Lecturas del día anterior

 

Martes, 22 de agosto de 2017

La Santísima Virgen María, Reina

Memoria Obligatoria – Blanco

Jueces 6, 11-24a / Mateo 19, 23-30

Salmo responsorial Sal 84, 9. 11-14

R/. “El Señor promete la paz para su pueblo

Santoral:

La Santísima Virgen María, Reina

San Sigfrido y San Sinforiano

 

 

Cada día que vives…

Cada día que vives es una ocasión

especial, por eso... siéntate en la terraza

y admira la vista sin fijarte únicamente

en las malas hierbas.

Pasa más tiempo con tu familia

y amigos y menos tiempo trabajando.

La vida es una sucesión de experiencias

para disfrutar, no para sobrevivir.

Usa tus copas de cristal, ponte

tu nueva ropa para ir al supermercado.

No guardes tu mejor perfume

para esa fiesta especial, úsalo

cada vez que te den ganas de hacerlo.

Las frases “algún día, “uno de estos días”,

quítalas totalmente de tu vocabulario.

Si vale la pena hacerlo, oírlo, verlo,

quiero poder disfrutarlo ahora.

Si supiéramos el tiempo de vida

que nos queda, seguramente desearíamos

estar con nuestros seres queridos,

iríamos a comer nuestra comida preferida,

visitaríamos los sitios que amamos.

Son pequeñas cosas

las que nos harían enojar si supiéramos

que nuestras horas están limitadas.

Enojados porque dejamos

de ver a nuestros mejores amigos,

enojados porque no escribimos

aquellas cartas que pensábamos

escribir uno de estos días”,

enojados y tristes porque no dijimos

a nuestros padres, hermanos, hijos,

sobrinos, amigos, cuánto los queremos.

Por eso...no intentes retardar

o detener o guardar nada que agregaría

risa y alegría a tu vida.

Cada día, hora, minuto, semana es especial.

¡Que Dios te bendiga!

Liturgia - Lecturas del día

Martes, 22 de agosto de 2017

¡Gedeón, con tu fuerza salvarás a Israel!

Soy Yo el que te envío

Lectura del libro de los Jueces

6, 11-24a

El Ángel del Señor fue a sentarse bajo la encina de Ofrá, que pertenecía a Joás de Abiézer. Su hijo Gedeón estaba moliendo trigo en el lagar, para ocultárselo a los madianitas. El Ángel del Señor se le apareció y le dijo: «El Señor está contigo, valiente guerrero» .

«Perdón, señor, le respondió Gedeón; pero si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos sucede todo esto? ¿Dónde están todas esas maravillas que nos contaron nuestros padres, cuando nos decían: "El Señor nos hizo subir de Egipto"? Pero ahora Él nos ha desamparado y nos ha entregado en manos de Madián».

El Señor se volvió hacia él y le dijo: «Ve, y con tu fuerza salvarás a Israel del poder de los madianitas. Soy Yo el que te envío».

Gedeón le respondió: «Perdón, Señor, pero ¿cómo voy a salvar yo a Israel, si mi clan es el más humilde de Manasés y yo soy el más joven en la casa de mi padre?»

«Yo estaré contigo, le dijo el Señor, y tú derrotarás a Madián como si fuera un solo hombre».

Entonces Gedeón respondió: «Señor, si he alcanzado tu favor, dame una señal de que eres realmente Tú el que está hablando conmigo. Te ruego que no te muevas de aquí hasta que yo regrese. En seguida traeré mi ofrenda y la pondré delante de ti».

El Señor le respondió: «Me quedaré hasta que vuelvas».

Gedeón fue a cocinar un cabrito y preparó unos panes sin levadura con una medida de harina. Luego puso la carne en una canasta y el caldo en una olla; los llevó debajo de la encina y se los presentó.

El Ángel del Señor le dijo: «Toma la carne y los panes ácimos, deposítalos sobre esta roca y derrama sobre ellos el caldo».

