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Angelito con trompeta

 Alégrate, el Señor está contigo

 

Jueves, 27 de febrero de 2020

JUEVES DESPUÉS DE CENIZA

 Santoral:

San Leandro, Santa Honorina

y San Gabriel

 

La mochila cuaresmal

1.- La botella del ayuno. Saborea en estos cuarenta días

un poco más la austeridad. Te hará comprender y entender

no solamente la solidaridad sino, además, también la caridad.

Ofrece el fruto de lo que evitas comer, a los más necesitados.

2.- El libro del Evangelio. Procura allá donde vayas

(en el tren o en el avión, en el paseo o en tu casa, en la iglesia

o en tu momento de ocio) leer la Palabra de Dios.

Sentirás que, lejos de estar sólo, Él te acompaña.

3.- La cuerda de la oración. Distraídos y preocupados por mil

situaciones olvidamos frecuentemente confiar nuestras acciones,

proyectos e ilusiones al Señor. ¿Cuánto hace que no hablas con Él

a solas? La cuaresma es una oportunidad para recuperar la cuerda

de la plegaria, el hilo conductor de nuestra relación personal con Dios.

4.- Un puñado de tierra. Para no olvidar que somos barro y que,

sólo Dios, es Dios. La ceniza en cuaresma nos invita a inclinarnos,

a descender del pedestal de nuestra autosuficiencia para dejar

que Dios reine con todas las consecuencias en nuestra vida.

5.- Una cinta métrica. Acostumbrados a medir todo, la cuaresma

nos da una oportunidad para transitar un camino: el sendero

hasta la Pascua. ¿Cuántos metros estás dispuesto/a a recorrer?

¿Sólo metros de dolor? ¿Sólo metros de comodidad? ¿Sólo metros

de egoísmo? La cinta métrica cuaresmal nos ofrece otra medida:

el Evangelio.

6.- Un vaso vacío. Para llenarlo del Agua Viva que es Jesús.

Daremos con Él en los pequeños gestos de bondad o de diálogo,

de testimonio o de verdad, de acogida y de perdón que podamos

regalar a cuántos nos rodean. Una buena obra poco cuesta

(a veces sí) pero provoca muchas satisfacciones internas positivas.

7.- Alimentos imprescindibles. Porque, en la Pascua, nos espera

la Eucaristía. El pan que se parte y, después de ser bendecido,

convertido en el mismo Cuerpo de Cristo. El vino que, traspasado

por la mirada del Señor, se convierte en su misma sangre.

Quitemos de la mochila de nuestra dieta ciertos caprichos empalagosos

y, en su lugar, los sustituyamos por otros deleites divinos.

8.- Dos trozos de madera. Para diseñar y pensar nuestra propia cruz.

Para intentar completar, como dice San Pablo, lo que falta a la pasión

de Cristo. Avanzando en la cuaresma nos daremos cuenta que Cristo

pudo habernos redimido sin dolor, sin cruz, sin sangre….pero que,

en la cruz, nos dio la mayor muestra de su amor.

9.- Una esponja. La convivencia, la crisis económica que estamos

padeciendo, el poder por el poder, el tener por el tener….nos hace

insensibles y ensucia nuestras almas, empaña nuestros deseos

de eternidad. La esponja cuaresmal nos ayudará a desprendernos

de aquello que obstaculiza el paso de la gracia de Dios.

Abrirá los poros de nuestra piel para que, el Espíritu Santo,

nos eleve más hacia el cielo.

10.- Sandalias penitenciales. A la Pascua no podemos llegar

satisfechos ni atrincherados en sendas elegidas o a la carta.

Las sandalias cuaresmales lejos de llevarnos por atajos,

nos conducen por caminos verdaderos: sinceridad, conversión,

humildad y escucha de la Palabra.

P. Javier Leoz

 

 

 

  

Lecturas y reflexión del día siguiente

 
 

Primera lectura

Lectura del libro de lsaías (58,1-9a):

ESTO dice el Señor Dios:
«Grita a pleno pulmón, no te contengas;
alza la voz como una trompeta,
denuncia a mi pueblo sus delitos,
a la casa de Jacob sus pecados.
Consultan mi oráculo a diario,
desean conocer mi voluntad.
Como si fuera un pueblo que practica la justicia
y no descuida el mandato de su Dios,
me piden sentencias justas,
quieren acercarse a Dios.
“¿Para qué ayunar, si no haces caso;
mortificarnos, si no te enteras?”
En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios
y apremiáis a vuestros servidores;
ayunáis para querellas y litigios,
y herís con furibundos puñetazos.
No ayunéis de este modo,
si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo.
¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia:
inclinar la cabeza como un junco,
acostarse sobre saco y ceniza?
¿A eso llamáis ayuno,
día agradable al Señor?
Este es el ayuno que yo quiero:
soltar las cadenas injustas,
desatar las correas del yugo,
liberar a los oprimidos,
quebrar todos los yugos,
partir tu pan con el hambriento,
hospedar a los pobres sin techo,
cubrir a quien ves desnudo
y no desentenderte de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”».

