israelitas: "Yo soy" me envió a ustedes». Y continuó diciendo a Moisés: «Tu hablarás así a los israelitas: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es el que me envía. Este es mi nombre para siempre, y así será invocado en todos los tiempos futuros».

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                       102, 1-4. 6-8.11

R.    El Señor es bondadoso y compasivo.

Bendice al Señor, alma mía,

que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;

bendice al Señor, alma mía,

y nunca olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas

y sana todas tus dolencias;

rescata tu vida del sepulcro,

te corona de amor y de ternura. R.

El Señor hace obras de justicia

y otorga el derecho a los oprimidos;

Él mostró sus caminos a Moisés

y sus proezas al pueblo de Israel. R.

El Señor es bondadoso y compasivo,

lento para enojarse y de gran misericordia;

cuanto se alza el cielo sobre la tierra,

así de inmenso es su amor por los que lo temen. R.

La vida del pueblo con Moisés en el desierto

fue escrita para que nos sirviera de lección

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo

a los cristianos de Corinto

10, 1-6. 10-12

Hermanos:

No deben ignorar que todos nuestros padres fueron guiados por la nube y todos atravesaron el mar; y para todos, la marcha bajo la nube y el paso del mar, fue un bautismo que los unió a Moisés. También todos comieron la misma comida y bebieron la misma bebida espiritual. En efecto, bebían el agua de una roca espiritual que los acompañaba, y esa roca era Cristo. A pesar de esto, muy pocos de ellos fueron agradables a Dios, porque sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

Todo esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro, a fin de que no nos dejemos arrastrar por los malos deseos, como lo hicieron nuestros padres.

No nos rebelemos contra Dios, como algunos de ellos, por lo cual murieron víctimas del Ángel exterminador.

Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!

Palabra de Dios.

EVANGELIO

Si no se convierten, todos acabarán de la misma manera

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

13, 1-9

En cierta ocasión se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió:

«¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera».

Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: "Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?"

Pero él respondió: "Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás"».

Palabra del Señor.

Reflexión

CONVERSIÓN HACIA LA PASCUA

La liturgia de la palabra de Dios de este tercer domingo de Cuaresma nos sitúa en clave de conversión. Es lo propio en este camino hacia la Pascua. Dios nos urge hoy a convertirnos a Él, pues Él es nuestro salvador, nuestro liberador. Dios revela hoy su nombre: “Soy el que soy”, un Dios salvador, compasivo y lleno de misericordia.

1. Dios elige a Moisés y le revela su nombre. En la primera lectura de hoy escuchamos cómo Dios ha visto la opresión de su pueblo en Egipto, y decide llamar a Moisés para liberarlo. Por medio de una zarza que arde sin consumirse, Dios llama la atención de Moisés. Éste se sorprende ante este espectáculo admirable, y la curiosidad le lleva a acercarse a la zarza ardiente. Es ahí donde Dios le llama “Moisés, Moisés”. La respuesta de Moisés es de disponibilidad: “Aquí estoy”. Dios le hace ver que está ante su presencia, que la tierra que pisa es sagrada, pues ahí mismo Moisés se encuentra con la presencia de Dios. Dios se presenta a Moisés como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el dios de sus antepasados, y le expone cuál es la misión para la que le ha llamado: ser el liberador de su pueblo de la esclavitud de Egipto. Pero Moisés ofrece resistencia ante esta llamada: ¿Qué les digo a los israelitas cuando me preguntes cómo se llama este Dios que me envía? Y Dios revela su nombre: “Soy el que soy”. Dios es el que existe, el que es, el que está presente. Dios es el Dios cercano a su pueblo, el Dios que se preocupa por el sufrimiento de los suyos. En el salmo de hoy encontramos otra definición de Dios: el que es compasivo y misericordioso. Dios no se queda tranquilo ante el sufrimiento de su pueblo, por eso decide intervenir y liberarlos por medio de Moisés, que es enviado como liberador. Él sacará al pueblo de la esclavitud y lo guiará por medio del desierto hasta llegar a la tierra prometida. Este es un texto fundamental en la fe de Israel.

2. Moisés es figura de Cristo. Nosotros, los cristianos, vemos en Moisés la figura de Cristo, nuestro salvador. San Pablo, en la segunda lectura de hoy, recuerda a los corintios de Corinto que lo que sucedió durante el éxodo fue una figura de Cristo, que mientras que Moisés guiaba al pueblo por el desierto, era Cristo quien les daba de beber. La fuente espiritual de la que bebieron los israelitas en su peregrinar por el desierto era el mismo Cristo. Él es en quien somos bautizados, como recordaremos al final de la Cuaresma en la noche de la Vigilia Pascual. Esa fuente viva es Cristo, y nosotros participamos de Él por medio del Bautismo. Pero Pablo recuerda en su carta que los que salieron de Egipto con Moisés no creyeron, no agradaron a Dios por su arrogancia, por su desconfianza de Dios, por eso perecieron durante el camino por el desierto. Así, san Pablo nos anima a no codiciar el mal, a no dar la espalda a Dios, a no ser arrogantes ante Él. San Pablo nos llama hoy a la conversión, a volver a Dios. Él es nuestro libertador, él es quien nos guía por el desierto de nuestra vida. En Él hemos de poner nuestra confianza y nuestra seguridad.

