Lecturas del día siguiente


Jueves, 24 de agosto de 2017

SAN BARTOLOMÉ, APÓSTOL

Fiesta

Cada uno de los cimientos tenía el nombre

de uno de los doce apóstoles del Cordero

Lectura del libro del Apocalipsis

21, 9b-14

El Ángel me dijo: «Ven que te mostraré la Esposa del Cordero». Me llevó en espíritu a una montaña de enorme altura, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios. La gloria de Dios estaba en ella y resplandecía como la más preciosa de las perlas, como una piedra de jaspe cristalino.

Estaba rodeada por una muralla de gran altura que tenía doce puertas: sobre ellas había doce ángeles y estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas miraban al este, otras tres al norte, tres al sur, y tres al oeste. La muralla de la ciudad se asentaba sobre doce cimientos, y cada uno de ellos tenía el nombre de uno de los doce apóstoles del Cordero.

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                                    144, 10-11. 12-13b. 17-18

R.    Que tus santos, Señor, manifiesten la gloria de tu reino.

Que todas tus obras te den gracias, Señor,

y que tus fieles te bendigan;

que anuncien la gloria de tu reino

y proclamen tu poder. R.

Así manifestarán a los hombres tu fuerza

y el glorioso esplendor de tu reino:

tu reino es un reino eterno,

y tu dominio permanece para siempre. R.

El Señor es justo en todos sus caminos

y bondadoso en todas sus acciones;

está cerca de aquellos que lo invocan,

de aquellos que lo invocan de verdad. R.

EVANGELIO

Éste es un verdadero israelita, un hombre sin doblez

a    Lectura del santo Evangelio

según san Juan

1, 45-51

En aquel tiempo:

Felipe encontró a Natanael y le dijo: «Hemos hallado a aquel de quien se habla en la Ley de Moisés y en los Profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret».

Natanael le preguntó: «¿Acaso puede salir algo bueno de Nazaret?»

«Ven y verás», le dijo Felipe.

Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: «Éste es un verdadero israelita, un hombre sin doblez».

«¿De dónde me conoces?», le preguntó Natanael.

Jesús le respondió: «Yo te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera».

Natanael le respondió: «Maestro, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».

Jesús continuó: «Porque te dije: "Te vi debajo de la higuera", crees. Verás cosas más grandes todavía».

Y agregó: «Os aseguro que veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.

Reflexión

Apoc. 21, 9-14. Cuando sea la consumación de los tiempos entonces se llevará a efecto el Matrimonio eterno del Cordero con la Novia, la Ciudad Santa que descenderá del cielo, resplandeciente con la Gloria de Dios. Será algo totalmente nuevo; hacia su identificación con esa ciudad, de sólidos cimientos, se encamina la Iglesia como peregrina por este mundo. No puede detenerse a contemplar la obra realizada. Constantemente debe vivir en el amor hecho servicio, pues sólo al final del tiempo podremos decir que Dios será en nosotros y nosotros en Dios.

Nuestra fidelidad a la doctrina que recibieron los apóstoles será lo que le dé firmeza a nuestra fe. Pero esa fidelidad no puede centrarse sólo en la escucha de sus enseñanzas sino en la puesta en práctica de todo aquello que ellos experimentaron en su vida. Entonces, al igual que ellos, nos encaminaremos hacia las bodas eternas con el Cordero Inmaculado a través del camino, tal vez arduo, que nos lleva tras las huellas de Cristo, cargando nuestra cruz de cada día, sabiendo que jamás podremos decir que somos lo suficientemente perfectos, sino que necesitamos de una continua conversión, y del ser transformados, día a día, por el Espíritu Santo, en una imagen cada vez más perfecta del Hijo de Dios.

Sal. 145 (144). Quien ha experimentado el amor de Dios no puede sino convertirse en testigo alegre del mismo para toda la humanidad.

La Iglesia de Cristo proclama las maravillas de su Señor porque Él la amó y se entregó por ella para purificarla de todos sus pecados.