Así lo hizo Gedeón. Entonces el Ángel del Señor tocó la carne y los panes ácimos con la punta del bastón que llevaba en la mano, y salió de la roca un fuego que los consumió. En seguida el Ángel del Señor desapareció de su vista.

Gedeón reconoció entonces que era el Ángel del Señor, y exclamó: «¡Ay de mí, Señor, porque he visto cara a cara al Ángel del Señor!» Pero el Señor le respondió: «Quédate en paz. No

temas, no morirás». Gedeón erigió allí un altar al Señor y lo llamó: "El Señor es la paz".

Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL                           84, 9. 11-14

R.    El Señor promete la paz para su pueblo.

Voy a proclamar lo que dice el. Señor:

el Señor promete la paz,

la paz para su pueblo y sus amigos,

y para los que se convierten de corazón. R.

El Amor y la Verdad se encontrarán,

la Justicia y la Paz se abrazarán;

la Verdad brotará de la tierra

y la Justicia mirará desde el cielo. R.

El mismo Señor nos dará sus bienes

y nuestra tierra producirá sus frutos.

La Justicia irá delante de El,

y la Paz, sobre la huella de sus pasos. R.

EVANGELIO

Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja,

que un rico entre en el Reino de los Cielos

a    Evangelio de nuestro Señor Jesucristo

según san Mateo

19, 23-30

Jesús dijo a sus discípulos: «Les aseguro que difícilmente un rico entrará en el Reino de los Cielos. Sí, les repito, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos».

Los discípulos quedaron muy sorprendidos al oír esto y dije- ron: «Entonces, ¿quién podrá salvarse? »

Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible».

Pedro, tomando la palabra, dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué nos tocará a nosotros?»

Jesús les respondió: «Les aseguro que en la regeneración del mundo, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, ustedes, que me han seguido, también se sentarán en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y el que a causa de mi Nombre deje casa, hermanos o hermanas, padre, madre, hijos o campos, recibirá cien veces más y obtendrá como herencia la Vida eterna.

Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros».

Palabra del Señor.

Reflexión

  

Jueces 6,11-24: El primero de los Jueces, esos personajes carismáticos que suscitó Dios en el período del asentamiento en Palestina, fue un campesino, Gedeón.

El pueblo vivía atemorizado por los madianitas, que, si en otros tiempos habían sido más o menos amigos (Moisés había emparentado con ellos), ahora se dedicaban al pillaje y hostigaban continuamente a los nuevos inquilinos de la tierra.

Dios llama a Gedeón para una misión difícil: «vete y salva a Israel de los madianitas». Él, en la mejor línea de los llamados por Dios -Moisés, Jeremías-, se resiste a aceptar este encargo y pone objeciones, porque cree que no está preparado, que es débil («yo soy el más pequeño en casa de mi padre»). Y escucha la misma respuesta que da Dios en estos casos: «yo te envío... yo estaré contigo».

Gedeón dialoga con Dios de un modo muy vivo, desde una actitud de sentido común y realismo: primero, pidiendo cuentas de cómo puede permitir Dios que a su pueblo le pasen tantas desgracias y, luego, pidiendo una señal para saber que, en efecto, esa voz es de Dios, cosa que se le concede con la llamarada que consume el sacrificio que ha preparado.

El salmo recoge la idea de la paz, con la última palabra del Señor a Gedeón: «paz, no temas». Y al lugar le llamó «Señor de la Paz».

No leemos lo que Gedeón realizó para salvar a su pueblo, en los largos años que fue Juez (capítulos 6 al 8 del libro). Aquí sólo hemos escuchado su vocación.

Todos los cristianos, y no sólo los sacerdotes o los religiosos o los misioneros, tenemos una cierta vocación de liberadores. No sólo intentamos ser nosotros mismos creyentes, sino que estamos llamados a contribuir a que nuestra familia, o los jóvenes, o los pobres, o quienes, de alguna manera, sufren las molestias de la vida y las esclavitudes provocadas por los madianitas de turno, vayan liberándose. No seremos «jueces» en un sentido técnico de la palabra, ni hará falta que poseamos cualidades carismáticas de líderes. Pero todos podemos hacer algo para que las personas a las que llega nuestra influencia, empezando por nuestra familia, encuentren más sentido a sus vidas y se gocen de la ayuda de Dios.