3. La paciencia de Dios. Jesús, en el Evangelio, nos apremia a la conversión. No podemos alargar más en el tiempo nuestra conversión y nuestra vuelta a Dios. Jesús nos lo explica con la parábola de la higuera. Dios es aquel señor que desea cortar la higuera que no da fruto. Pero el viñador, figura de Cristo, interviene ante aquel hombre para pedirle que tenga paciencia, que no corte todavía la viña, que espere un año para ver si da fruto. El viñador se compromete a cuidar la viña y a abonarla, en espera que finalmente dé furto. Nos recuerda Jesús con esta parábola que Dios tiene paciencia con nosotros, que es paciente y espera que demos fruto. Pero también nos apremia para que no retrasemos durante más tiempo nuestra conversión. El fruto de nuestras buenas obras, que comienza por la conversión y por dejar atrás lo que es malo y lo que no agrada a Dios, es lo que Él espera de nosotros. No retrasemos más nuestra conversión. Dios aguarda paciente a que volvamos a Él.

En este tercer domingo recordamos que la cuaresma es tiempo de conversión, y que la conversión no podemos retrasarla más en el tiempo. Dios nos salva a través de Cristo, nos saca de la esclavitud de nuestras malas acciones, pero nosotros hemos de corresponder a esa salvación. Dejemos atrás lo que desagrada a Dios, comencemos ya desde hoy a vivir las buenas obras que Dios espera, y con su gracia avancemos por el camino de la conversión en esta Cuaresma.

Francisco Javier Corominas Campos

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EL SEÑOR ES COMPASIVO Y MISERICORDIOSO

1.- "Dios sólo puede permitir el mal para conseguir un bien mejor". El comienzo de este domingo nos resulta realmente duro: "si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera". Esta frase desconcertante, al igual que la parábola de la higuera, nos hace ver la urgencia de la conversión. Dios nos ofrece la posibilidad de la conversión y tiene paciencia con nosotros. En ningún momento se deben interpretar estos textos como una amenaza de Dios. Quizá cuando nos ocurre algún mal pensamos en qué hemos ofendido a Dios. Es un error pensar así, pues Él no es vengativo ni sádico, sino "compasivo y misericordioso". Dios ni quiere el mal ni lo provoca, pero lo permite. Es un misterio que como tal no se puede explicar del todo, pero hay algo de lo que estamos seguros: Dios está a favor del hombre y si permite el mal es para salvaguardar nuestra libertad. Jesús luchó contra el mal y, por ende, cura a los enfermos, perdona a los pecadores, resucita a los muertos. A veces se escuchan frases como "Dios aprieta, pero no ahoga"; craso error es hablar así, pues no es El quien provoca el mal. Es más, incluso nos ayuda a luchar contra el mal. Por eso, hemos podido asumir ciertas circunstancias de nuestra vida, ante las cuales pensábamos que no íbamos a tener fuerzas. Con San Agustín podemos decir que "Dios sólo puede permitir el mal para conseguir un bien mejor". Cada uno de nosotros podría contar cómo en su vida esto se ha hecho realidad.

3.- Dios no soporta el mal del mundo, el mal moral consecuencia del pecado, y por eso nos hace hoy esta seria advertencia. No echemos la culpa a Dios de aquello de lo que nosotros somos responsables. En cierta ocasión un hombre, indignado tras contemplar a una niña hambrienta y aterida de frío tendida en la calle, acusaba a Dios de no hacer nada para remediar este dolor. En ese momento se oyó la voz de Dios que le respondió: "Claro que he hecho algo, te he hecho a ti...". Dios no tiene manos, pero cuenta con nuestras manos, no tiene labios, pero cuenta con nuestros labios. Somos nosotros los que debemos luchar contra el mal, como hizo Jesús. Vencer el mal es ponerlo al servicio del bien. Incluso podemos hacer buen uso de aquello doloroso que nos ocurre, pues ello puede ayudarnos a encauzar nuestra vida y a no dormirnos en los laureles, como nos dice Pablo en la primera carta a los Corintios: "el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga". En la lectura del Éxodo se muestra claramente la sensibilidad de Dios ante el pueblo que sufre.

3.- Dios no deja de darnos oportunidades. Cuando nos equivocamos de camino nos ofrece siempre la posibilidad de volver. Es más, cuida de nosotros y nos proporciona personas, como el viñador de la parábola, que nos ayudan a dar fruto. Son los mediadores de Dios… Todos hemos recibido en alguna ocasión la ayuda de una persona que Dios ha puesto en nuestro camino. Por otra parte, esta parábola es una llamada a la paciencia y a la vigilancia. ¿Damos a Dios los frutos que esperaba de nosotros? ¿Si nos llamara ahora mismo a su presencia tendríamos las manos llenas de buenas obras o, por el contrario, vacías? ¿Tenemos buen corazón, como el de aquel viñador que "intercede" ante el amo para que no corte el árbol? ¿Nos interesamos por la salvación de los demás, con nuestra oración y con nuestro trabajo evangelizador? ¿Somos como Jesús, que no vino a condenar, sino a salvar? Con nosotros mismos, tenemos que ser exigentes: debemos dar fruto. Con los demás, debemos ser tolerantes y echarles una mano, ayudándoles en la orientación de su vida. La paciencia de Dios contrasta con nuestra impaciencia. Queremos ver pronto los resultados, que todo se arregle en un instante, que se acabe de golpe con el mal. Y la vida no es así: se crece lentamente, se madura lentamente, no siempre se da el fruto deseado. Hay que saber, por tanto, adoptar una actitud de espera activa y positiva, como la de aquel viñador que dio un plazo más a la higuera y dejó abierta la puerta a la esperanza de una cosecha abundante.

