Liturgia - Lecturas del día

 

Jueves, 2 de febrero de 2018

LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO, APÓSTOL

Fiesta

 

Presbítero como ellos

y testigo de los sufrimientos de Cristo

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro

5, 1-4

 

Queridos hermanos:

Exhorto a los presbíteros que están entre ustedes, siendo yo presbítero como ellos y testigo de los sufrimientos de Cristo y copartícipe de la gloria que va a ser revelada. Apacienten el rebaño de Dios, que les ha sido confiado; velen por él, no forzada, sino espontáneamente, como lo quiere Dios; no por un interés mezquino, sino con abnegación; no pretendiendo dominar a los que les han sido encomendados, sino siendo de corazón ejemplo para el rebaño. Y cuando llegue el Jefe de los pastores, recibirán la corona imperecedera de gloria.

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO RESPONSORIAL                      22, 1-6

 

  1. ¡El Señor es mi pastor, nada me puede faltar!

 

El Señor es mi pastor,

nada me puede faltar.

Él me hace descansar en verdes praderas,

me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas. R.

 

Me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre.

Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal,

porque Tú estás conmigo:

tu vara y tu bastón me infunden confianza. R.

 

Tú preparas ante mí una mesa,

frente a mis enemigos;

unges con óleo mi cabeza

y mi copa rebosa. R.

 

Tu bondad y tu gracia me acompañan

a lo largo de mi vida;

y habitaré en la Casa del Señor,

por muy largo tiempo. R.

 

 

 

EVANGELIO

 

Tú eres Pedro,

y te daré las llaves del Reino de los Cielos

 

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

16, 13-19

 

En aquel tiempo: Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es?»

Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas».

«Y ustedes -les preguntó-, ¿quién dicen que soy?»

Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».

 

Palabra del Señor.

 

Reflexión

 

1Pe. 5, 1-4. El Apóstol Pedro se presenta a sí mismo. Él nos habla no como quien ha escuchado el testimonio de alguien sobre Jesús, sino como testigo cualificado del mismo. Él ha sido testigo de la Pascua de Cristo: sus sufrimientos, su muerte, su resurrección y su ascensión a los cielo. Además él tuvo la experiencia en el monte Tabor acerca de lo que es la Gloria que se va a manifestar al final de la vida de cada uno de nosotros y al final del tiempo; él estuvo en ella y sabe lo que espera a quienes, con Cristo, caminan participando en su Pascua.

Por eso no debemos desanimarnos ante las dificultades y sufrimientos, e incluso ante la muerte que conlleve nuestro caminar en y con Cristo. Dichosos Ustedes, nos dice Cristo, cuando los insulten, persigan y maldigan por mi Nombre. Alégrense y salten de contento, porque sus nombres están inscritos en el Reino de los Cielos.

A quienes se les ha encomendado la misión de ser Pastores del Pueblo de Dios, se les recuerda que no es para aprovecharse de la lana de sus ovejas, ni para alimentarse de su carne, sino para apacentarles, es decir para fortalecer su vida mediante una verdadera atención. Por eso debe uno estar siempre dispuesto a atenderles de buena gana, como Dios quiere y, además, dando buen ejemplo.

¡Cómo han de meditar los pastores de la Iglesia sobre este requerimiento del Señor! De lo contrario, sin escuchar esta Palabra, o sin ponerla en práctica, al final no se recibirá el premio inmortal de la gloria.

 

En el Salmo 23 (22) el Señor se nos presenta como el Buen Pastor que alimenta a sus ovejas.

Dios, por medio de la Redención que nos ha dado su Hijo a través de su Pascua, nos conduce hacia la nueva vida que nos comunica en las aguas tranquilas del Bautismo; nos prepara la Mesa Eucarística con la que alimenta y fortalece nuestra vida para que trabajemos constantemente por su Reino; nos unge con el Óleo Santo para confirmarnos en la fe o para ordenar a sus Ministros como Cabeza, Pastor, Esposo y Siervos de su pueblo. Así contemplamos cómo el Señor no nos ha abandonado ni se ha olvidado de nosotros, sino que su bondad y misericordia nos acompañan todos los días de nuestra vida.

Escuchar la voz del Pastor de las ovejas y serle fieles nos hará que vivamos en la Casa del Señor por años sin término.

 

Mt. 16, 13-19. ¿Quién es Jesús en nuestra vida? ¿Qué significa para cada uno de nosotros? ¿Cuál es nuestro compromiso personal con Él? Dependiendo de la respuesta que demos estaremos dando testimonio de Él. Entonces lo estaremos identificando de un modo vital y no sólo de oídas. Ojalá y en verdad Él ocupe no sólo la parte central de nuestra vida, sino todo nuestro ser.

Sin embargo esa visión de fe no depende de lo que escuches en esta homilía, sino de lo que tú, de modo personal estés experimentando acerca del Hijo de Dios hecho hombre y que nos amó hasta dar la vida por todos.

Él es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y llama a cada una por su nombre. Nadie se pierde en el grupo, en la masa; todos significamos algo, de un modo personal, para Él en su mente y en su corazón. Escuchar su voz para saber cuál es la Misión que a cada uno ha confiado dentro de su Reino significa que deseamos colaborar de modo efectivo para que éste llegue a todos los rincones de la tierra, y para que el poder del mal no siga apoderándose de los hijos de Dios.

La misión de la Iglesia será, por tanto, llevar la misericordia divina y hacer cercano a todos el perdón de Dios, no sólo para que se sientan descargados del mal, sino para que se decidan a iniciar un nuevo camino que haga que el rostro de Cristo resplandezca con mayor claridad en su Iglesia.

En esta Eucaristía retomemos el compromiso de saber reconocer nuestras propias miserias y pedir perdón. Retomemos el compromiso de dejarnos convertir por el Señor de pecadores en justos. Aprendamos a decir de modo efectivo: Señor, haz tu obra en mí, y desde mí haz que tu salvación llegue a todos.

Procuremos No estar como espectadores del Sacrificio Pascual del Señor. Participemos en Él de tal forma que salgamos transformados en criaturas nuevas que se esfuercen a brazo partido en hacer que llegue a todos nosotros el Reino de Dios.

No cerremos los ojos ante la miseria de los demás. No neguemos nuestras propias maldades. No pensemos que todo está perdido. Que no decaiga nuestra fe ni nuestra esperanza. Que el amor sea lo que guíe nuestros pasos; y el amor viene de Dios.

Cristo está constantemente edificando su Iglesia en nosotros. Y la Iglesia es la comunidad de hermanos. Esa fraternidad que nos une en torno a un sólo Padre por nuestra unión con Cristo, y por la participación de un mismo Espíritu, es lo que el Señor está construyendo continuamente entre nosotros. Por eso nos pide vivir la unidad para que el mundo crea.

No seamos portadores de divisiones, de guerras, de destrucciones. Sólo quien construye la comunidad, sólo quien no margina a nadie ni desprecia a su hermano, sólo quien no le impide entrar a formar parte de esta comunidad de hermanos, aun cuando sea de la condición que sea, puede decir que pertenece a Cristo. Quien vaya en sentido contrario no es de Dios y las fuerzas del infierno han prevalecido sobre él.

Dios nos guarde de llamarnos hijos de Dios e hijos de su Iglesia mientras destruimos a la Comunidad, o mientras acabamos con la fraternidad entre nosotros.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de permitirle a Él que haga su obra salvadora en nosotros para que en verdad seamos portadores del amor de Dios y, unidos como un sólo cuerpo, alabemos y glorifiquemos a Dios desde ahora y para siempre. Amén.

 

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