Esta vocación de testigos de Cristo y liberadores nos puede parecer difícil y tal vez, ya tenemos experiencia de fracasos en nuestro intento de ayudar a los demás. También a nosotros, como a Gedeón, nos pueden asaltar los interrogantes («si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha venido encima todo esto?») y querremos una señal para saber dónde está la voluntad de Dios.

Es la hora de recordar la palabra de Dios a Gedeón y a todos sus llamados: «no temas, yo estoy contigo». Estamos colaborando con Dios, no somos protagonistas, no salvamos nosotros al mundo con nuestras fuerzas. Y Dios parece tener preferencias por los débiles: ya dijo la Virgen que «miró la humildad de su sierva y ha hecho cosas grandes en mí».

J. Aldazabal

Mt. 19, 23-30. La dificultad, el tropiezo en que se convierten las riquezas para quienes las poseen , nace del egoísmo, que impide abrir los ojos ante las necesidades del prójimo, que ha sido azotado por la injusticia, por la pobreza, por la discapacidad, por la edad o por la enfermedad. Dios es el único que puede conceder la conversión del corazón. Y volver al Señor no puede llevarnos a abandonar aquellas cosas que poseemos. Dejarlo todo por Cristo significa poner sólo en Él nuestra confianza y dejar en sus manos nuestros bienes temporales. Y las manos de Cristo se extienden hacia nosotros en las manos de los necesitados, que reclaman de nosotros el pan que necesitan para sobrevivir, o nuestra voz para darles voz ante las injusticias o atropellos de que han sido víctimas. Por Cristo ¿Seremos capaces de dejarlo todo en sus manos? ¿Hasta dónde llega nuestro amor por Él?

En la Eucaristía el Señor se anonada a sí mismo, haciéndose menos que hombre, haciéndose un pedazo de pan que comparte con la humanidad entera. A eso llega el amor de todo un Dios por nosotros, criaturas pecadoras, pues nos quiere con Él eternamente. Esa es la dignidad con que contempla nuestra vida; ese es el precio en que nos ha valorado a nosotros, a quienes quiere como hijos suyos. Él no se reserva algo para sí mismo, sino que lo entrega todo por nosotros. Su amor, el amor del Todopoderoso y Dueño de todo, no convirtió la Encarnación en motivo de condenación, sino de salvación para nosotros. Aprovechemos este tiempo de amor y de gracia que Dios nos concede vivir en la Eucaristía en la que estamos participando.

El Señor nos pide abrir los ojos ante la realidad de pobreza y de opresión que afecta grandes sectores de nuestra sociedad. Los que creemos en Cristo no podemos secuestrar el amor, la alegría, la paz ni la dignidad humana de nuestro prójimo para lograr, mediante eso, nuestros intereses y elevarnos mientras pisoteamos a nuestro prójimo. Ciertamente necesitamos personas que administren justamente, tal vez, grandes cantidades económicas, pues sin ellos sería imposible crear fuentes de trabajo para las clases trabajadoras. Sin embargo el empleo debe ser remunerado justamente; y el trabajador no puede ser considerado ni tratado como un en engranaje de la máquina productiva. Sus derechos como persona, y como parte de una familia han de ser respetados con todas las prestaciones de leyes justas y no manipulados a favor de los dueños del capital. Cuando no se le dé una limosna ofensiva al trabajador, sino que se comparta con Él los bienes que uno posee, entonces podremos decir que no hemos perdido la oportunidad que el Señor nos concede para salvarnos.

Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de saber depositar únicamente en Él nuestra fe y nuestra confianza, de tal forma que, libres de la esclavitud a lo pasajero, sepamos compartir lo nuestro con los más desprotegidos, a imagen de Aquel que nos enriqueció con su pobreza, Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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