Aun cuando a veces nos sucedan algunos acontecimientos incomprensibles, tal vez incluso dolorosos, el Señor jamás nos abandonará, sino que estará siempre a nuestro lado como poderoso protector, pues Él es nuestro Padre, lleno de amor y de ternura por nosotros, y no enemigo a la puerta. Él no está lejos de aquellos que lo buscan, sino que está muy cerca de quien lo invoca.

Dejémonos amar por el Señor. Pero no sólo busquemos su protección; busquemos también vivir comprometidos con la Misión salvadora que Él confió a su Iglesia.

Jn. 1, 45-51. Ser verdaderos hombres de fe, en quienes no haya doblez. Eso es lo que espera Dios de nosotros, que decimos haber depositado en Él nuestra fe y nuestra confianza.

Jesús conoce hasta lo más profundo de nuestro ser. Ante sus ojos nada hay oculto. Pero el que Él nos conozca y nos ame no tendrá para nosotros ningún significado si no aceptamos ese amor que nos tiene, y si no nos dejamos conducir por Él.

Confesar a Cristo como el Hijo de Dios y Rey de Israel no debe llevarnos a verlo como alguien lejano a nosotros. En Cristo Dios se acercó a nosotros para liberarnos de nuestras esclavitudes al pecado y a la muerte, y para hacernos hijos de Dios.

Jesús es no sólo el Hijo de Dios; Él mismo le recuerda a Natanael que es el Hijo del hombre, que se convierte en nuestro camino para llegar hasta Dios. Mayores cosas habrá de ver Natanael: La glorificación de Jesús, que, pasando por la muerte, se sentará en su trono de Gloria eternamente, y nos abrirá el cielo para que, llegado el momento, también nosotros participemos de su Gloria.

Sea Él bendito por siempre.

Mientras vivimos como Iglesia peregrina en este mundo el Señor continúa presente en medio de su Pueblo, de un modo especial cuando nos reúne para la celebración de su Misterio Pascual.

Pareciera que de un poco de pan y de vino nada, o por lo menos sólo algo bueno podría comunicársenos. Pero nuestra fe nos hace saber que es el Señor, con todo su poder, el que se nos entrega como alimento, como Pan de Vida eterna.

El Señor, así, día a día nos va preparando para las bodas eternas. Nos purifica de nuestros pecados, y su Espíritu Santo va realizando su obra salvadora en nosotros.

Ojalá y nuestros nombres queden escritos para siempre en la Ciudad de sólidos cimientos, para que seamos dignos de participar de la Gloria que el Señor nos ofrece.

Somos tan frágiles que no podemos negar que muchas veces el pecado nos ha dominado, y hemos vivido infieles a la Alianza, que Dios ha sellado con nosotros mediante la Sangre del Cordero Inmaculado. Pero Dios no nos ha abandonado, sino que espera nuestro retorno, para revestirnos nuevamente de su propio Hijo, con todos los derechos que a Él le corresponden.

¿Acaso podrá salir algo bueno de nosotros? No tengamos miedo ni nos desanimemos. Basta que tengamos fe, pues el Señor hará grandes cosas por nosotros. Si confiamos en el Señor veremos maravillas, pues Dios hará que nuestra vida de pecado quede atrás y que en adelante vivamos como hijos suyos.

Confiemos en Él. Veamos a los Apóstoles. Veamos sus fragilidades, defectos y traiciones. Pero contemplemos también la obra que la gracia realizó en ellos por su disponibilidad y por su apertura a la gracia salvadora del Señor. Dios puede hacerlo también con nosotros, si no lo abandonamos ni desconfiamos de su amor ni de su misericordia.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber vivir plenamente nuestro compromiso de fe en Cristo Jesús, no sólo para disfrutar sus dones, sino también para trabajar intensamente para que su Reino se vaya haciendo ya desde ahora realidad entre nosotros. Amén.

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