Lecturas del día anterior

Jueves, 13 de diciembre de 2018

Semana II° de Adviento

Memoria obligatoria – Rojo

Isaías 41, 13-20 / Mateo 11, 11-15

Salmo responsorial Sal 144, 1. 9-13ab

R/. “El Señor es compasivo y misericordioso”

Santoral:

Santa Lucía y Santa Odilia

Hablemos del Adviento

Nos trae buenas nuevas (en medio de un noticiario

negativo) y esperanza (en un laberinto pesimista)

Nos llama a la serenidad y a la confianza.

¡Hay tantas razones para alterarnos y distanciarnos!

Nos prepara, no ya al acontecimiento de la Navidad,

sin a aquel instante definitivo: ¡EL SEÑOR VENDRÁ!

Nos constituye en “vigilantes”. Vivir esperándole y….

como Dios quiere; no como el mundo exige

Nos despierta de un sueño peligroso: la rutina.

Creer en Dios es mantener firme nuestra fe.

Comprometidas nuestras actitudes de servicio y caridad

El adviento nos empuja al renacimiento en nuestra fe.

A consolidar nuestra esperanza. A recuperar

el gusto por la figura de Jesús.

Un Niño nos va a hacer. ¿Para qué?

Ni más ni menos que para llenar de ilusión y de alegría

la gran casa de nuestra Iglesia. Para darnos una razón

para vivir y seguir adelante: nos trae la salvación

El adviento es una alfarería donde podemos moldear

el barro que existe en nuestro corazón, en nuestras manos,

en nuestro caminar. Es mudar de la injusticia hacia la justicia;

brincar del pozo del odio a la frontera del amor.

Es saber que, en la ausencia del Señor, Él sigue confiando

en nosotros. A pesar de nuestras fragilidades y contradicciones

seguimos gritando: ¡VEN, SEÑOR, JESUS!

El adviento caldea el corazón frío; estrecha las manos enemigas;

hace encontradizas las miradas indiferentes. Ante la llegada de Dios,

ninguno de los suyos, puede permanecer en el egoísmo.

Dios, cuando llegó al mundo, se encontró a muchas personas

dormidas. El adviento insta a nuestras manos a ponerse

en movimiento, a colaborar con la causa de Jesús.

El Adviento tiene dos movimientos: nos invita a celebrar

con alegría aquel primer adviento de Jesús a los hombres y….

a estar expectantes a su llegada definitiva. El final de los tiempos.

Es rezar, y con la oración, mantenernos despiertos y anhelantes

a lo que está por venir. El dueño marchó pero, cuando venga,

¿encontrará alguien abriéndole la puerta de su casa?

P. Javier Leoz

Liturgia - Lecturas del día

Jueves, 13 de diciembre de 2018

Que entre una nación justa que se mantiene fiel

Yo soy tu redentor, el Santo de Israel

Lectura del libro de Isaías

41, 13-20

Yo, el Señor, soy tu Dios,

el que te sostengo de la mano derecha

y te digo: «No temas,

Yo vengo en tu ayuda».

Tú eres un gusano,

Jacob, eres una lombriz, Israel,

pero no temas, yo vengo en tu ayuda

-oráculo del Señor-

y tu redentor es el Santo de Israel.

Yo te convertiré en una trilladora,

afilada, nueva, de doble filo:

trillarás las montañas y las pulverizarás,

y dejarás las colinas como rastrojo.

Las aventarás y el viento se las llevará,

y las dispersará la tormenta;

y tú te alegrarás en el Señor,

te gloriarás en el Santo de Israel.

Los pobres y los indigentes buscan agua en vano,

su lengua está reseca por la sed.

Pero Yo, el Señor, les responderé,

Yo, el Dios de Israel, no los abandonaré.

Haré brotar ríos en las cumbres desiertas

y manantiales en medio de los valles;

convertiré el desierto en estanques,

la tierra árida en vertientes de agua.

Pondré en el desierto cedros,

acacias, mirtos y olivos silvestres;

plantaré en la estepa cipreses,

junto con olmos y pinos,

para que ellos vean y reconozcan,

para que reflexionen y comprendan de una vez

que la mano del Señor ha hecho esto,

que el Santo de Israel lo ha creado.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                                 144, 1. 9-13ab

R.    El Señor es compasivo y misericordioso.

Te alabaré, Dios mío, a ti, el único Rey,

y bendeciré tu Nombre eternamente;

el Señor es bueno con todos

y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

Que todas tus obras te den gracias, Señor,

y tus fieles te bendigan;

que anuncien la gloria de tu reino

y proclamen tu poder. R.

Así manifestarán a los hombres tu fuerza

y el glorioso esplendor de tu reino:

tu reino es un reino eterno,

y tu dominio permanece para siempre. R.

EVANGELIO

No ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

11, 11-15

Jesús dijo a la multitud:

Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él.

Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos es combatido violentamente, y los violentos intentan arrebatarlo. Porque todos los Profetas, lo mismo que la Ley, han profetizado hasta Juan. Y si ustedes quieren creerme, él es aquel Elías que debe volver.

¡El que tenga oídos, que oiga!

Palabra del Señor.

Reflexión

Is. 41, 13-20; El Señor nunca olvida sus promesas. Él sale al encuentro de sus siervos, de los que confían en Él y le viven fieles para reanimarlos en tiempos difíciles.

¿Acaso puede temer aquel a quien el Señor tiene asido por la diestra y de quien escucha estas consoladoras palabras: Yo soy el que te ayuda; tu Redentor es el Dios de Israel?