José María Martín OSA

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PECADO MORAL Y CASTIGO FÍSICO

1.- Aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. A lo largo de las páginas del Antiguo Testamento es fácil comprobar que el pueblo hebreo creía que el mal físico era consecuencia del pecado moral. Cuando el pueblo se portaba bien moralmente, Dios le premiaba con salud, riqueza y victorias sobre los enemigos extranjeros; cuando el pueblo se portaba moralmente mal, Dios les castigaba con sufrimientos, pobreza y derrota frente a los enemigos. Por eso, en tiempos de Jesús, la gente pensó que la muerte de los que murieron aplastados por la torre de Siloé eran más pecadores que los demás. Jesús aprovecha esta opinión de la gente para convencerles de la necesidad que todos tienen de conversión: todos, les dice, sois pecadores y en consecuencia todos necesitáis conversión, porque si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Es cierto que en este texto evangélico se une, de alguna manera, castigo físico con pecado moral. No se dice que la causa de la muerte de los que murieron aplastados por la torre de Siloé fuera por ser peores que los demás, pero sí se dice que todos necesitamos conversión, si no queremos perecer. Nosotros, en este siglo XXI, no creemos que el mal físico sea siempre consecuencia de un pecado moral; la enfermedad y las desgracias, en general, afectan igualmente a buenos y malos. Pero sí creemos que los pecados del hombre son, muchas veces, causa directa de múltiples males físicos: enfermedades, desigualdad social, violencias, guerras, etc. Lo que no podemos creer es que Dios sea el causante de nuestros males físicos: el cáncer puede afectar igualmente a un santo, como a un pecador. Dios quiere siempre nuestro bien y quiere que nosotros luchemos siempre contra el mal: contra el mal físico y contra el mal moral. Dios quiere que nos convirtamos y que, por nuestra conversión, atraigamos sobre nosotros su gracia y su bondad. Este puede ser el mensaje de este texto evangélico, en este tiempo de cuaresma: la necesidad de conversión para reconciliarnos con Dios.

2.- Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas. ¡La paciencia de Dios! Dios siempre espera nuestra conversión; nos cuida y nos abona con su gracia, para que podamos dar frutos de buenas obras. Somos viña de Dios y Dios espera de nosotros buenos frutos. La cuaresma es tiempo de preparación para la Pascua; en este tiempo debemos cuidar nuestra viña, la viña que Dios nos ha dado, limpiándola de las malas hierbas de nuestros vicios y malas tendencias, y abonando con nuestros ayunos, nuestra oración y nuestras limosnas, la cepa de nuestra alma. Sin la poda del invierno y las lluvias de la primavera la cepa no podrá dar fruto en verano.

3.- He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, me he fijado en sus sufrimientos, voy a librarlos de los egipcios, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa. Un alma dominada por sus malas pasiones es una alma esclava, sólo la gracia de Dios puede librarla de su esclavitud. Nuestro Dios, el que siempre “es”, es un Dios bueno y compasivo, que nos envió a su Hijo, como nuevo Moisés, para librarnos de la esclavitud de nuestros pecados. Dejémonos conducir por Jesús, el enviado de Dios, hacia una tierra nueva y hacia un cielo nuevo, donde ya no haya ni esclavitud, ni pecado. Guiados por Jesús, nuestro nuevo Moisés, caminemos a través del desierto de la cuaresma, hacia la tierra nueva de la Pascua.

4.. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo hicieron aquellos. San Pablo se refiere a todos aquellos israelitas que, caminando hacia la tierra prometida, murieron en el desierto, por no agradar a Dios. San Pablo les dice ahora a los primeros cristianos de Corinto que “aquello fue escrito para nuestro escarmiento”, para que sepamos que si nosotros no aprovechamos la gracia que Dios nos ha dado por medio de su Hijo, también podremos correr la misma suerte. Cristo vino para salvarnos, pero si nosotros codiciamos el mal, también nosotros caeremos. “Por lo tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado!, no caiga”.

Gabriel González del Estal

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POR OPORTUNIDADES, QUE NO QUEDE

Las tres lecturas que vamos a escuchar cobran muchísima fuerza. nos sirven para iluminar este domingo donde, a las claras, contemplamos el rostro de un Dios que es cercano, afable, paciente y misericordioso

1.- Condujo en diversas circunstancias, con patriarcas y profetas, a un pueblo al que amaba con locura y, ahora con Cristo, de nuevo sale a nuestro paso para infundirnos valor. Espera nuestro retorno, aunque constantemente hagamos ademán de vivir sin Él.