Palabra de Dios
 

Salmo

Sal 50,3-4.5-6a.18-19

R/.
Un corazón quebrantado y humillado,
tú, Dios mío, no lo desprecias


V/. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

V/. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R/.

V/. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.
 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (9,14-15):

EN aquel tiempo, os discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
Jesús les dijo:
«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán».

Palabra del Señor

Reflexión

Is. 58, 1-9. Quien busca al Señor para escuchar su voz no puede después actuar en contra de la voluntad divina. ¿Para qué buscar algo con ahínco si después, al encontrarse se esconde?

Dios está a la puerta y llama; Él espera de nosotros una respuesta sincera y no un simple juego religioso. Este tiempo de cuaresma lo identificamos como tiempo de oración y de ayuno. ¿El Señor escuchará nuestra oración? ¿El Señor verá nuestro ayuno y le será grato? Ciertamente la oración no es sólo un recitar inconscientemente oraciones aprendidas de memoria desde nuestra infancia. Orar, dice Teresa de Jesús, es hablar de amor con quien sabemos nos ama. Y hablar de amor es todo un compromiso de vida; más aún, es empeñar la propia vida en favor de la persona amada; es hacer nuestros sus caminos y sus ilusiones. Por tanto, quien en verdad ora no puede seguir con una vida de ofensas hacia el Señor, no puede desobedecer sus mandatos, pues en ese caso estaría indicando que su oración se realiza sólo por costumbre, por tradición, pero no como un encuentro personal con el Señor para vivir, con Él, un verdadero compromiso de alianza amorosa.

Y, para que nuestro ayuno sea contemplado y aceptado de un modo grato por el Señor, debe tener consecuencias sociales. No es guardar, es compartir; no sólo es ayunar de alimento, hay que ayunar de odios para compartir el amor fraterno; hay que ayunar de egoísmos para dejar de oprimir a los demás y poder, así, romper los yugos esclavizantes; hay que ayunar de la confianza en las riquezas para socorrer a los necesitados; hay que ayunar de la desconfianza y de la indiferencia para alojar a los sin techo.

Si el tiempo de Cuaresma no nos hace más fraternos, si no nos hace más comprometidos y congruentes con la fe que profesamos, no tendrá sentido de entrega amorosa, de muerte a nuestras miserias ni de resurrección a una nueva vida; finalmente no será preparación, no sólo para celebrar la Pascua de Cristo, sino también para celebrar nuestra propia pascua.

Sal. 51 (50). Continuamos meditando sobre el Salmo 51 (50). Le pedimos al Señor que tenga misericordia de nosotros por su inmensa compasión. Él ha levantado juicio contra nosotros en la primera lectura. ¿Quién podrá mantenerse en pie? Sólo aquel a quien el Señor le lave de sus delitos y lo purifique de sus pecados.

Que nuestra mejor ofrenda sea el arrepentimiento de nuestros pecados, reconocidos y confesados humildemente ante el Señor. Entonces el Señor nos devolverá la vida y marcharemos por sus sendas con obras de santidad y de justicia.

Aprovechemos este tiempo de cuaresma para reiniciar nuestro camino a impulsos del Espíritu de Dios en nosotros y dejar nuestros egoísmos y nuestros caminos equivocados.

Mt. 9, 14-15. En el Evangelio de este día el Señor nos hace saber que Él ha venido a hacer una nueva Alianza con nosotros y no un añadido más a la Alianza primera. Quien viva con el Señor debe participar del vino nuevo del banquete de bodas celebrado entre Jesús y su Comunidad, su Pueblo nuevo. Cuando uno vive en plenitud esa alianza con Él no hay motivo de tristeza, simbolizado en el ayuno, sino motivo de alegría simbolizado en el amor que se convierte en servicio, por quedar uno identificado con Cristo.

Sólo el pecado debe entristecernos y hacernos entrar en un camino de ayuno y de búsqueda del Señor para pedir su perdón.

Hay muchos pecados sociales, de los cuales, no por vivir personalmente en amistad con Cristo, podemos eludirnos. También ellos nos afectan a nosotros como cuando un miembro de nuestro cuerpo sufre y los demás sufren con él.