Él puede hacer que florezcan nuestros desiertos y que en nuestras arideces broten ríos y fuentes de agua viva. Por eso, levantemos el corazón, pues Dios se ha hecho Dios-con-nosotros; Él va en camino con nosotros pues ha hecho suya nuestra naturaleza humana para que también nosotros hagamos nuestra su divinidad.

¿Hay algo más esperanzador para nosotros, pobres pecadores? Dios ha tenido compasión de nosotros; dejémonos encontrar y salvar por Él. Permanezcamos fieles a su amor; hagamos la prueba y veremos cuán bueno es el Señor, pues a pesar de que seamos como un gusanillo u oruguita, el Señor se ha puesto de nuestra parte y se ha levantado en contra de nuestro enemigo para redimirnos, para hacernos partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte.

Reconocer nuestra pequeñez, y sabernos amados por Dios, y dejarnos amar por Él será lo único que le dará seguridad a nuestro caminar, desde esta vida, hacia la posesión de los bienes definitivos.

Sal. 145 (144) Bendigamos y alabemos al Señor, nuestro Dios y Padre, pues Él siempre se manifiesta bondadoso para con nosotros. Él jamás nos ha abandonado; podrá una madre olvidarse del fruto de sus entrañas, pero Dios jamás se olvidará de nosotros.

Por eso, no sólo con los labios, sino con toda nuestra vida, entretejida de amor y de fidelidad a Él, bendigamos su santo Nombre, pues ha hecho grandes maravillas en favor nuestro.

Pero nosotros no podemos quedarnos sólo en la alabanza al Señor; si en verdad vivimos unidos a Él por el amor, lo hemos de dar a conocer a todas las naciones.

El Señor viene a cada uno de nosotros para convertirnos en signos de su amor salvador para todos los pueblos; ojalá y cumplamos con fidelidad amorosa esa misión que se nos ha confiado.

Mt. 11, 11-15. La Ley y los Profetas llegan hasta Juan. Él es el más grande de entre los personajes del Antiguo Testamento, pues Dios le dio la misión de presentar al Cordero de Dios, en quien se cumplen las promesas divinas de salvación. Sin embargo el más pequeño entre los hombres de fe en Cristo supera en grandeza al Bautista, pues no sólo ha visto, sino que ha unido su vida al mismo Hijo de Dios.

El Reino de Dios irrumpe en nosotros con toda su fuerza salvadora, y, a pesar de la violencia de que es objeto a causa de las persecuciones, los que poseemos la Fuerza del Espíritu de Dios, que habita en nosotros y nos hace firmes en el testimonio de nuestra fe, lograremos, unidos a Él, que ese Reino llegue finalmente a su plenitud en todos los hombres.

Así el Reino de Dios no será la obra del hombre, sino la obra de Dios en el hombre convertido por el Señor en portador de la salvación, con la valentía del Espíritu de Dios, que hará que nunca claudiquemos del compromiso que el Señor nos ha confiado: Hacer que su Evangelio llegue a todas las criaturas.

El Señor nos ha convocado a esta Eucaristía; y nosotros hemos respondido a su llamado. Él nos ha unido a sí mismo comunicándonos su Vida y su Espíritu. No importa que en nuestro pasado hayamos sido, tal vez, unos malvados. Dios nos contempla como un Padre lleno de misericordia y quiere tomarnos de la mano con gran ternura para ayudarnos a caminar en el bien.

Dios, efectivamente, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad. Su Hijo hecho uno de nosotros, ha entregado su propia vida para que nuestra existencia se convierta en una continua alabanza de su Santo Nombre. Por eso, los que hemos sido rescatados por la Sangre de Cristo, ya no debemos vivir para nosotros mismos, sino para Aquel que por nosotros murió y resucitó.

Nuestra vocación mira a convertirnos en un signo del amor de Dios para los demás. Y no importa que parezcamos poca cosa; ante Dios, sus hijos, por muy humildes que parezcan ante los ojos del mundo, tienen la misma dignidad de su Hijo amado.

Por eso, vivamos, efectivamente, como hijos amados de Dios, no sólo por nuestras oraciones, sino por llevar una vida intachable. No podemos despreciarnos a nosotros mismos. No podemos decir que poco o nada valemos a causa de nuestras miserias y fragilidades. Nosotros valemos la sangre de Cristo; ese es nuestro valor ante el Padre Dios.

Ante la figura de Cristo, entregado por nosotros, entendemos nuestra dignidad propia y la dignidad de los demás. El hombre, desde Cristo, tiene una nueva lectura de su propia naturaleza. Ojalá y también, desde Cristo, aprendamos a no despreciar a nadie, sino a trabajar por el bien de todos.

Quien pase la vida persiguiendo o despreciando a su prójimo a causa de su raza, de su color, de su cultura, no puede poner la mano sobre la Biblia para manifestarse como hijo de Dios, pues el ser hijo de Dios se manifiesta haciendo vida esa Palabra que nos impulsa a amarnos como hermanos, con el mismo valor que todos tenemos a los ojos de Aquel a quien todos, con el mismo derecho de hijos, le invocamos como Padre nuestro.

Roguémosle a nuestro Dios y Padre que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de ser portadores de Cristo y de su Reino en nosotros, anunciándolo no sólo con los labios, sino con toda nuestra vida convertida en un testimonio de amor fraterno. Entonces el Señor, que se acerca a nosotros, nos encontrará fraternalmente unidos y dispuestos a participar eternamente de su Reino eterno que habrá iniciado a hacer, ya desde ahora, su morada en nosotros. Amén.

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