En multitud de ocasiones, como aquel pueblo dirigido por Moisés también corremos el peligro de mirar hacia atrás. De pensar que, lo que abandonamos, es mejor que aquello que nos aguarda en la Tierra Prometida. ¿Es así o no? ¿O acaso no pensamos que, en algunos momentos, es mucho lo que situamos a un lado por seguir a Jesús? ¿Es pérdida o ganancia creer en El? ¿O es que, en algunos instantes, no dudamos si Dios está al frente de nosotros o que caminamos huérfanos y sin rumbo?

2.- Cuando nos asomamos a la ventana de tantos desastres humanitarios o terrestres y podemos concluir que, Dios, parece haberse desentendido del mundo. ¿Es así? Por supuesto que no. Dios sufre con el pueblo que sufre; Dios tiembla, con el pueblo que tiembla; Dios llora, con el pueblo que llora. Y, además, en esos avatares de destrucción, le inyecta valor y fe para superar aquellas realidades difíciles que surgen en contra de la felicidad del propio hombre. El pueblo de Israel las padeció (y contó con el auxilio de Dios) y nosotros, como pueblo de la Nueva Alianza, seguimos soportando diversas encrucijadas y el Señor no deja de alentarnos para que, nuestro existir, tenga una cabeza, una fuerza que nos impulse avanzar: nuestra confianza en EL. Las situaciones que nos aquejan preocupan o escandalizan (por ejemplo los que viven sin cruz pero se burlan de ella, los que no frecuentan la eucaristía pero no dudan en deslizarse en un templo con su pecho descubierto o los que no rezan pero son capaces de mancillar el padrenuestro lejos de acobardarnos nos ha de instruir en una dirección: ser pacientes, fuertes y sabedores de que el Señor siempre saca, hasta del estiércol, cosas buenas.

3.- En el miércoles de ceniza, el Señor, nos invitó a la conversión. Nos recordó que éramos su viña. Pueblo de su propiedad. Nación consagrada. Y que, esa viña (con higuera incluida) ese pueblo o nación, han de ser cuidados con la oración, la penitencia o la caridad. ¿Cómo van esos propósitos? ¿Hemos avanzado en algo? ¿Hemos salido del vacío para llenar nuestra vida de contenido? ¿Hemos socorrido alguna necesidad material o espiritual? ¿Nos hemos alejado de algunos aspectos extremadamente opulentos, artificiales o superficiales? ¿Somos conscientes de la variedad de oportunidades que Dios nos da para realizarnos?

La cuaresma avanza y los frutos han de aflorar por las miradas de nuestros ojos (¿son para Dios?). Por las yemas de nuestros dedos (¿Buscan el bien de los demás?) Por la sinceridad de nuestras palabras (¿Buscan y propagan la verdad?).

4.- Dios sigue esperando, y mucho, de nosotros. No siempre saldrán las cosas como nosotros pensamos y como Dios merece. Pero la realidad es esa: Dios nos quiere optimistas y no derrotistas y en el camino de la fe. Aún en medio de dudas y de complicaciones, de pruebas y de sufrimientos no sólo espera de nosotros mucho sino que, además, se compromete para que como propietario de la viña de la que formamos parte, sigamos sembrando ilusiones y esperanzas, el evangelio y sus mandamientos allá donde estemos presentes.

No podemos quedarnos de brazos cruzados. El riesgo de muchos de nosotros, de los que nos decimos cristianos, es que nos conformemos con ser simples ramas de un frondoso árbol. Es decir; que cobijados o justificados bajo el paraguas de un Dios tremendamente bueno, renunciemos a mostrar la mejor cara de nuestra vida cristiana. A ser pregoneros de su presencia en un mundo que le margina. A ser defensores de los valores del Evangelio en una atmósfera colapsada por tantas palabras mediocres, baratas e insensatas. En definitiva: no nos limitemos a llevar una vida cristiana en tono menor.

 

Javier Leoz


Liturgia - Lecturas del día


Sábado, 23 de marzo de 2019

Tú arrojarás en lo más profundo del mar

todos nuestros pecados

Lectura de la profecía de Miqueas

7, 14-15. 18-20

Apacienta con tu cayado a tu pueblo,

al rebaño de tu herencia,

al que vive solitario en un bosque,

en medio de un vergel.

¡Que sean apacentados en Basán y en Galaad,

como en los tiempos antiguos!

Como en los días en que salías de Egipto,

muéstranos tus maravillas.

¿Qué dios es como Tú, que perdonas la falta

y pasas por alto la rebeldía del resto de tu herencia?

Él no mantiene su ira para siempre,

porque ama la fidelidad.

Él volverá a compadecerse de nosotros

y pisoteará nuestras faltas.

Tú arrojarás en lo más profundo del mar

todos nuestros pecados.

Manifestarás tu lealtad a Jacob

y tu fidelidad a Abraham,

como lo juraste a nuestros padres

desde los tiempos remotos.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                     102, 1-4. 9-12

R.    El Señor es bondadoso y compasivo.

Bendice al Señor, alma mía,

que todo mi ser bendiga a su santo Nombre;

bendice al Señor, alma mía,

y nunca olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas

y sana todas tus dolencias;

rescata tu vida del sepulcro,

te corona de amor y de ternura. R.

No acusa de manera inapelable

ni guarda rencor eternamente;

no nos trata según nuestros pecados

ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.