El tiempo de la cuaresma nos ha de llevar a compartir lo que tenemos con los que menos tienen. Más aún, hemos de estar dispuestos a sacrificarlo todo con tal de que nuestro prójimo viva con mayor dignidad.

Muchos no sólo han perdido la fe, sino también la esperanza a causa de habérseles marginado en la vida o de haberles conducido por caminos de vicio y destrucción. No podemos cerrar nuestros ojos ante su miseria. Ellos han perdido a Cristo, o por lo menos su presencia se ha empañado en su vida. ¿Seremos capaces de ignorar esas miserias? ¿Banquetearemos en nuestros bienes y seguridades mientras hay muchos a quienes se les niegan incluso las migajas que caen de las mesas de los que todo tienen?

La Eucaristía que nos reúne en este día no hace ser testigos del Pan de vida que se da a todos sin reservas. Es Cristo que se entrega por todos. Y su entrega no es con tacañerías, sino con la totalidad que procede del amor. Él nos dice: como el Padre me ama a mí, así los amo yo a ustedes. Y el amor del Padre hacia su Hijo lo llevó a entregarse sin reservas a Él, de tal forma que quien contempla al Padre contempla al Hijo. Así nos quiere también a nosotros.

Todo es don venido de Dios. Todo debe, en la misma medida, llegar a quienes nos rodean. Sólo así podremos decir que nuestra Eucaristía tiene sentido de amor fraterno, al estilo del amor del mismo Cristo que nos amó y se entregó por nosotros.

¿Quién puede negar la pobreza de millones de hermanos nuestros?

Contemplamos el rostro de Cristo sufriente en los que tienen hambre o sed; en los forasteros, en los desnudos, en los enfermos y en los encarcelados; pero también lo contemplamos en las nuevas formas de pobreza: la desesperación del sin sentido, la insidia de la droga, el abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, la marginación o la discriminación social.

Cuando el Señor nos pide asistirlo en aquellos con quienes, de un modo preferencial, Él se ha identificado, nos está llamando, a quienes somos su Iglesia, a que le probemos nuestro amor no con vana palabrería ni con discursos bien elaborados, sino con el humilde servicio que libera, que salva, que ayuda para que surja el hombre renovado por el amor. Esta es la Pascua que, como una nueva primavera, el Señor espera de su Espora, la Iglesia, con la que ha sellado la alianza nueva y eterna.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser fieles a su amor. Que no nos quedemos pasivos escuchando su voz, sino que buscando al Señor día y noche sepamos, en verdad hacer su voluntad como María, la humilde esclava del Señor. Amén.

Homiliacatolica.com


Liturgia - Lecturas del día

 

 

Primera lectura

Lectura del libro del Deuteronomio (30,15-20):

MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla.
Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo os declaro hoy que moriréis sin remedio; no duraréis mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán.
Hoy cito como testigos contra vosotros al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que viváis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob».

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 1

R/.
Dichoso el hombre
que ha puesto su confianza en el Señor


V/. Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R/.

V/. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R/.

V/. No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R/.

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (9,22-25):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Entonces decía a todos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».

Palabra del Señor

Reflexión

Dt. 30, 15-20. Elegir la vida. Pero ¿quién quisiera elegir la muerte? Sólo un loco o un desequilibrado elegiría el mal, la muerte y la destrucción para sí mismo. Sin embargo, cuántos excesos y desenfrenos van minando, día a día con la vida de cada persona. Cuántas injusticias y egoísmos van engendrando miles de desnutridos, de desorientados, de pobres, de hombres sin esperanza. Cuántos, buscando intereses ávidos de riqueza, han enviciado y provocado la destrucción de valores y de expectativas en jóvenes y niños.

¿Elegir la vida? Esto no es algo que sólo yo voy a disfrutar a mi modo. Es algo que voy a respetar e incrementar en todos aquellos que tienen derecho a la vida. La vida no es propiedad de unos cuantos; pertenece a todos, sean de la condición que sean.

Se elige la vida cuando se ama al Señor nuestro Dios, cuando se escucha su voz y cuando uno se adhiere a Él. Esto nos habla de entrar en comunión de vida con el Señor y seguir sus caminos cumpliendo, especialmente, con su mandamiento del amor que nos hace amarnos como Él nos ha amado. Sólo quien viva en esa línea podrá tener la seguridad de llegar a poseer la Patria eterna y de sólidos cimientos.
La cuaresma nos ha de ayudar a reflexionar sobre cómo amamos la vida; cómo la incrementamos en nosotros y en los demás; cómo la respetamos y la hacemos cada vez más digna en quienes han tenido menos oportunidades que nosotros. Este es el precepto de amor que Dios nos ha dado. ¿Escucharemos su voz y seremos dóciles a lo que Él nos pide?