Cuanto se alza el cielo sobre la tierra,

así de inmenso es su amor por los que le temen;

cuanto dista el oriente del occidente,

así aparta de nosotros nuestros pecados. R.

EVANGELIO

Tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Lucas

15, 1-3. 11b-32

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte de herencia que me corresponde".Y el padre les repartió sus bienes.

Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida licenciosa.

Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba.

Entonces recapacitó y dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros".

Entonces partió y volvió a la casa de su padre.

Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.

El joven le dijo: "Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo".

Pero el padre dijo a sus servidores: "Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado". Y comenzó la fiesta.

El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso.

Él le respondió: "Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo.

Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: "Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!"

Pero el padre le dijo: "Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado ».

Palabra del Señor.

Reflexión

Miq. 7, 14-15. 18-20. Miqueas, desanimado por no encontrar un hombre justo y ver que el corazón de todos se ha manchado con la maldad, vivirá en carne propia el lamento del Señor: Yo se que el corazón del hombre se inclina al mal desde su adolescencia. Sin embargo el profeta pide a Dios que se compadezca de los suyos y vele por ellos como lo hace el pastor por su rebaño. S.S. Juan Pablo II, de feliz memoria nos hacía reflexionar cuando diciéndonos: Pareciera que se nos ha perdido una oveja, pero al contemplar a quienes se nos han confiado nos damos cuenta que se nos ha perdido, no una, sino una buena parte del rebaño.

Pareciera que, en la súplica de Miqueas, encontráramos refugio para claudicar de la misión que Dios nos ha confiado y esperar que sea el Señor el que salga a buscar la oveja perdida y a hacerla retornar a la comunión con las que no se han descarriado. Sin embargo, es misión de la Iglesia el manifestar la compasión, la bondad, la preocupación, la misericordia de Dios por los pecadores.

A nosotros corresponde salir a buscar y a quienes han dado marcha atrás en su fe y en el amor a Dios y al prójimo.

No podemos vivir con los brazos caídos ante el gran reto que el Señor nos ha confiado de llamar a todos a la conversión. Tal vez nosotros seamos los primeros que necesitemos convertirnos de nuestras flojeras, de nuestros miedos, de nuestro estar instalados cómodamente en una fe intranscendente. Dios es misericordioso; Dios quiere que, dejando nuestros caminos de maldad, destrucción y muerte, gocemos de la paz fraterna y nos esforcemos por construir un mundo más justo y más humano. A quienes creemos en Él corresponde dar vida a esa misión del Señor confiada a su Iglesia.

Sal. 103 (102). Se nos recuerda que nuestro Dios es pura misericordia para con nosotros, sus hijos. Por eso lo alabamos y no olvidamos sus beneficios.

Sin embargo esto no puede hacernos vivir en una falsa confianza en la misericordia divina. Tan pronto como puedas, vuelve al Señor, no lo difieras de un día para otro. No sea que algún día sea demasiado tarde y en lugar de misericordia te encuentres atrapado por la maldad y la muerte.

Lc. 15, 1-3. 11-32. Entendamos el Evangelio de este día escuchando un poco a Isaías en su capítulo 53, 3-4: Fue despreciado y rechazado por los hombres, abrumado de dolores y habituado al sufrimiento; como alguien a quien no se quiere mirar, lo despreciamos y lo estimamos en nada. Sin embargo, él llevaba nuestros sufrimientos, soportaba nuestros dolores. Nosotros lo creíamos castigado, herido por Dios y humillado, pero eran nuestras rebeldías las que lo traspasaban, y nuestras culpas las que lo trituraban. Escuchemos a san Pablo en 2Cor 5, 21: A quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que, gracias a él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios. En Cristo, la humanidad pecadora y rebelde, vuelve a la casa paterna. El Hijo de Dios vino a caminar con nosotros. No sólo nos dio razón del camino; Él va delante y nos dice: Nadie va al Padre, si no es por mí.

No importa que nuestra vida se haya manchado demasiado a causa del pecado. La salvación, que para muchos parece imposible, para Dios es posible, pues nada hay imposible para Dios. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

Ante la invitación que Dios nos hace para que todos participemos de su vida, nadie tiene derecho a cerrarle a alguien la puerta para evitarle la participación de esa Vida Divina. Si Dios es el que salva ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? ¿Quién será el que condene, si Cristo Jesús ha muerto, más aún, ha resucitado y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros?

Ante este amor misericordioso que el Señor nos sigue manifestando desde el cielo llamándonos a la conversión, para que algún día estemos con Él en el banquete eterno, ¿Podremos separar a alguien del amor de Cristo y decir que es un maldito y un condenado? ¿No será más bien que debemos convertirnos en signo del amor misericordioso de Dios para nuestros hermanos que han fallado?

La Iglesia, nacida para evangelizar, debe, constantemente llamar a todos a la conversión, no dedicarse a condenar a quienes han fallado. Nuestro gozo, nuestra alegría será grande cuando veamos que los pecadores van dejando sus caminos de maldad y, retornando a la comunión con la Iglesia, se convierten en signos del amor misericordioso del Señor para todos. Entonces entenderemos el cántico que la Iglesia proclama desde María, miembro excelso de la misma Iglesia: Porque el poderoso ha hecho obras grandes por mí; su Nombre es santo y su misericordia llega a sus fieles, de generación en generación.