Sal. 1. El Señor nos invita a hundir nuestra vida (Bautizarla permanentemente) en Él.

Aquel que vive en Dios dará el fruto abundante de las buenas obras y nunca se marchitará. Su criterio de acción será la Ley del amor dada por el Señor; eso es su gozo; y Dios se goza en él protegiéndole incluso sus pasos para que no vacile.
En cambio el malvado pareciera progresar, sin embargo será como la paja barrida por el viento, y sus caminos acabarán por perderlo.

A pesar de que nuestros caminos hayan sido torcidos, e incluso equivocados, el Señor, rico en paciencia y grande en misericordia, nos concede este tiempo propicio de la Cuaresma para que los rectifiquemos y volvamos a Él con todo el corazón y con toda el alma. Dios no nos rechazará sino que manifestará con nosotros su bondad y misericordia, puesto que, como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente ternura por quienes lo aman.

Pero que nuestro amor no sea como rocío mañanero, sino que sea tan sincero como para plantar definitivamente nuestra vida en Dios, fuente de vida eterna para quienes creemos en Él.

Lc. 9, 22-25. Parecen sonar por anticipado las palabras de Jesús a dos de sus discípulos, camino de Emaús, después de la resurrección del Señor: Era necesario que el Hijo del Hombre padeciera todo esto para entrar en su Gloria.

Jesús anuncia este acontecimiento a sus discípulos: su sufrimiento, su rechazo por parte de los considerados santos en Israel, su muerte; pero también su resurrección. Después dirá: Lo que sucedió es lo que ya les había anunciado yo.

Nada se gana sin sufrimiento; la corona no se conquista sin disciplina y sin renuncias. Jesús vive glorificado a la diestra del Padre como el Hijo amado porque llegó a su perfección por medio del sufrimiento y de su filial obediencia a la voluntad del Padre Dios. ¿Y nosotros queremos llegar a la Gloria sin las señales de nuestra entrega sincera? Jesús nos dice hoy que eso no es posible. Si alguno quiere acompañarme, dice a sus discípulos. Acompañarlo ¿a dónde? A la participación de la Gloria junto al Padre.

El camino de fe no culmina en la Cruz, sino en la Glorificación junto a Jesús. Para llegar ahí hemos de seguir a Cristo, seguir sus huellas de un modo radical. Este seguimiento del Señor no es una invitación a las personas de la Vida Consagrada, es para todos los que creemos en Cristo y hemos aceptado su vida por medio de su Espíritu en nosotros, y que hemos sido sumergidos en el Bautismo, que nos hace ser personas consagradas al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Efectivamente, el Bautismo no es cosa del pasado; es algo que permanece en nosotros siempre. Aquel que ha recibido el Bautismo permanece para siempre sumergido y consagrado en Dios, para ser santo y signo de santidad en el mundo. Así, viviendo y caminando en el amor, el cristiano se convierte en un signo pedagógico de liberación, de amor, de rectitud para cuantos le rodean. Por eso hemos de tomar, con gran amor, nuestra cruz de cada día; no sólo la cruz que simboliza el martirio, sino la cruz de nuestra generosidad, de nuestra lealtad a la fe en Cristo, y, sin importarnos las burlas, persecuciones e, incluso muerte, saber que al final está Dios a quien amamos y servimos y por quien damos la vida sabiendo encomendar en Él nuestro espíritu para que nos reciba en las moradas eternas.

No busquemos los aplausos de los que nos rodean, sirvamos al Evangelio por puro amor a Dios; no mezclemos el anuncio del Evangelio con el dinero, pues al final nos habríamos perdido a nosotros mismos, y nos destruiríamos por no haber encontrado en Cristo la salvación, sino sólo el motivo para lograr nuestros propios intereses.

Nuestra celebración Eucarística nos hace contemplar no sólo la cruz que hemos de tomar cada día para seguir a Cristo, sino que nos hace pregustar la Gloria que nos espera.

El Resucitado nos ha convocado para que estemos con Él y sigamos sus huellas con la esperanza de gozar de su Gloria, que es la Gloria del Padre; para que donde esté Él estemos también nosotros.

Nuestra vida de fe sólo tendrá sentido en la medida en que se convierta en una entrega de amor servicial en favor de los demás, en la medida que hagamos nuestro el sufrimiento y el pecado de nuestro prójimo para consumirlo en el amor de Cristo y, libres de toda culpa, alabemos juntos al Señor con una vida recta.