Hoy nos reunimos juntos como hermanos, sin odios ni divisiones, en torno a nuestro Padre Dios, unidos es un mismo Espíritu, para celebrar el memorial del misterio Pascual de Jesús.

La Eucaristía es la Mesa servida para quienes han retornado a la casa paterna.

Es cierto que el Padre Dios se ha abalanzado sobre nosotros y nos ha abrazado y cubierto de besos. Sin embargo el Evangelio nos dice que en seguida el hijo confiesa su culpa ante su Padre, y este ordena que se le revista con la túnica más rica, que se le ponga un anillo en el dedo y sandalias en los pies.

Dios nos ama y nos recibe con Él gracias a su gran misericordia. Sin embargo hay que aprender que la conversión, el retorno debe llevarnos no sólo a reconocer que hemos pecado y a arrepentirnos de haber vivido lejos del Señor; hay que aprender a arrodillarse ante Él y confesar los pecados para que sean perdonados. Entonces los criados de la casa nos revestirán con la túnica más preciada: seremos revestidos de Cristo y en Él volveremos a vivir como hijos de Dios (simbolizado en el anillo que se pone en el dedo del hijo que ha retornado).

Pero algo más: Sandalias en los pies. Hay que caminar como testigos. No sólo venimos hoy a disfrutar del banquete festivo por encontrarnos con Dios y con la comunidad de creyentes. Hay que partir para dar testimonio de nuestra fe y de lo misericordioso que ha sido Dios para con nosotros.

¿Por qué la Iglesia busca y acoge a los pecadores, a las prostitutas, a los desequilibrados, a los ladrones, a los drogadictos, a los delincuentes y a mucha gente de mal vivir? Ojalá y así sea, pues, al igual que su Señor, la Iglesia siente como suyo el compromiso de hacer que la salvación llegue a quienes viven como ovejas sin pastor.

La Iglesia recuerda que no son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos; y que no hemos recibido el mandato de congregar a los justos, sino a los pecadores.

No es signo de Cristo quien sólo vive y convive con quienes se llaman gente de iglesia, porque tienen un compromiso fuerte en la misión de la misma. Ciertamente uno se siente muy a gusto trabajando con ellos y para ellos. Sin embargo hay que abrir las puertas, no sólo para que entren quienes están fuera, sino para que salgamos nosotros a su encuentro. No podemos esperarlos sentados detrás de un escritorio. Hay que llegar hasta donde tengamos que encontrarlos para invitarlos a una vida renovada en Cristo.

Así como seríamos capaces de meter la mano en el estiércol para rescatar una piedra preciosa que ahí se nos hubiese caído, así hemos de meter la mano hasta el fondo de la maldad en que ha caído nuestro prójimo para tenderle la mano y, en Nombre de Cristo levantarlo, afianzar sus pies sobre roca firme y consolidar sus pasos.

Pensar que somos fieles a la Iglesia de Cristo porque vivimos encerrados en la oración y unidos a los pastores del pueblo de Dios respaldándolos en aquello que emprenden al interior de grupos cerrados de evangelización, pero no somos capaces, como Cristo, de empolvarnos los pies y cargar con las miserias de nuestros hermanos para ayudarles a vivir y disfrutar también la salvación, es engañarnos a nosotros mismos.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de proclamar las maravillas del amor misericordioso de Dios para con todos. El Señor quiere hacer obras grandes por nosotros. No nos quedemos en vana palabrería, seamos personas de una fe sólida que, al igual que Cristo, nos haga ser los primeros en vivir aquello que proclamamos con los labios, no sea que al final nos quedemos fuera, como el hijo mayor que no quiso reconocer a su hermano y alegrarse por su retorno. Sentados a la mesa festiva del Reino sepamos reconocer que el amor de Dios no es herencia de unos cuantos, sino que es para todos los que el Señor llame, aunque estén lejos. Amén.

Homiliacatolica.com

  Lecturas del día anterior

Viernes, 22 de marzo de 2019

 

Ahí viene ese soñador. ¿Porqué no lo matamos?

Lectura del libro del Génesis

37, 3-4. 12-13a. 17b-28

Israel amaba a José más que a ningún otro de sus hijos, porque era el hijo de su vejez, y le mandó hacer una túnica de mangas largas. Pero sus hermanos, al ver que lo amaba más que a ellos, le tomaron tal odio que ni siquiera podían dirigirle el saludo.

Un día, sus hermanos habían ido hasta Siquém para apacentar el rebaño de su padre. Entonces Israel dijo a José: «Tus hermanos están con el rebaño en Siquém. Quiero que vayas a verlos».

José fue entonces en busca de sus hermanos, y los encontró en Dotán.

Ellos lo divisaron desde lejos, y antes que se acercara, ya se habían confabulado para darle muerte. «Ahí viene ese soñador», se dijeron unos a otros. «¿Por qué no lo matamos y lo arrojamos en una de esas cisternas? Después diremos que lo devoró una fiera. ¡Veremos entonces en qué terminan sus sueños!»

Pero Rubén, al oír esto, trató de salvarlo diciendo: «No atentaremos contra su vida». Y agregó: «No derramen sangre. Arrójenlo en esa cisterna que está allá afuera, en el desierto, pero no pongan sus manos sobre él». En realidad, su intención era librarlo de sus manos y devolverlo a su padre sano y salvo.

Apenas José llegó al lugar donde estaban sus hermanos, éstos lo despojaron de su túnica -la túnica de mangas largas que llevaba puesta-, lo tomaron y lo arrojaron a la cisterna, que estaba completamente vacía. Luego se sentaron a comer.

De pronto, alzaron la vista y divisaron una caravana de ismaelitas que venían de Galaad, transportando en sus camellos una carga de goma tragacanto, bálsamo y mirra, que llevaban a Egipto.

Entonces Judá dijo a sus hermanos: «¿Qué ganamos asesinando a nuestro hermano y ocultando su sangre? En lugar de atentar contra su vida, vendámoslo a los ismaelitas, porque él es nuestro hermano, nuestra propia carne». Y sus hermanos estuvieron de acuerdo.

Pero mientras tanto, unos negociantes madianitas pasaron por allí y retiraron a José de la cisterna. Luego lo vendieron a los ismaelitas por veinte monedas de plata, y José fue llevado a Egipto.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                    104, 16-21

R.    ¡Recuerden las maravillas que hizo el Señor!

Él provocó una gran sequía en el país

y agotó todas las provisiones.

Pero antes envió a un hombre,

a José, que fue vendido como esclavo. R.

Le ataron los pies con grillos

y el hierro oprimió su garganta,

hasta que se cumplió lo que él predijo,

y la palabra del Señor lo acreditó. R.

El rey ordenó que lo soltaran,

el soberano de pueblos lo puso en libertad;

lo nombró señor de su palacio

y administrador de todos sus bienes. R.

EVANGELIO

Éste es el heredero: vamos a matarlo

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

21, 33-46

Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo". Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Éste es el heredero: vamos a matarlo para quedamos con su herencia". Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron.

Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?»

Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo».

Jesús agregó:

«¿No han leído nunca en las Escrituras:

"La piedra que los constructores rechazaron

ha llegado a ser la piedra angular:

ésta es la obra del Señor,

admirable a nuestros ojos?"

El que caiga sobre esta piedra quedará destrozado, y aquél sobre quien ella caiga será aplastado.

Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos».

Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír estas parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Entonces buscaron el modo de detenerlo, pero temían a la multitud, que lo consideraba un profeta.

Palabra del Señor.

Reflexión

Gen. 37, 3-4. 12-13. 17-28. El hombre contempla lo externo y de acuerdo a ello valora a las personas. En cambio Dios se fija en el interior del hombre.

A veces uno no comprende por qué el Señor se fija y tiene un amor preferencial por los pequeños, por los desvalidos, por los pobres. La historia de Abraham, Isaac y Jacob (Israel) no se continuará sino a través de quien, en ese momento era el hijo menor de Jacob, aquel que había engendrado en su ancianidad: José. Por eso le tenía un especial afecto y le había regalado una túnica confeccionada al estilo de las que usaban los reyes.

José, por su parte, había soñado que tendría el poder en sus manos, y que hasta sus mismos padres se lo reconocerían. Quien tuviera esa clase de sueños sería considerado como un dios; y esos sueños se harían efectivos mientras la persona siguiera viva. Por eso habría que acabar con el soñador, antes de que se colocara efectivamente como señor.

La envidia, el no querer reconocer el lugar que los demás tienen en la vida; el desconocer sus cualidades que los ponen al servicio de la comunidad de acuerdo a los carismas recibidos por Dios, es causa de muchas injusticias y muertes.

Los soñadores, aquellos en quienes Dios ha puesto grandes ideales, tienen que luchar constantemente a contracorriente y no perder ni su fe ni su esperanza. El desprecio, la marginación, los falsos testimonios para destruirlos, el dolor, el sufrimiento y la muerte serán muchas veces el precio de haber sido escogidos como personas de quienes no era digno el mundo.

Ojalá y supiéramos amar y ocupar cada uno el lugar que nos corresponde en la vida y saber aceptar que cada uno tiene mucho que aportar a favor del bien social, pero saber reconocer también que los demás tienen lo propio a favor de lo mismo.

Si supiéramos aprovechar las cualidades de todos y unir fuerzas y esfuerzos, viviríamos en un mundo más civilizado, más justo y más fraterno como consecuencia de nuestra sana convivencia y de la aceptación de los demás, con aquello que Dios puso en nuestra vida y en nuestro corazón para el bien de todos.

Sal. 105 (104). De todos modos, Dios siempre lleva adelante sus planes. Este Salmo nos hace ver que a pesar de la maldad de los hermanos de José, Dios sacó bien de mal. Comprendamos, pues que, a pesar de que muchas veces pareciera que fracasamos, si no perdemos la fe, Dios llevará a efecto lo que se ha propuesto sobre la vida de cada uno de nosotros.

Jesucristo, condenado a muerte, parecía un fracasado; pero por su filial obediencia ahora reina sentado a la diestra de Dios Padre.

María podría haberse desesperado, y le habría reclamar a Dios al ver crucificado a su Hijo, del cual el ángel de Dios le había dicho que su Reino no tendría fin. Sin embargo, al verlo resucitado y como Rey eterno, también pudo comprender que los caminos de Dios, muchas veces incomprensibles para nosotros, son los únicos que le dan seguridad y sentido a nuestra vida.