Hagámonos compañeros de viaje de Cristo rumbo a su pascua.
Veamos a tantos hermanos nuestros marcados por la cruz del dolor, del sufrimiento, de la pobreza, de la enfermedad, de la injusticia, del desprecio, de la marginación.
Sólo el amor es digno de crédito. Acompañar al Señor en el camino de su Pascua significa acompañar el rostro sufriente de Cristo presente en nuestros hermanos. Es cargar su cruz como cruz nuestra. Es dar nuestra vida sin miedos, sin ilusiones falsas, sin comodidades que nos dejen al margen del camino. Es tomar en serio la fe y el amor con la ilusión esperanzadora de que florezca la vida y surjan la paz, la armonía y la solidaridad que nos hagan capaces de tender la mano al hermano que sufre para darle motivos de vivir, y de amar a la altura como Cristo lo vuelve a amar por medio nuestro.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser leales a nuestra fe; de decir un sí definitivo y amoroso a su voluntad para que, por medio nuestro el Señor siga haciendo maravillas en favor de los demás, hasta que algún día, cargando nuestra propia cruz, y haciendo nuestros los dolores, pobrezas y enfermedades de los demás para darles una solución adecuada, podamos entrar, junto con Cristo, en su Gloria eternamente. Amén.

 

Homiliacatolica.com

  Lecturas del día anterior

 

 

Primera lectura

Lectura de la profecía de Joel (2,12-18):

AHORA —oráculo del Señor—,,
convertíos a mí de todo corazón,
con ayunos, llantos y lamentos;
rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos,
y convertíos al Señor vuestro Dios,
un Dios compasivo y misericordioso,
lento a la cólera y rico en amor,
que se arrepiente del castigo.
¡Quién sabe si cambiará y se arrepentirá
dejando tras de sí la bendición,
ofrenda y libación
para el Señor, vuestro Dios!
Tocad la trompeta en Sion,
proclamad un ayuno santo,
convocad a la asamblea,
reunid a la gente,
santificad a la comunidad,
llamad a los ancianos;
congregad a los muchachos
y a los niños de pecho;
salga el esposo de la alcoba
y la esposa del tálamo.
Entre el atrio y el altar
lloren los sacerdotes,
servidores del Señor,
y digan:
«Ten compasión de tu pueblo, Señor;
no entregues tu heredad al oprobio
ni a las burlas de los pueblos».
¿Por qué van a decir las gentes:
«Dónde está su Dios»?
Entonces se encendió
el celo de Dios por su tierra
y perdonó a su pueblo.

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 50,3-4.5-6a.12-13.14.17

R/.
Misericordia, Señor: hemos pecado

V/. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

V/. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R/.

V/. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.

V/. Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R/.

 

Segunda lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (5,20–6,2):

HERMANOS:
Actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.
Y como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice:
«En el tiempo favorable te escuché,
en el día de la salvación te ayudé».
Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.

Palabra de Dios

 

Evangelio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (6,1-6.16-18):

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vean los hombres. En verdad os digo que ya han recibido su recompensa.
Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará.
Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.
Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no los hombres, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará».

Palabra del Señor

 

Reflexión

CUARESMA, TIEMPO DE PENITENCIAS

Con el gesto de la imposición de ceniza comenzamos el tiempo de Cuaresma, un tiempo que nos llevará, a lo largo de cuarenta días, hasta la celebración central del año litúrgico, la celebración del Misterio Pascual de Cristo. El signo de la ceniza nos recuerda la penitencia, pues la Cuaresma es un tiempo penitencial, un tiempo de renovación interior. Hoy, al inicio de este camino, la Liturgia de la Palabra es una proclamación del ayuno y una invitación a la penitencia en el comienzo de este tiempo de conversión y de vuelta hacia el Señor, y nos muestra cuáles han de ser nuestras actitudes al andar este camino.

1. “Rasgad vuestros corazones, no vuestros vestidos”. El profeta Joel hace una invitación vibrante a la conversión y a volver de nuevo al Señor. Esta conversión a la que nos llama el profeta ha de ser de corazón. No valen sólo las palabras ni los buenos propósitos. Tampoco valen las penitencias superficiales. El Señor quiere que cambiemos nuestro corazón, todo nuestro ser. Por eso, ya no sirven de nada los gestos externos como el rasgarse las vestiduras, un gesto muy común entre los judíos. Dios desea que rasguemos nuestro corazón, que nos arrepintamos de nuestros pecados, que dejemos atrás todo aquello que no agrada a Dios y que volvamos a Él de nuevo con un corazón contrito y humillado. Y el profeta también nos indica cuál es el fundamento de esta llamada a la conversión: porque el Señor es “un Dios compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del castigo”. La Cuaresma, por tanto, es tiempo de cambiar el corazón, no sólo con prácticas externas sino con una auténtica conversión.

2. “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. También san Pablo, en la segunda lectura, nos invita a la conversión. Pero esta llamada de san Pablo es más sugestiva, más cariñosa. Pablo se presenta como enviado de Cristo, de modo que sus palabras son como una exhortación del mismo Dios. Por eso se atreve a hablar en nombre del mismo Cristo cuando exhorta a sus lectores a que se reconcilien con Dios. No podemos estar enemistados con Dios, pues Él mismo nos ofrece la reconciliación a través de Cristo. Invita san Pablo a no echar en saco roto esta gracia abundante que Dios nos da. La Cuaresma que hoy iniciamos es el tiempo favorable. No debemos dejar perder la oportunidad que Dios nos ofrece en este tiempo precioso de conversión. Dios desea derramar sobre nosotros su gracia. Pero para ello hemos de estar atentos y vivir esta Cuaresma como un tiempo único, una oportunidad preciosa para volver de nuevo al Señor.

3. Limosna, oración y ayuno. Para que podamos aprovechar bien este tiempo de Cuaresma, para no dejar caer en saco roto la gracia que Dios desborda en nosotros durante este tiempo, la Iglesia nos ofrece tres medios de los que ya habla Jesús en el Evangelio que escuchamos hoy. La limosna, la oración y el ayuno, cuando los vivimos debidamente, son instrumentos que nos ayudan a acercarnos más a Dios, a vaciarnos un poco de nosotros mismos para que podamos escucharle a Él, para que podamos estar cerca de Él. La limosna, que no es sólo dar a un pobre algo de dinero que nos sobra, sino que es dar de lo nuestro, darnos a nosotros mismos, nos ayuda a desprendernos de tantas cosas que obstaculizan nuestro comino hacia Dios. La oración, que no es sólo repetir unas frases que nos hemos aprendido de memoria, sino que es el trato frecuente de amistad con el Señor, escucharle y hablar con Él, nos ayuda a abrir nuestros oídos a la Palabra, conocer más de cerca el Misterio de Dios, entrar en diálogo con el Señor. Y finalmente el ayuno, que no es sólo comer menos, como si se tratase de una dieta para adelgazar, sino que es privarnos de tantas cosas que nos distraen, nos ayuda a buscar sólo lo que es necesario, es decir, nos ayuda a poner nuestra total confianza sólo en Dios. Estos medios, vividos no por sentirnos bien con nosotros mismos ni para que los demás nos aplaudan, sino vividos en el silencio donde sólo Dios nuestro Padre nos ve, nos acercarán más al Señor y nos devolverán la amistad con Él que hemos perdido a causa de nuestro pecado. Y así, como dice el Papa Francisco en el mensaje para la Cuaresma de este años, podremos volver a encontrar la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

Ahora a continuación vamos a recibir la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas. Que este gesto no se quede en un gesto vacío, si tampoco en un gesto supersticioso a través del cual buscamos una recompensa mágica. Que sea en verdad una muestra de nuestra disposición a comenzar el camino de la Cuaresma. Es tiempo favorable para reconciliarnos con Dios. Él nos llama a la conversión. Que esta Cuaresma no sea una más en nuestra vida, sino que sea una oportunidad para acercarnos todavía más al Señor, que es compasivo y misericordioso, y está deseando darnos su amor desde la cruz de su Hijo Jesucristo, como celebraremos dentro de cuarenta días en la Pascua.

 

Francisco Javier Colomina Campos

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“LA CREACIÓN, EXPECTANTE, ESTÁ AGUARDANDO LA MANIFESTACIÓN DE LOS HIJOS DE DIOS»

1.- Se nos invita a abandonar el camino destructivo del pecado. Ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación, escribe Pablo en la segunda carta a los Corintios. La causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto. Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el Dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás. Cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas –y también hacia nosotros mismos–, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse. La Cuaresma, nos dice el Papa en su mensaje para este año, “es un signo sacramental de la conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna”. El evangelio de Mateo nos ofrece estas mismas herramientas, tres actitudes para renovar nuestro seguimiento de Jesús: el ayuno, la oración y la limosna.

2. Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de devorarlo todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Ayunar no es hacer un ejercicio de autocontrol para demostrar el autodominio de uno mismo o para tener satisfecho a Dios. Esto será útil sólo si nos hace amar más a Dios y a nuestro prójimo. Recordemos la Escritura: “El ayuno que yo quiero es este: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que está desnudo, y no cerrarte a tu propia carne” (Isaías 58, 6-7) No se trata sólo de privarse de comer carne, también podemos ayunar de televisión, de tabaco, de fútbol, de ordenador. ¿Para qué? Para ser más libres y dedicar nuestro tiempo al que más nos necesita.