Mt. 21, 33-43. 45-46. Nadie puede apropiarse al pueblo. Por más autoridad que se tenga, sólo se es servidor de la comunidad. Son los intereses de todos los que se defienden; son los intereses de todos los que se buscan. Quien en lugar de servir se dedique a ser servido, se convertirá en opresor y dictador de la comunidad.

En tiempos de Jesús los sumos sacerdotes y los fariseos quisieron atrapar al mismo Dios y manipularlo a su antojo. Como poseedores de Dios pensaron ser los únicos santos. El pueblo de Dios caminaría conforme a la visión legalista y cultual, a su modo, de estos grupos. Ataron fardos muy pesados sobre los hombros de los demás; pero ellos ni con el dedo los llevaban. Muchos se sintieron despreciados y marginados; prefirieron vivir como gentiles y dar culto a Dios a su modo en lugar de someterse a injusticias y modelos de vivir la fe de manera hipócrita, por fuera como santos, por dentro cargados de podredumbre.

Cuando Jesús descubre ante todos la forma en que Dios quiere ser adorado: en espíritu y verdad; cuando Él mismo se convierte en un signo profético del amor de Dios para quienes viven atrapados por el pecado y que son buscados, como la oveja descarriada por el pastor, hasta encontrarlos; cuando se detiene ante la pobreza y el sufrimiento para remediarlos; entonces ellos, los aparentemente santos, ven que se les derrumba el poder religioso que les ha dado prestigio y bienes materiales.

Muchos profetas habían echado en cara a los que se creían justos la falta de una verdadera fe; de nada sirven los sacrificios y las largas oraciones mientras no se viva el amor verdadero por Dios y por el prójimo.

Quienes se atrevieron a hablar así, fueron perseguidos y muchos de ellos asesinados. La misma suerte espera al Hijo amado del Padre. Sin embargo la viña del Señor, el Reino de Dios, se les quitó a esa clase de gentes y se le entregó a un pueblo que debe producir el fruto esperado.

La celebración de la Eucaristía, que nos reúne en este día, no puede ser motivo de hipocresía para quienes formamos el nuevo pueblo de hijos de Dios. El Señor espera no sólo nuestras manos levantadas hacia Él. Dar la vida para que los demás tengan vida; eso es lo que celebramos y a eso es a lo que nos comprometemos.

No podemos venir sólo para que se piense que somos personas buenas por nuestra constancia en el culto. Mientras no cambiemos en nuestras actitudes; mientras no seamos un signo claro de Cristo para los demás, mientras continuemos alabando a Dios en la comunidad pero continuemos siendo injustos, delincuentes, malvados, seremos hipócritas y faltos de una verdadera fe.

Quienes han sido constituidos pastores del pueblo de Dios lo han de apacentar para que todos reciban el buen alimento de la Palabra, del Pan compartido y del buen ejemplo.

No se ocupa un puesto en la Iglesia para tener prestigio ni una forma de vivir a costa del pueblo. Jesucristo nos ha enseñado que amar es servir y dar la vida por los que uno ama. Esto es a lo que está llamado quien ha recibido la vocación y la misión de ser signo de Cristo Cabeza, Pastor, Siervo y Esposo de la Iglesia.

Dios ha distribuido sus dones en todos nosotros para que podamos, con la mutua colaboración, construir una sociedad más digna para todos.

No podemos negar los desequilibrios y el ansia de poder desmedido que anida en muchos corazones. Muchas voces han sido apagadas por el miedo de perder el prestigio o el poder. ¡Cuánto necesitamos de personas que hagan realidad la sincera conversión en sus vidas! Nadie puede escaparse de esa necesidad. Todos necesitamos abrir los ojos para reconocer a nuestro prójimo como hermano nuestro; todos necesitamos trabajar como una sola familia, como un sólo cuerpo donde cada miembro aporta lo propio a favor del bien de todos.

No continuemos asesinando, persiguiendo, apagando la voz de los demás. Sepamos convivir como hijos de un mismo Dios y Padre; Dios espera de nosotros la unidad, pero esa unidad no brotará de corazones que sólo piensan en sí mismos y son incapaces de abrir la mirada y ampliar los horizontes para reconocer que no son ellos el centro de todo, sino que todos tenemos una palabra que decir en favor de los demás.

Sólo el amor podrá hacer que la Eucaristía no se quede como un acto de culto aislado en la vida del creyente, sino que se continúe en el trajín de la vida diaria, ahí donde debemos ser constructores de la ciudad terrena como un lugar de mayor justicia, de mayor solidaridad con los necesitados, con una preocupación por el verdadero progreso en todos los niveles y por vivir, finalmente, en un verdadero amor fraterno. En medio de todo esto, no hemos de perder de vista que nuestros pasos se encaminan a la consecución de los bienes eternos y que, ya desde ahora, vivimos el amor, la alegría y la paz que deseamos sean nuestros de un modo definitivo en la presencia de Dios.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de que, unidos a su Hijo único y fortalecidos por el Espíritu Santo, vivamos alegres aceptando y compartiendo los dones y carismas que el mismo Espíritu ha derramado en nosotros para el bien de todos. Amén.

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