3.- Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo. Necesitamos declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Entendemos con frecuencia la oración como “pedir” ayuda al Señor cuando estamos en apuros. Orar es, sobre todo, escuchar a Dios, que nos habla a través de su Palabra, de las personas y de los acontecimientos (los signos de los tiempos)

4.- Dar limosna para compartir. Para salir de la necesidad de vivir y de acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir, a amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero y encontrar en este amor la verdadera felicidad. Dar limosna puede ser relativamente fácil. Quizá tranquilicemos nuestra conciencia, pero esto no es suficiente si no nos mueve el espíritu de caridad que nos hace ser solidarios con el sufrimiento de nuestro prójimo. No basta con dar dinero, también tiempo o cariño o esperanza... Que el signo penitencial de la ceniza sea expresión de nuestro deseo de acercarnos al Señor y a los hermanos.

¿Cómo ayunaré este año? ¿Cómo y cuándo será mi oración? ¿Qué gesto de amor haré en favor de mis hermanos, en especial de los más necesitados?

 

José María Martín OSA

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MIÉRCOLES DE CENIZA, MIÉRCOLES DE CONVERSIÓN

Del “acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te convertirás” al “conviértete y cree en el evangelio” hay mucha distancia teológica y pastoral. Durante siglos, el miércoles de ceniza y el comienzo de la cuaresma era un día señalado por la Iglesia para arrepentirnos de nuestros pecados y confesarnos, pensando, sobre todo, en el día de la muerte y la salvación eterna. Hoy día, la Iglesia quiere que en este día hagamos, sobre todo, un propósito de conversión y de ser fieles al evangelio de Jesús mediante una verdadera conversión del corazón. Así debemos entender las lecturas de este día.

1.- Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor. La palabra “corazón” significa, en el contexto de esta primera lectura del profeta Joel, el centro de la persona, de donde dimanan las buenas y las malas acciones. Rasgar los corazones es purificarlos de las malas intenciones y de los malos deseos, es purificar la voluntad para que siempre quiera lo que Dios quiere. Rasgar las vestiduras es sólo un gesto externo, que sólo tiene valor ante Dios cuando es expresión de una voluntad de conversión. Rasgar el corazón tiene mucho que ver con el amor. El amor nos lleva y nos empuja, es realmente el que debe dirigir nuestra vida. Nuestro corazón puede estar lleno de pequeños o grandes amores que nos inclinan, nos giran, en dirección contraria a Dios. En estos casos, convertirse es, fundamentalmente, convertir el corazón, convertir el corazón a un verdadero amor a Cristo y a su evangelio. Convertir nuestro corazón a Dios es girar nuestro corazón hacia Dios, cuando hay amores intermedios que lo desorientan y lo hacen girar en dirección contraria. Por eso, convertir el corazón es rasgar el corazón, porque nuestros desamores y malos amores lo tienen orientado en una mala dirección. Toda auténtica conversión supone rasgadura del corazón, aunque, afortunadamente, cuando de auténtica conversión se trata, la rasgadura del corazón añade al dolor inicial un posterior y gran gozo. El dolor inicial de la rasgadura es algo inevitable. La cuaresma es tiempo de penitencia, de rasgar el corazón, pero con la vista puesta en la Pascua, que es un tiempo de gozo. El inicial dolor de la penitencia cuaresmal se convertirá, en la pascua, en auténtica alegría y gozo.

2..- Cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. La limosna sólo es moneda religiosamente válida, cuando va bien envuelta en papel de humildad. Para el que la recibe, la limosna puede tener solamente un valor pecuniario, pero para el que la da, la limosna debe tener siempre un valor religioso y espiritual. Cuando nuestra limosna sale de nuestras manos motivada por la vanidad, o por otras intenciones menos buenas, entonces la limosna no nos purifica, ni nos convierte. Dicen los sociólogos que para conocer la auténtica bondad de una persona, lo mejor es meterle la mano en el bolsillo. Es más fácil orar que dar limosna. Dar limosna, en sentido religioso, es dar al necesitado un dinero que considero bueno para mí, pero del que me desprendo por amor al otro. No debemos buscar ninguna rentabilidad personal en la limosna: doy por amor a otro algo que amo para mí. Y lo doy sin buscar ninguna contrapartida a cambio. La verdadera limosna siempre debe ser fruto de nuestro amor al prójimo.

3.- Misericordia; señor, hemos pecado. Comencemos la cuaresma, reconociéndonos pecadores y sabiendo que nuestro Dios es compasivo y misericordioso. Así lo repetimos hoy en el salmo responsorial. El pecado nunca debe producir en nosotros desánimo, sino propósito de conversión. A un corazón humillado y arrepentido no lo desprecia el Señor. La cuaresma es tiempo penitencial; la mejor penitencia es aquella que mejor nos prepare y nos disponga para la conversión, que mejor purifique nuestro corazón. Por eso, terminemos rezando con el salmo: "Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme".

 

Gabriel González del Estal

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CUARESMA PARA PROGRESAR

La Cuaresma, en sí misma, no tiene sentido. Pero, con este miércoles de ceniza, nos proponemos seguir más de cerca a Jesús de Nazaret en su dar todo por el hombre y en obediencia hacia Dios: LA PASCUA. ¿Cambiará en algo nuestro día a día en este tiempo? ¿Viviremos intensamente desde la oración, la austeridad o la caridad, esta distancia entre hoy y la Semana Santa?¿Progresaremos como pueblo e hijos de Dios en su conocimiento a través de las Escrituras?

1.- Todo lo que no se prepara con antelación, corre el riesgo de diluirse. De no cobrar la importancia que tiene. La PASCUA del Señor, nos tira hacia delante, nos seduce, pone delante de nosotros un horizonte de vida y de posibilidades. ¡El Señor subirá a la cruz por nosotros! ¡El Señor bajará al silencio de la muerte por nosotros! ¡El Señor, saldrá a los tres días, victorioso con un gran regalo: nuestra propia victoria sobre la muerte!

Esto, hermanos, no se improvisa de la noche a la mañana. ¡Qué bueno sería que nos sintiéramos pueblo peregrino! ¡Qué gratificante sería que, en este miércoles de ceniza, ofreciésemos a Jesús, una promesa! (¿La eucaristía diaria? ¿Una lectura sosegada de la Palabra de Dios? ¿Una obra oportuna de caridad? ¿Abstenernos de ciertos caprichos –fumar, beber? ¿Una suscripción a una revista cristiana?

2.- Esta cuaresma de 2019 ha de ser diferente a las demás. Dios es un ser dinámico y, por lo tanto, sale a nuestro encuentro curando las dolencias de nuestro hoy, perdonando los pecados que brincan y juegan en el alma de hoy, invitándonos a ver en el exponente de la cruz que va camino del calvario, su auténtico rostro: DIOS AMOR. ¿No es un momento, la cuaresma, para recordar la esencia de nuestra fe?

No es el momento de pensar y escudarnos en el hecho de que en la sociedad, el mundo, la parroquia, la comunidad, mi familia….se ha perdido el sentido del pecado. Lo importante es, ahora, hoy y aquí, ponernos un termómetro personal. Contrastar nuestra vida con la de Jesús. Dejarnos pasar por el escáner del Espíritu, y que detecte todo aquello que hemos de dejar para llegar más limpios a la Pascua.

2.- ¿Ceniza? ¡Sí! Porque queremos ser árboles cuando, en realidad, somos simples astillas. Porque decimos ser rascacielos, cuando apenas levantamos lo que da una altura. Porque afirmamos ser buenos y santos, cuando en realidad, podemos ser mejores si nos dejamos guiar por Dios.

¿Ceniza? ¡Sí! Porque presumimos de conocer el evangelio y, resulta, que lo descafeinamos utilizándolo a nuestro antojo. Porque, la fe, hoy más que nunca, exige respuestas decididas, hombres y mujeres valientes, seguidores de un Jesús que nos llama a la conversión, a volver nuestro corazón hacia Dios. Porque es preciso encontrarnos a Jesús para dar razón y testimonio de Él.

Un escritor, decía que “Occidente está débil”. La Cuaresma puede contribuir a inyectarnos esa fuerza de Dios. Ese impulso del Espíritu. Esa humildad para encontrarnos con Cristo. Esa paz que el día a día nos roba.

¿Ceniza? ¡Sí! Porque siendo siervos, queremos ser reyes y viviendo en la tierra, algunos llegan aseverar que ya no existe más cielo. La ceniza no es un rito mágico o supersticioso. Por el contrario, este símbolo, nos esponja y nos facilita este inicio, esta andadura hacia la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Todo ello, además, lo recordaremos y haremos fuerte, con una confesión personal, con una obra de caridad, con una oración más intensa, con la eucaristía diaria y con otras tantas prácticas de piedad cristiana.

Miércoles de ceniza. El Señor nos invita a tomarr esta escalera de 40 peldaños que nos llevará a los Misterios de su Pasión Muerte y Resurrección. ¿Estamos dispuestos a iniciarla? (silencio)

Javier Leoz